Felicity Lott o la elegancia natural

Hace cinco días Felicity Lott hacía público que padecía un cáncer terminal. Llevaba un año enferma y había decidido donar sus trajes para una subasta a beneficio de un centro de cuidados paliativos. En ese mismo centro le comunicaron que su enfermedad avanzaba ya implacable y no tenía remedio. Flotty, como la llamaban sus amigos, informaba con entereza de la situación y fallecía el pasado viernes día 15.
Felicity Lott había nacido en Cheltenham y acababa de cumplir setenta y nueve años. Debutó en la English National Opera con la Pamina de La flauta mágica en 1975 y, a partir de ese día, se convirtió en una de las sopranos más exquisitas de su generación y de muchas generaciones. Mozart, Strauss —absoluta referencia su Mariscala de El caballero de la rosa con Carlos Kleiber y su Condesa de Capriccio con Georges Prêtre— o la opereta, desde El murciélago hasta La gran duquesa de Gerolstein o La bella Helena —magnífica actriz siempre— no tenían secretos para ella. En este título de Offenbach sentó cátedra inolvidable en el papel titular en el Teatro del Chatelet, en 2000, dirigida escénicamente por Laurent Pelly y con Marc Minkowski en el foso en una producción inmarcesible. Recuerdo una conversación con ella en San Sebastián cuando los miembros del jurado de los ICMA le concedimos el premio a toda una carrera —pocas veces tiene uno tan clara la sensación, cuando participa en estas cosas, de que es el galardonado quien honra a quienes lo eligen— en la que ella me habló maravillas de aquellas funciones. Remy Frank, nuestro presidente, me había encomendado que la acompañara a los ensayos y yo diría que fue la única vez en mi vida en que me he sentido levemente mitómano, hasta el punto de que la foto que nos hiciera Miren Elósegui está desde entonces en lugar bien visible de mi casa.
Lott era esa pura elegancia, esa delicadeza extrema e irresistible que manifestaba en el lied y la chanson en las que sabía articular programas tan inteligentes como hermosos, así el dedicado a las horas del día o de la noche que tuvimos ocasión de escuchar en Madrid. Schubert, Schumann, Strauss, Poulenc, Britten, Reynaldo Hahn eran sus mundos, pero cómo cantaba Im Chambre séparée de Heuberger. Nunca se atrevió con la ópera italiana, que parecía un poco lejos de su sensibilidad y de ese estilo que la definió siempre. Contribuyó, además, a establecer la reputación de una extraordinaria generación de cantantes británicos, de Anthony Rolfe-Johnson a Ann Murray, de Philip Langridge o Thomas Allen a ella misma, que compartían eso que llamamos versatilidad y que sólo es una virtud cuando implica que todo se hace igual de bien.
Siempre es triste despedirse para siempre de alguien que nos ha hecho felices. Creemos que ese momento no va a llegar nunca y cuando llega tratamos de que los recuerdos superen la ausencia. Afortunadamente, los testimonios discográficos y visuales de Felicity Lott son numerosos y dan fe de su grandeza. Y en SCHERZO, un par de entrevistas, en los números 202 y 317, firmadas, respectivamente, por Rafa Banús y Remy Franck. El titular de esta última definía a la perfección su felicidad en aquellos días donostiarras: “Me siento sexi Flott”. Mil gracias le sean dadas por siempre.
Luis Suñén

