MADRID / Fundación March: Frederic Chiu y el corazón de Prokofiev, por Santiago Martín

MADRID / Fundación March: Frederic Chiu y el corazón de Prokofiev, por Santiago Martín

Madrid. Fundación Juan March. 9-I-2019. Prokofiev, Sonatas 2, 4 y 8. Frederich Chiu, piano.

Santiago Martín Bermúdez

F

rederic Chiu se permitió una amplia introducción en inglés sobre las obras que iba a interpretar. Una visión de Prokofiev que se corresponde con el nivel de conocimiento y de conciencia de nuestra época. El concierto que dio a continuación echó chispas muy a menudo. Teníamos al joven Prokofiev de 1914 (Segunda sonata), con un concierto hecho a la medida de su virtuosismo, pero ya están ahí los episodios no sé líricos o soñadores que le sirven al compositor para transitar de una carrera a otra, y también para evocar a alguien; aquí, tal vez a su joven amigo, suicida, Maximilian Schmidt. El contraste tan fértil entre Andante y Vivace, los dos movimientos finales, dan el sentido de esta hermosa sonata. Y en el Vivace culminaba y cerraba Chiu su esplendorosa carrera por el teclado de esta sonata sin respiro.

Todavía es joven Prokofiev cuando termina su Cuarta sonata. Es 1917, y estamos en plena guerra, en plena revolución, en pleno cataclismo; pero eso no le impide componer esta obra y otras importantes, como la Primera sinfonía, “Clásica”. De nuevo el rey de la semicorchea se pone al servicio del virtuoso y de la causa de una modernidad muy personal, la de quien ha decidido no romper con el pasado, sino incluirlo, hacerle un hueco. La temática del Andantino central va por ahí, por la poética del cuento, por la pauta evocadora del folk. Otra vez, Chiu logró ese equilibrio que no podemos sino constatar, para qué más; y el equilibrio es el de la evocación, sí, pero se inclina al vértigo apuntado en los movimientos externos. Porque el vértigo mayor queda reservado para la tercera de las llamadas sonatas de guerra, más de dos décadas después.

En efecto, la Octava sonata se permite unos guiños modernistas que ya sabía bien el compositor que no eran del agrado del sistema. Y el sistema era todopoderoso, y algo peor. Pero en ese momento parece que ‘todos somos necesarios’ ante el avance alemán, y desde antes del ominoso verano de 1941 hasta el dolorosísimo año 1944, cuando todo está destruido en el frente del este y la victoria es cuestión de tiempo, Prokofiev se cree en libertad y compone obras como esta. Aquí, Chiu matizó de manera que nos parecía que antes no lo había hecho en la Segunda y la Cuarta (sin duda, nos equivocamos), porque los cambios de tempo y de clima del primer movimiento dan para mucho matiz, y ese matiz en los dedos de Chiu dieron para una secuencia en la que los episodios se sucedían inquietos y tensos. Después de un andante danzarín, llega el finale en el que parecen invocados los espíritus de Montescos y Capuletos, de la batalla en el hielo, de esa capacidad de Prokofiev para hilvanar una secuencia ágil y vivaz, incluso agresiva, a partir de hileras de notas mínimas y ocasionales ostinatos (a menudo no tan ocasionales). Ya decíamos: el rey de la semicorcha. Chiu concluyó aquí su espléndido recital, en el que virtuosismo y sentido se dieron una vez más la mano. Como sucede con los mejores pianistas cuando abordan los mejores repertorios.

Inmejorable segunda jornada de las cuatro de este ciclo Prokofiev de la Fundación March.