¿Están todos locos?

¿Están todos locos?

En un antiguo número de Les Temps Modernes, el 146 de abril de 1958, encuentro un artículo de René Leibowitz [en la foto] Sont-ils tous fous? (“¿Están todos locos?”) que, pese a su antigüedad – en estos veloces tiempos, medio siglo es la antigüedad – conserva una sugestiva actualidad. Hasta la rima involuntaria resulta útil. Se refiere el músico y musicólogo a un par de constantes que llegan a nuestros días en materia de conciertos musicales, en especial los sinfónicos, que han de ser aún hoy mayoritarios.

Como obertura a ellos, subraya un hecho que seguramente ha sido superado en la enseñanza de la música y se refiere a la dirección de orquesta, disciplina que él conoció de primera mano. Observa que, a su fecha, no había una formación de directores como tales. Los había formados y hasta con aureola de maestros pero que habían adquirido su maestría trabajando junto a los antiguos maestros. Habían sido instrumentistas y/o asistentes de ellos y recibido una tradicional solvencia que luego cada quien armonizaba con sus preferencias y talentos personales.

Enseguida Leibowitz apunta aquel par de asuntos. El primero es que a menudo los conciertos se ofrecen sin un número estricto de ensayos, sobre todo cuando median solistas que llegan a último momento y se deben incorporar de apuro al conjunto. Se combinan velocidades y entradas pero cabe notar que no siempre el director y el solista hacen lo mismo en cuanto a lecturas interpretativas y hay que juzgarlos, fatalmente, por separado, lo cual no deja de ser anómalo en cuanto a la obra en juego.

El otro inciso es más difuso y, a la vez, fundamental. Trata del hecho que podríamos llamar filarmónico. La mayor parte del público de música, aunque se lo suponga genéricamente aficionado, no es experto ni informado en materia musical. Le gusta la música, puede incluso apasionarse con ella, se emociona al escuchar, se enardece aplaudiendo o bufando pero no juzga porque no es lo suyo y porque, radicalmente, no puede. Conste que Leibowitz no se refiere al que podríamos llamar público cautivo, es decir a quienes van a un concierto o una función de ópera por obligación social, porque es llevado o tiene que “quedar bien” o porque “hace bonito” vestirse con cierto empaque y hacerse ver de quien corresponda. No. Volvamos al melófilo, al que va por gusto y provisto de expectativas de gozar con un arte que lo atrae. A todos nos ha ocurrido. Nos hemos entusiasmado con tal o cual artista y, al oírlo luego con atención solitaria en una grabación, le hemos hecho reparos. Incluso nos hemos preguntado cómo fue que pudo gustarme lo que nos gustó. Es cuando formulamos la pregunta del título.

El crítico se torna teórico y se propone un viejo e insondable tema: la objetividad de la obra de arte, en especial de la música, tan ligada a lo temporal y tan dependiente del intérprete. ¿Escuchamos siempre la misma obra cuando figura en el programa la Misma Obra? ¿No variará si el intérprete es otro o nuestra propensión personal, esa noche, es distinta de la que sentimos o pasamos en otras noches comparables?

Aquí hace su entrada la crítica musical, el psiquiatra que atiende la bella locura de la emoción estética. El crítico tiene prohibido decir si lo oído le gustó o no le gustó. Todos sabemos que esta sabia prohibición es frecuentemente desobedecida. Es cuando el crítico no habla de lo que oyó sino de sí mismo y termina adjudicándose un rol privilegiado, el uso del discurso. Nadie habla ni escribe en su lugar. Su gusto dicta la verdad. En sentido estricto, se expide un dictador.

Leibowitz, desde luego, propugna otra actitud. El crítico debe saber más que el melófilo, aunque no tenga la misma sensibilidad ni conceda a la música la importancia que el amante del sonido le otorga en su vida. Sabe más no sólo por su preparación técnica sino porque debe saber más en tanto trabaja con un objeto y no sobre una experiencia personal.

¿Estamos todos locos? Locos de amor por la música, un poco. Es bueno saberlo, tan bueno como no renunciar a esa bella locura a la que debemos tantos instantes privilegiados, áureos, de gozo indecible, a lo largo de toda una vida. Pero, retornados al mundo cotidiano, conviene recuperar la cordura. La prudente y hasta mediocre cordura que guarda en la memoria la gratitud a aquella experiencia pero no la convierte en norma universal. Este es la tarea del crítico que, en ocasiones, recibe un pago, ancho o angosto, por ella.