Franco Corelli: cien años de un moderno baritenor

Franco Corelli: cien años de un moderno baritenor

El pasado 8 de abril se han cumplido 100 años del nacimiento de Franco Corelli, uno de los tenores más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Con su muerte, acaecida el 29 de octubre de 2003, se evaporaba toda una feliz época de voces bravías, a veces hercúleas, resonantes y de apreciable volumen, pese a ello seguidoras en algunos aspectos de las normas básicas del arte del canto destiladas a lo largo del tiempo desde su aplicación por los antiguos maestros de la tradición romántica.

Más joven que Del Monaco (1915), de la misma edad que Di Stefano —que se debía haber movido siempre en territorios más líricos— el tenor de Ancona (1921), que llevaba largos años con problemas de salud, física y mental, fue una figura impar, un cantante de un poder sensacional. La voz, de carácter tirando a baritonal, era considerada por los estudiosos como heredera de aquéllas llamadas de baritenore, propias de ciertos cantantes del XVIII y principios del XIX, pero con una diferencia apreciable: Corelli poseía una zona aguda, de acuerdo con las técnicas modernas impulsadas a partir de 1830 por Gilbert Duprez, de una plenitud arrolladora, de un brillo magnífico, de un metal, un squillo que escasos tenores de su tiempo —entre ellos Del Monaco, de rasgos bien distintos— alcanzaban a igualar.

Era el suyo un instrumento muy peculiar, dotado de un vibrato característico, de un temblorcillo excitante; de un vigor espectacular y de una anchura muy notable. Un spinto con todos sus atributos. Eran legendarias su valentía, su generosidad, su amplio fraseo, pleno de slancio, de brío, de masculinidad. Lo mismo que lo era su apostura, su gallardía en escena. Como actor no matizaba demasiado, pero se quedaba con el personal. Aprendió a cantar de manera casi autodidacta, tras sus estudios en Pesaro y Milán y luego de ganar un premio en Florencia. Sus acentos conminatorios, su férrea personalidad, sus devaneos y caprichos le crearon una especial aureola.

No era cantante exquisito, fino o refinado y aunque manejaba diestramente el arte del filado y aun de la sfumatura —apagamiento paulatino del sonido—, tendía a exagerar melodramáticamente en ocasiones y a ejercitar con excesivo énfasis largos portamentos di sotto —atacando las notas desde abajo— y a mantener larguísimos calderones que no contribuían precisamente a favorecer el discurso musical. Aspectos que destacaba Gonzalo Badenes en su libro Voces: “No evita los feos efectos de los portamentos exagerados (escúchese la profusión de ellos en el Ah si ben mio) y se complace en los calderones. La línea de canto es salpicada de sollozos, resoplidos y bufidos que la vuelven exageradamente melodramática (Vesti la giubba)”.

Pero, ante una voz de esos quilates, de ese poderío, uno olvidaba uno de esas cosas. Así sucede cuando repasamos su bastante crecida discografía y localizamos interpretaciones tan valiosas y contundentes como las que ofrecía de algunos de sus héroes favoritos y que ningún tenor de los últimos cuarenta años ha estado en condiciones de equiparar. Podemos recordar, por ejemplo, sus Verdi: impresionantes Trovador (de los varios que tiene en vivo, hay que destacar el de Salzburgo 1972, con Karajan y un equipo insuperable, en DG), Forza del destino (Bongiovanni, 1958), Don Carlo, con Caballé, (Myto, 1972), Aida (Myto, Dallas, 1962), La battaglia di Legnano (Myto, la Scala, 1961) o Ernani (Myto, Met. 1965). Del todo inatacable su Calaf de Turandot de Puccini (Datum, Met, 1961, con Nilsson y Stokowski) e interesante su Tosca con Nilsson y Maazel en estudio (Decca, 1966). Si la memoria no nos falla, tuvimos ocasión de escuchar su Cavaradossi en lo que creemos fue su única actuación en Madrid. Más aguerrido que sutil.

Siempre espléndido en óperas románticas que precisaban de una voz fornida y templada, no exenta de morbidezza: Norma de Bellini, con Callas en estudio, donde hacía un inigualable Pollione (EMI, 1960); Poliuto de Donizetti, asimismo con la griega (EMI, la Scala, 1960). Fue famoso también su Don José de Carmen, que grabó varias veces, en vivo y en estudio. Señalemos la discutible versión de Karajan (RCA, 1963). Se acercó también a repertorios más netamente líricos y grabó, por ejemplo, dos célebres Gounod: Fausto, con Sutherland y Ghiaurov (Decca, 1966), y Romeo y Julieta, con Freni (EMI, 1968). Imponente, por supuesto, en el verismo: Pagliacci (EMI, 1960), Cavalleria (EMI, 1962), esta última con De los Ángeles; Andrea Chénier (EMI, 1963).

Para terminar, consignemos algunos recitales. En estudio: Franco Corelli, The singer (Decca); Franco Corelli, héroes (EMI). En vivo, todos en el sello Myto: Franco Corelli en Parma I y II , con fragmentos de Norma, Trovador, Tosca y Forza, Corelli y Guelfi (1957-61), Corelli y Tebaldi en Viena (1973).