Fricka y Pepa

Fricka y Pepa

Hubo un par de respuestas típicas ante La valquiria wagneriana en el Real madrileño. Los novatos se preguntaban si esto era Wagner y los veteranos dudábamos de habernos equivocado de sala, no obstante los esfuerzos de Heras Casado por ofrecernos una ejemplar, suntuosa y narrativamente fluida lectura de la obra. En efecto, las disputas de Wotan y Fricka en el segundo acto, en un salón de la calle Velázquez con guardias jurados metralleta en mano incluidos, nos llevó a Benavente y nos dijimos: “Para eso ya está Don Jacinto. Fricka no es Pepa Doncel.” Luego, los mellizos adulterinos e incestuosos, cargando su doble culpa por las calles de Usera, espada en mano en torno a una chatarra de la segunda guerra mundial, pusieron la guinda del postre. O mejor no: la puso Wotan al final –una de las cumbres sublimes del teatro musical– intentando encender la muralla de fuego –error de lectura: la enciende Loge– con un mechero.

Estos detalles señalan el error de concepto de Robert Carsen, uno de los mayores puestistas de esta época, al que debemos obras maestras del género como Diálogos de carmelitas, Katia Kabanova, Los cuentos de Hoffmann y, aunque sólo parcialmente, Idomeneo. Me atrevo a decir que es un doble deudor: a quienes lo aplaudimos y a sí mismo.

Es conceptualmente erróneo tratar un mito en términos realistas o aún hiperrealistas, sin caer en el ridículo. La cabaña de Hunding del primer acto, sustituida por un vertedero de trastos industriales con un paisaje de noche y nevada al fondo, casa mal con la canción de la primavera. Y un desafío a espadas entre hombres que manejan Itacas y Brownings, suena a cachondeo.  Con ello, la enfática declamación wagneriana, sus grandes gestos verbales y sinfónicos, queda fuera de lugar, como lo dicho: nos hemos equivocado de sala. Estas valquirias en plan de huerfanitas uniformadas una tarde de sábado en el parque, ¿cómo harán para cargar con los héroes merecedores del Valhala? Y los héroes susodichos ¿están esperando a Michael Jackson para escenificar un desfile de muertos vivientes?

Un mito lo es porque no tiene fecha y, por lo mismo, recaen en cualquiera. Pero para que tal cosa se cumpla, cabe vestirlo de cualquier cosa menos de algo fechado y localizado. Wotan puede salir de túnica o de pantalón pero no, como en el caso, de militar. Si algo no es el Wotan de Wagner es, justamente, militar.

Carsen ha errado en la diana. Y lo peor: ha cometido errores técnicos. La valquiria es, como casi toda la tetralogía, una obra intimista. Salvo la escena de las valquirias en el tercer acto, lo demás son alternancias de dos o tres personajes, o directamente, monólogas. Estos espacios abiertos, estos grandes tablados mayormente vacíos, quitan completamente la concentración dramática que Wagner propone. Lo mismo en cuanto al uso de la comparsería, que la obra excluye rasamente. Rellenar lugares vacuos, con cacharros industriales, muebles, cadáveres y figurantes, es una muy mala solución a un problema espacial erróneamente planteado.

Sólo cabe pedir a Carsen, en nombre de los muchos admiradores que ha conseguido por el mundo, que vuelva a parecerse a sí mismo y rehúya extravagancias ineficaces sin confundir a Wagner con Benavente, pues  hay que dar al César lo que es del César y lo demás, a Dios.