Galdosiana

Galdosiana

Como en todas las casas burguesas de la época, en la de Pérez Galdós había un piano. También, un armonio. Don Benito tocaba en ambos teclados, a veces en compañía de un sobrino, seguramente arreglos de las sinfonías de Beethoven. En otro campo, sus menciones a la música aparecen dispersas y pasajeras en varias de sus novelas, así como alguna página olvidable de crítica musical. Beethoven parece ser la referencia ineludible y única. El tema ha sido abordado, por ejemplo, en un libro de Pedro Schueter y en artículos de Marta Vela y Carmen Bravo Villasante.

Me detengo en un solo momento, certero y notable, de La desheredada en que, a la vez, el narrador y el personaje son alcanzados por la ejecución al piano de una sonata de Beethoven, La tempestad, que a su vez remite a la final pieza de Shakespeare. El acercamiento galdosiano a la música como signo es especialmente sutil y eficaz.

La descripción de los sentimientos que provoca la música gira en torno a su tensa ambigüedad. Lo que se siente es lo que es y también lo contrario. “Era la elegía de los dolores humanos, que a veces por misterioso capricho del estilo usa el lenguaje del sarcasmo”. El signo musical se vale del sentimiento pero dotado de una extrema duplicidad, “tanto más intenso cuanto más vago”. Perseguido, se refugia en la conciencia. Allí ya no hay vacilación ni duda. Es el lugar donde Galdós sitúa el paso del mensaje musical al discurso verbal. Los personajes oyen la música que el lector no percibe y a la inversa: el escritor se vale, por junto, de la música inaudita y de la palabra notoria.

Por ministerio de esta vivencia que el músico proporciona y el escritor intenta describir, el personaje es capaz de narrar, en un medio puramente afectivo, toda su vida como un camino de perfección, un pasaje de la culpa al sacrificio y la redención. La música se torna historia. Desde luego, esta es otra historia, la de un habitual personaje femenino galdosiano, el que se sublima por el sacrificio. De momento, quede su aguda aproximación a la experiencia musical, a la intensidad polisémica del arte sonoro, su persecución por la palabra que es, al mismo tiempo, objeto de la persecución musical.