GERA / ‘Los ojos muertos’ de Eugen d’Albert: “ver o no ver…”
Aunque es común encontrar Tiefland de Eugen d’Albert en las temporadas de ópera, pocos melómanos han tenido la oportunidad de ver en escena Die toten Augen. El Teatro Altenburg Gera ha asumido con gran mérito la tarea de recuperar esta obra —estrenada en 1916 en la Ópera de la Corte de Dresde— bajo la visión escénica del director artístico del teatro, Kay Kuntze. La función inaugural, celebrada el pasado 28 de marzo, culminó con un prolongado y entusiasta aplauso del público, un recibimiento especialmente alentador para una ópera tan poco conocida.
La trama, ambientada en Jerusalén, sigue a Myrtocle, una mujer ciega casada con el deforme embajador romano Arcesius. Ajena al aspecto de su esposo, vive convencida de que es un hombre de belleza sublime. Cuando se entera de la inminente llegada de Jesús de Nazaret, célebre por sus milagros de sanación, pide recuperar la vista para contemplar, por fin, el rostro de su esposo. Sin embargo, al abrir los ojos, lo primero que ve es al capitán romano Galba, amigo de Arcesius, y en su esplendorosa apariencia cree reconocer a su marido. Sus muestras de amor hacia él, que pronto encuentra correspondidas, desatan los celos de Arcesius, quien, en un arrebato, asesina a su amigo. Myrtocle se enfrenta entonces a una desgarradora disyuntiva: ¿es preferible vivir en la ceguera, refugiada en sueños e ilusiones, o afrontar la realidad y todo el sufrimiento que conlleva? Finalmente, elige regresar a su condición anterior, dejándose cegar por el sol.
La ópera, concebida en un solo acto, se inicia con un prólogo en el que un pastor busca a una oveja extraviada, una alegoría que más adelante María Magdalena vinculará con la imagen del Buen Pastor. En esta producción, Kuntze y el escenógrafo Markus Meyer han optado por unificar los espacios del prólogo y de la acción principal en un mismo entorno: un elegante salón burgués, de altas puertas de doble hoja y paredes ornamentadas. Es un espacio sombrío, sin ventanas, que evoca la sensación de un destino ineludible y refuerza la impresión de que Myrtocle, vestida de negro y con gafas oscuras, es prisionera de su propia existencia. En el instante milagroso en que recupera la vista, la escena estalla en una deslumbrante explosión de colores, mientras ella misma se transforma al vestir un vaporoso traje de gasa, convirtiéndose en un arcoíris viviente.

La soprano Anne Preuß afrontó aquí uno de los momentos vocales más exigentes de la obra con el clamor “Licht! Licht! Überall Licht!”, un pasaje de gran dificultad que resolvió con asombrosa maestría. Desde su primera intervención en el aria “Psyche wandelt durch Säulenhallen”, cautivó con una voz fluida, íntima y luminosa, de gran expresividad. Kuntze, además, refuerza el imaginario del libreto al hacer visible a Amor, sobre quien Myrtocle canta, representándolo como un ángel flotante, semidesnudo y adornado con detalles dorados y majestuosas alas blancas, en la interpretación de Davit Vardanyan.
El elenco, conformado íntegramente por miembros del cuerpo estable del teatro, brilló con la sobresaliente actuación del barítono mexicano Alejandro Lárraga Schleske, quien encarnó a Arcesius con una voz poderosa y de acentos heroicos, y con una imponente presencia escénica. Aquí, su deformidad física se limitó a un rostro marcado por cicatrices de viruela. En contraste, el tenor surcoreano Isaac Lee, aunque correcto en su interpretación, no alcanzó el mismo impacto escénico ni vocal. En los papeles secundarios, destacaron Julia Gromball, con su refinado timbre en el papel de Arsinoe, esclava de Myrtocle, y la soprano Franziska Weber, cuya expresiva voz dio vida a María Magdalena, anunciando la llegada de Jesús —interpretado desde fuera de escena por Raoni Hybner de Barros—. Una mención especial merece el tenor Jan Kristof Schliep, quien asumió con escaso margen de tiempo el complejo papel del excéntrico curandero Ktesiphar, logrando una interpretación sólida y precisa.
La dirección musical estuvo a cargo de Ruben Gazarian, director musical del teatro, al frente de la Orquesta Filarmónica de Altenburg Gera. La rica partitura de D’Albert, con influencias de Strauss y Debussy, encontró en ellos unos intérpretes ideales. Desde el preludio, de sutil y vibrante orquestación, hasta el arrebato sonoro de los momentos más dramáticos, la suntuosa ejecución brilló con gran expresividad, elevando la función a un auténtico deleite musical.
Bernd Hoppe


