GINEBRA / Una ‘Madama Butterfly’ hábilmente tratada en forma de flashback

Ginebra. Grand Théâtre-Bâtiment des Forces Motrices. 25-V-2026. Heather Engebretson, Stephen Costello, Andrey Zhilikhovsky, Kai Rüütel-Pajula, Denzil Delaere, etc. Dirección musical: Antonino Fogliani. Puesta en escena: Barbora Horáková. Puccini: Madama Butterfly
En la Butterfly de Ginebra, la escenografía giratoria de Wolfgang Menardi y el vestuario de Eva-Maria Van Acker evocan el espíritu del Japón tradicional; según se indica en el programa de mano, se basa en un trabajo sobre la memoria, sin contravenir en ningún momento las intenciones de Puccini y sus colaboradores y evitando hábilmente el exotismo de pacotilla. La acción se desarrolla en una casa tradicional japonesa con sus tabiques móviles, sus grandes murales que representan águilas, de los que sobresalen paneles blancos en los que se proyectan imágenes, a menudo de forma demasiado fugaz para distinguir su naturaleza, aunque se vislumbra a un niño corriendo por una playa, a un hombre vagando por la misma playa, imágenes extraídas de una película rodada especialmente para esta producción por la videasta Diana Markosian, que se esfuerza en mostrar un recorrido interior por la memoria realizado por un hombre en busca de su infancia, omnipresente en el escenario pero que permanece constantemente en silencio, mientras el espectador ve ante sí aquello en lo que él piensa, viviendo el drama de su vida, su doble cultura estadounidense-japonesa, la muerte de su madre, a quien su padre infiel le arrebató…
Esta interioridad del alma alcanza su apogeo en la escena de la carta de Pinkerton que Sharpless lee a Cio-Cio San con profunda humanidad, mientras aparecen en una pared las palabras escritas en caligrafía japonesa que hacen sobresaltar a la heroína: «Quizás Butterfly no se acuerde de mí… ». Otro momento significativo de la producción, tras el famoso coro a boca cerrada, es la aparición de una bailarina que, actuando como doble de Butterfly, remite a la danza de los siete velos de Salomé de Richard Strauss; la bailarina, Andrea Tortosa Vidal, se desviste hasta quedar casi desnuda antes de ponerse la chaqueta de Pinkerton y realizar largos movimientos coreográficos sobre el preludio del tercer acto. El final de la obra es tratado con gran sobriedad, despojado de todo patetismo, pudoroso y auténtico, evitando cualquier contacto físico entre Butterfly y Pinkerton, quien se limita a gritar su cobardía mientras huye de la «tristeza de estos lugares».
En el foso, Antonino Fogliani hace hincapié en todos los matices de la orquestación, sugiriendo hasta lo más recóndito del alma de los personajes, mientras mantiene de principio a fin la tensión de la tragedia, haciendo sonar a la Orquesta de la Suiza Romanda con una amplitud y una paleta sonora y expresiva impresionantes, hasta el aria final de la heroína, que se despide con vibrante emotividad de la vida y de su hijo en un suspiro desgarrador de desesperación en el momento en que se hace el harakiri. Alternándose con la soprano estadounidense Corinne Winters, su compatriota Heather Engebretson encarna a una Cio-Cio San juvenil, ardiente y espontánea, metiéndose en el personaje de la joven geisha con una facilidad asombrosa y expresando su amor por el marinero occidental con una sinceridad desgarradora, tanto en su amor naciente por Pinkerton como en la constancia de su espera. La voz es amplia, flexible, la musicalidad deslumbrante, el timbre multicolor, la expresión intensa, aunque a veces, cuando alcanza su punto álgido, tiende a no alcanzar demasiado los límites del grito, quizá para asegurarse de sobresalir por encima de la orquesta.
A su lado estuvieron una maravillosa Suzuki de la mezzosoprano estonia Kai Rüütel-Pajula, de timbre ardiente, y la sobria Kate Pinkerton de la soprano francesa Charlotte Bozzi. En el lado masculino, destaca el Sharpless del barítono moldavo Andrey Zhilikhovsly, que seduce por su humanidad, su entusiasmo y su vocalidad, y el autoritario Goro del tenor belga Denzil Delaere. Decepcionante, en cambio, el Pinkerton del tenor Stephen Costello, que dibuja un personaje ambiguo, de una vulgaridad más yanqui que natural, con una voz potente, sin duda, y agudos infalibles, pero que carecen de flexibilidad y proyección. Los papeles secundarios estuvieron, en general, bien interpretados, al igual que el Coro del Grand Théâtre de Genève, siempre convincente.
Bruno Serrou
(fotos: Carole Parodi)


