George Benjamin, en su plenitud

George Benjamin, en su plenitud

BENJAMIN: Lessons in Love and Violence. / Stéphane Degout, Barbara Hannigan, Gyula Orendt, Peter Hoare, Samuel Boden, Ocean Barrington-Cook. Royal Opera House, Covent Garden. Director musical: George Benjamin. Director de escena: Katie Mitchell / OPUS ARTE 1221 (1 DVD)

¿Cuál es el sentido del éxito de Written on Skin y Lessons of Love and Violence? El sentido, no el secreto. No hay secreto. Tampoco deseo repetido del público de un mismo repertorio, hasta la saciedad. El cantábile es permanente. Siempre cantan los personajes, el recitativo se transforma en cantábile de inmediato. El acompañamiento siempre es colorista, a menudo de cámara, con lo que destacan determinados instrumentos para los que la cuerda es apoyo. Éxitos como estos indican que el canto es fundamental en ópera. Qué gran descubrimiento. Y que ese canto no es necesariamente arioso, otro enigma resuelto, caramba. Por otra parte, desde el punto de vista escénico se admite todo tipo de anacronismos y mezclas de épocas, trajes, figurines, no importa. Pero es necesaria una verdad lírico-dramática, que no haya trampas en el planteamiento escénico. Una puesta en escena como la Katie Mitchell (vaya por delante) es hoy día casi una rareza, porque es talento teatral, acción teatral puestos al servicio de unas situaciones lírico-dramáticas y una historia. Mitchell sería de la raza de Chéreau, de Kupfer, de Carsen, de Cherniakov, la de Warlikowski e incluso Bieito cuando estos últimos hacen verdadero teatro, cuando no muestran su lado impostor, que debe de ser rentable en ciertas geografías de Alemania, y no solo.

El libretista Martín Crimp y Benjamin plantean un cogollo central del Eduardo II de Christopher Marlowe. Quedan lejos los dos esquemas narrativos, las dos grandes tramas, a favor de una, la de Gaveston, y en detrimento de todas las tramas secundarias (las dos familias consecutivas de intrigantes se reducen a Gaveston). El planteamiento inicial es el del cortesano Mortimer, sensato en su crítica de la deriva del gobierno en detrimento del pueblo, contra Gaveston, favorito más que valido del rey Eduardo. La homosexualidad no se oculta, pero no se potencia; eso es, se renuncia a la moda y a lo superficial para centrarse en lo que importa, la dinámica del poder. Gaveston es un caso claro de lo que escribió Cernuda: “el poder no corrompe, enloquece y aísla”. En la cámara privada (hay cama y muebles) tiene lugar la acción. De los siete cuadros, el primero presenta la hibris de Gaveston. El cuarto será su Némesis. El sexto, la Némesis del Rey. El séptimo es la vuelta al orden desde la inocencia. La dinastía no se ha interrumpido, pero el nuevo rey proviene del trauma, ha sido manipulado, ha vivido la intriga y el crimen, ha conocido el mal del pueblo. El joven rey y su hermana, la infanta, han estado presentes a lo largo de toda la acción, aunque no tuvieran que estar allí.

El rey tiene simpática apariencia. Sabemos que carece de méritos para ejercer el poder. Es necesario arrebatárselo para bien de la dinastía y de la monarquía misma. Pero la reina tiene apariencia que va más allá de lo majestuoso. La reina, Barbara Hannigan, tarda en cantar, pero domina la escena con su presencia. No es la reina llamada la Loba en la historia y la leyenda, es la reina intrigante que (según crónicas) amó a Mortimer e intrigó contra su esposo, que la engañaba con un cortesano y que ponía en peligro su propio país. Frente a la presencia elegante de Hannigan, voz a la que se en varias ocasiones se le reservan propuestas de puro belcanto, la de Mortimer es la de un funcionario medio que ha llegado lejos, pero sin despojarse de los manguitos. Es imposible odiar a este traidor. No es traidor, y aunque tal vez mire por sus intereses, actúa en nombre de los de su patria y son esos sus objetivos.

Tienen mucha importancia los interludios orquestales. Si en tiempos sirvieron para que se cambiaran los decorados y, de paso, se creara un ambiente, pero con su carga de secuencia orquestal inevitable e incluso molesta por magistral que fuera (Pelléas), ahora se trata de piezas breves que encierran el sentido de la secuencia concluida o la inmediata, o el sentido del tránsito (¿modulación?) de una a otra.

El mismo decorado. La casa familiar, el lecho, los muebles cotidianos, todo es la referencia del drama, de la tragedia. La corona, brillante y de tamaño importante pero no abrumador, sirve para sublimar la casa familiar, que es así dinastía. En cada escena están los que la protagonizan, la cantan o la apoyan con su silencio. Más otros personajes que no deberían estar allí según la lógica estricta del drama, pero que están ahí por la lógica de una poética que trasciende lo concreto.

El reparto es espléndido. Admiramos tanto a Hannigan que nos da pena que su voz tarde tanto en adquirir verdadera presencia. Espléndida esta mujer que lleva la música en toda su cabeza y sin duda su corazón. Stéphan Degout es un rey de gesto medido, pero no austero. Hay en su voz un uso notorio del grave de barítono para la dignidad de corona, ya que no para la propia. Excelente construcción vocal y de actor del personaje de Mortimer por parte de Peter Hoare. Gaveston tiene mucho de personaje unidimensional, y lo trata con también mesurado arte (que no ahorra los gestos de villanía del personaje), pero aquí la dimensión barítona tiende a no dignificar nada, tiene a lo alto, como si quisiera ser tenor: insuperable Gyula Orendt.

Hay una voz más baja aún, que se desdobla, la del testigo que surge de entre los desplazados, y que en el cuadro V se convierte en el Loco que pretende legitimidades para ser rey, prueba del absurdo al que ha llegado el poder. Excelente es este doble cometido el bajo barítono Andri Björn Róbertsson. Junto a él hay que citar las bellas y crispadas voces de Jennifer France y Krisztina Szabó. En fin, bella y adecuadísima dirección de Benjamin, desde el foso, de su propia ópera.

Parece que hay unanimidad en considerar esta ópera y este espectáculo como un hito. Creo que tiene una importancia especial, la de ver que la ópera no necesita acudir a la falsificación. Es probable que, con ejemplos como este, que además se den a conocer bien, el dominio de los impostores, de los Morabitos y otros oportunistas esté a punto de ponerse por completo en cuestión. Porque en buena parte ya lo estaba.

En fin, una obra maestra de apenas hora y media, hermosa música, emocionante conflicto y acción dramática, insuperables intérpretes, entre ellos Hannigan. ¿Hace falta más?