ESCALANTE / Isabel Villanueva y el poder de la viola

Escalante. Iglesia de San Román. 18-VIII-2026. Isabel Villanueva, viola. François Dumont, piano. Obras de Brahms y Shostakovich.
No son muchas las oportunidades de ver a la viola de protagonista en nuestras salas de conciertos, aunque Isabel Villanueva parece decidida a superar todas las barreras que se le ponen por delante. En la Iglesia de San Román de Escalante, uno de los marcos históricos del Festival de Santander, se presentaba recién llegada de Brasil con su Enrico Catenar (de 1670) en sus manos para ofrecer, junto a François Dumont, dos sonatas bien diferentes de Brahms y Shostakovich compuestas hacia el final de sus vidas.
Villanueva ha tocado de todo en medio mundo, ha colaborado con grandes de la música contemporánea (como György Kurtág o Sofia Gubaidulina) y ha emprendido proyectos en las fronteras tradicionales de los conciertos, pero también cuando vuelve la mirada al gran repertorio exhibe una personalidad propia. Así fue en la Sonata op. 120 nº 1 de Brahms, que a Claude Rostand le parecía escrita “como las hojas de un diario íntimo”. Villanueva y Dumont le dieron un gran dinamismo a su movimiento inicial, una pasión de tintes clásicos, para recoger el sonido en un Andante que por su aire meditativo invocaba cierta tristeza. Fue en él donde mejor lucieron los matices oscuros de la viola, donde más difícil resultaba no sucumbir al encanto de su sonido, aunque de su unión con Dumont aún saldrían detalles de gran clase en el Allegretto grazioso y el Vivace final.
Quizás para dar una imagen más amplia del compositor, ambos interpretaron después arreglos de dos lieder (Immer leiser wird mein Schlummer y Von ewiger Liebe), en los que a su intenso lirismo vino a sumarse la idea de la viola como el instrumento más parecido a la voz humana. De alguna manera, este Brahms se relacionaba con la Sonata nº 2 interpretada unos días antes por el Dúo Elysium en Arnuero. Y si entonces la Sonata de Rebecca Clarke le ganó la partida a la de Brahms, esta vez sucedió lo mismo con Shostakovich tan pronto como Villanueva y Dumont empezaron a tocar su Sonata para viola: ya el Moderato inicial estuvo presidido por una contención casi ritual y el sonido de Villanueva se volvía cada vez más seco y áspero, casi despojado de color. Después ambos aseguraron el carácter grotesco del Allegretto, con ataques secos y ritmos implacables que marcarían un enorme contraste con el Adagio final y su sutilísimo mensaje de despedida. Puede que el violín tenga un repertorio más extenso, pero solo los violistas pueden decir que Shostakovich les dedicó la última de sus obras.
Asier Vallejo Ugarte


