FLORENCIA / Regresó la ópera de la mano de Rossini

FLORENCIA / Regresó la ópera de la mano de Rossini

Florencia. Giardino di Boboli al Prato delle colonne. 26-VIII-2020. ReGeneretion Festival. Rossini, La Cenerentola. Svetlina Stoyanova, Josh Lovell, Gurgen Baveyan, Daniel Miroslaw, Monreal Marvic, Giorgia Paci, Blaise Malaba. Orchestra Senzaspine. Director musical: Sàndor Karolyi. Director de escena: Jean-Romain Vesperini

El Festival Nueva Generación, en su cuarta edición, ha podido por suerte celebrarse Florencia. Este año llevaba el nombre de “ReGeneración”, en la esperanza de reiniciar con una cierta normalidad las actividades musicales en una ciudad que ha sido arrasada por la pandemia. Debido a la Covid-19, el festival ha abandonado su lugar habitual, el Palazzo Corsini al Prato, trasladándose al Giardino di Boboli, gracias a la estrecha colaboración con las Gallerie degli Uffizi, de las cuales el jardín forma parte. Exactamente, al conocido como Giardino alle colonne, un gran parterre semicircular bordeado por altos setos, que sirven de telón de fondo a las esculturas, y por una magnífica cortina de plataneros en el lado convexo.

En el centro, un generoso vuelo de escaleras daba la bienvenida a unos quinientos espectadores, espaciados como en un tablero de ajedrez. El foso de la orquestra era enorme, pero colocaba el escenario demasiado lejos del público. Ciertamente, el espectáculo se magnificaba admirablemente, pero se requería un ojo de águila para apreciar la mímica facial y otros gestos de los cantantes, a los que el director francés Jean-Romain Vesperini supo conducir a grandes habilidades actorales.

La clave de la interpretación de la última ópera bufa compuesta por Rossini (año 1812) se encuentra entre la comedia dell’arte y la parodia. En ella, cada personaje remarca su papel con grandes gestos, con posturas corporales hiperbólicas y exageradas, para enfatizar así la línea de canto. Clorinda y Tisbe, las dos malvadas y envidiosas hermanas rivales, se movieron de forma un tanto rígida, sacudiéndose como gallinas que picotean en un corral. El coro de cortesanos, equipado con grandes abanicos de plumas, realizó repentinas y divertidas coreografías. Los trajes, hermosos y coloridos, se debían a la mano atinada de Anna Maria Heinrich, y estaban confeccionados por la blasonada sastrería Tirelli.

La escenografía nos transportó al pasado: pelucas de Luis XV y vestidos del siglo XVIII, con proyecciones videográficas tal vez demasiado didácticas, aunque eficaces. Hubo, asimismo, un homenaje al lugar habitual donde se celebra el festival: la logia renacentista del Palazzo Corsini. La escena de la cándida carroza que lleva a Cenicienta al Gran Baile resultó onírica. La protagonista se batió en el azul de la noche con magníficos momentos musicales, en un extraño equilibrio entre el eco de Gluck y el recuerdo de Beethoven, brillantemente plasmados por la joven Orchestra Senzaspine de Bolonia, cuyo sonido fue extraordinario, siempre bajo la precisa batuta de Sándor Károlyi, fresca y chispeante, aunque también extremadamente rítmica, especialmente en el crescendo.

El Rossini bufo debe ser un mecanismo de relojería, en el cual cada engranaje ha de estar perfectamente engrasado. Sirva de ejemplo el sexteto del último acto, atinadamente interpretado gracias a un perfecto sincronismo entre orquesta y unos cantantes que supieron hallar el necesario virtuosismo rítmico de las sílabas, lo cual le confirió una enorme vis cómica.

El elenco vocal, formado por cantantes tan jóvenes como cualificados, fue la sorpresa de la noche. Todos estuvieron a gran altura, si bien debe destacarse la voz fresca de Cenicienta (Svetlina Stoyanova), que afrontó las dificultades de su papel con gran confianza. Y también, el Don Magníficode Daniel Miroslav, que además de poseer un agradable timbre y un buen volumen vocal, exhibió una gran presencia sobre el escenario. Un actor de tarjeta postal, sin duda.