Entre alemanes

Entre alemanes

En sus diarios, Thomas Mann ha dejado una cuantiosa ristra de apuntes sobre música, propias de un músico aficionado y un melómano profesional. A menudo se refiere a Richard Strauss, contemporáneo suyo y cuyas vidas paralelas lo son, además, las de la historia imperial alemana, desde su fundación hasta la catástrofe de 1945. Recojo algunos ejemplos.

El 2 de marzo de 1920 asiste al estreno de La mujer sin sombra en la Ópera de Múnich, dirigida por su amigo Bruno Walter, y anota: “Orquesta gigantesca, virtuosísticas tormentas de sonido, zumbidos demoníacos. Notables bellezas sonoras, fantasías mezcladas con trivialidad y aburrimiento”. Cabe asimismo una curiosa observación del director. Strauss ha tomado el motivo en quintas de Salomé de una sinfonía juvenil de Walter, estrenada en Viena sin pena ni gloria y nunca publicada.

Pasan años y circunstancias. Mientras el escritor debe exilarse en los Estados Unidos, Strauss contemporiza con Hitler, aunque entre muchos matices, extremo que Mann nunca le disculparía. El 1 de febrero de 1941 escucha Una vida de héroe conducida por Arturo Toscanini y apunta: “Muy alemán y muy hitleriano, trivial, brutal, refinado, gigantesco, un festival de sí mismo, egolátrico, cursilería revolucionaria. No hay que intentar una separación ni una distinción”.

El 16 de marzo siguiente y bajo la misma batuta, toca el turno a Till Eulenspiegel del cual opina: “(…) una bonita y atrevida fantasmagoría. La mezcla de refinamiento con canción popular, auténticamente wagneriana”.

El 21 de noviembre de 1940, tras una función de Salomé en la Ópera de Chicago, observa: “Representación algo torpe, anticuada neurastenia, medios wagnerianos rebajados con notas personales, realización brillante y segura del éxito”.

Por fin, tras una lectura de las memorias straussianas, en noviembre de 1942 (sin número de día) comenta: “Absoluto esteticismo, carácter excluyentemente musical. Alaba mucho a la Italia fascista por motivos estéticos. Gracias a Dios, los recuerdos se detienen antes de que Hitler llegue a gobernar Alemania. Muy interesante, contemporáneo y liberal lo que dice sobre músicos como Chaikovski y Weber”.

Hay un eje invisible pero insistente en estos apuntes: la herencia del romanticismo tardío alemán en el paso de la plenitud de la bella época bismarckiana hasta el nazismo, dos guerras mundiales incluidas. En Strauss, su paisano ve una entrega monolítica a las grandezas, exageraciones y faltas de gusto, todo muy propio del espíritu alemán visto por un lector de Nietzsche: elocuencia abusiva y sensibilidad de cervecero (la familia Strauss era bávara). Mientras Mann intenta distanciarse del decadentismo tardorromántico por medio de otro vector fundacional del romanticismo, la ironía, en el músico no hay esta distancia y ello explica hasta qué punto se toca con la mentalidad y hasta con una posible estética hitlerianas. No se trata de decir torpemente que la música de Strauss sea nazi, sino que una común sensibilidad cargada de similar ideología actúa entre el maestro y el Führer. Ambos artistas vivieron una época que Borges califica de “bajamente romántica”: racial, heroica, nacionalista, apasionada, antirracional, desmesurada, con un deje de admiración nihilista por la catástrofe anunciada en El ocaso de los dioses. De nuevo y siempre: Nietzsche advirtiendo el peligro –sufrido en carne propia– de ser alemán.