Fernando Puchol, el piano consecuente

Fernando Puchol, el piano consecuente

Más que un pianista que marcó escuela, Fernando Puchol era paradigma de la discreción y de la bonhomía. En un tiempo plagado de cantamañanas y gallos de corral, él supo ser discreto, amable y mesurado. Nunca alardeó de nada. Ni siquiera de su pianismo indagador. Artista consecuente con una manera de ser templada que en absoluto era ajena a su condición mediterránea, había nacido en Valencia, en 1941. A sus joviales 79 años, el maldito coronavirus se lo ha llevado por delante. Con su desaparición inesperada, el pasado 31 de diciembre, el piano español pierde a uno de sus más nobles y bondadosos representantes. También a un intérprete agudo, interesado por todo, que no hizo ascos a ningún repertorio ni estilo.

Fernando Puchol pertenece a una variada generación de pianistas españoles nacida en torno a 1940, de la que también forman parte Mario Monreal, Ricardo Requejo y Rogelio Rodríguez Gavilanes (los tres nacidos en 1938); Agustín Serrano (1939); Ramon Coll, Guillermo González y Joaquín Soriano (nacidos en 1941), y Julián López Gimeno (1942), fallecido el pasado mes de septiembre. Una generación que tuvo que abrirse paso en una España sombría y cerrada, y que tuvo la enorme responsabilidad y misión de abrir aquella España claustrofóbica a las nuevas corrientes pianísticas surgidas tras la Segunda Guerra Mundial. Como pianista valenciano, fue  paisano de Leopoldo Querol, Gonzalo Soriano, José Iturbi y Mario Monreal, entre otros.

Puchol (“Pucholín”, como le llamaba cariñosamente Joaquín Achúcarro; “es que era bastante más jovencito que yo”, contaba el gran pianista bilbaíno a sus 88 años desde su casa, conmovido por la desaparición del colega y amigo), destacó desde muy joven. A los siete años ofreció su primer recital en el Teatro Principal de Valencia, con obras de Beethoven, Chopin y Schubert. Pronto, siguiendo el consejo de José Iturbi, sus padres lo mandaron al Conservatorio, para estudiar piano con Daniel de Nueda. Fue el principio de un ininterrumpido proceso de formación que recaló por maestros como el zaragozano Luis Galve, Alfred Cortot (con quien estudió en París) y el austriaco Hans Graf, en Viena. Luego llegó la etapa de los premios y concursos. Fue laureado en el Concurso Viotti y ganador del María Canals de Barcelona.

Como el resto de sus compañeros de generación, la enseñanza fue para él vocación además de sustento de vida. Su contacto con las aulas arranca desde muy pronto y se ha mantenido activo hasta el último momento. Se inició en el Conservatorio María Cristina de Málaga, hasta que con 26 años consiguió una cátedra en el Conservatorio de Madrid, donde durante décadas y hasta su jubilación enseñó a una ingente pléyade de nuevos pianistas, entre ellos Claudio Carbó, Emilio González y Mario Alonso. Su magisterio no se circunscribió a la oficialidad de los conservatorios, sino que se expandió en infinidad de cursos y clases magistrales que ofrecía con gusto y pasión en ciudades de medio mundo. Era director artístico del Fórum Internacional de Música de Orihuela y jurado en múltiples concursos nacionales e internacionales, como el Iturbi de Valencia, el Pilar Bayona de Zaragoza, Santander, Jaén, Ferrol o María Canals.

Fue paladín de la música olvidada de su paisano Carlos Palacio, que grabó en su integridad en 1983, y de músicas tan poco manoseadas como el fantasioso, breve y apenas tocado Concierto para piano de Rimski-Korsakov, que interpretó en el Teatro Real de Madrid en 1976, bajo la dirección de Enric Jordà. También de la mejor creación valenciana para piano, de la que defendió con ahínco y convicción la obra de, entre otros, López Chavarri, Palau, Blanquer, Evangelista y, por supuesto, su amigo y maestro Llácer Pla. En la memoria quedan algunas grabaciones que testimonian su irrenunciable afán de recuperar y dar a conocer viejos y nuevos pentagramas, como el estreno de Ricercare para dos pianos y orquesta, de Llácer Pla, que dio a conocer en octubre de 1988 junto a su esposa, la pianista Ana Bogani, y la Orquesta de Valencia, dirigida por Manuel Galduf, y de la que ellos mismos fueron dedicatarios. Dos años antes, el 21 de marzo de 1986, ya había estrenado en el Teatro Real el Concierto para piano de Llácer Pla con la Orquesta Nacional y Maximiano Valdés.

Su inclinación por las músicas menos trilladas en absoluto implicó un distanciamiento del gran repertorio, en el que se movía con soltura, solvencia y la misma templada pasión que siempre marcó su posición vital ante el teclado y frente a todo. Los repertorios clásico y romántico, con Schumann y Brahms en lugar destacado, fueron bastiones en los que tampoco faltaron Liszt –aún se recuerda su interpretación en 1987 del Primer concierto para piano con la Sinfónica de la RTVE y Edmon Colomer–, Chopin, Mozart y Beethoven. La música francesa y del siglo XX fueron también puntales en su repertorio. Estrenó en España el ciclo Ludus Tonalis de Hindemith, así como obras de Bartók, Vuataz, Krenek, Casella o Bernstein. Fue también un prolífico intérprete de música de cámara. Fundó el “Conjunto de Cámara de RNE en Valencia”, formó un fecundo dúo con el violinista Pedro León, colaboró con importantes cuartetos –entre ellos el Enescu– y tocó las obras completas para cuatro manos o dos pianos de Mozart, Brahms y Pedrell.

Miembro de diversas academias y promotor y director de cursos internacionales de interpretación (como los de Gandía, Ronda y Orihuela), autor de un sinfín de artículos periodísticos y estudios sobre el piano, su técnica e historia, Fernando Puchol queda en la memoria ancha del piano español como una de sus personalidades más inquietas y consecuentes. También como baluarte de las nuevas músicas en una época –años 60, 70 y 80– en la que en España todo lo que sonaba a nuevo estaba bajo sospecha. Gracias, maestro.