VIENA / Energético comienzo del año con Nézet-Séguin al frente de la Filarmónica

Viena. Sala dorada del Musikverein. 1-I-2026. Concierto de año nuevo de la Orquesta Filarmónica de Viena. Director: Yannick Nézet-Séguin. Obras de Johann Strauss padre, Johann Strauss hijo, Josef Strauss, Eduard Strauss, Joseph Lanner, Franz von Suppè, Carl Michael Ziehrer, Josephine Weinlich, Florence Price, Hans Christian Lumbye y Philipp Fahrbach Jr.
Un año más hemos empezado el año con el evento de música clásica más visto y escuchado del planeta. También el más vilipendiado por muchos, como señalamos en el artículo previo publicado hace un par de días en estas páginas. A él les remito para lo referente a los detalles sobre el programa.
No será ninguna novedad reseñar que la Filarmónica de Viena, presidida hoy por dos de sus concertinos (Rainer Honeck y Albena Danailova), ha estado gloriosa en todas sus familias. La orquesta, además, ha mostrado un entendimiento absoluto con quien ha dirigido hoy por primera vez este evento, el canadiense Yannick Nézet-Séguin (en lo sucesivo YNS, para abreviar) que lo hacía tras más de una treintena de actuaciones con los vieneses (que se iniciaron hace 15 años).
Decía, en el artículo previo antes citado, que el menudo titular de la Orquesta de Filadelfia y del Metropolitan de Nueva York, embajador de marca de Rolex (que patrocina el concierto), es maestro que construye con más corrección que inspiración, y propende a los tempi veloces, a impregnar sus interpretaciones de un voltaje más que generoso. Energético, simpático, cercano, fogoso y extrovertido, prescinde de cualquier inhibición en cuanto a la festiva teatralidad, y todo ello lo ha lucido generosamente en el concierto de este primero de año. No cabe dudar, desde luego, de su entrega, ni de la pasión con que vive esta música. Ni de su capacidad de transmitirla. Por otro lado, tampoco cabe dudar de su competencia técnica. YNS evidenció en todo momento un más que sólido oficio, con estupendo control de lo que estaba ocurriendo.

Los lectores me disculparán si evito, en cambio, entrar en la agenda, que a otros parece entretener mucho, de lo contentos que hay que estar por lo que la presencia de YNS representa en lo tocante a la diversidad, la inclusión y demás aspectos extramusicales, desde el atuendo a otros menesteres tan en boga en la agenda de lo políticamente correcto.
Las características enunciadas de YNS permitieron apreciar con bastante inmediatez algunas cosas. La primera, que su hiper energética tendencia lució especialmente en polcas rápidas y galops, pero su general dominancia quitó, al menos para quien esto firma, parte del sugerente encanto y la refinada elegancia de los valses. La segunda, que la alegría festiva, en parte por la velocidad y en parte por la gestualidad, dominó a lo largo y ancho la matinée. Como hubiera dicho el bueno de Gardiner: “I am having a wonderful time”, que es la manera británica de decir “me lo estoy pasando bomba”. Era patente que así era… y era patente que los músicos, también se lo pasaban en grande. En esas condiciones, más allá de lo que se escucha, parece lógico esperar que el público disfrute igualmente.
Más aún si, lejos de los mucho más circunspectos Thielemann, Muti o Welser-Möst, el canadiense da rienda suelta a la faceta teatral antes aludida y abre la puerta a los gags que, conviene recordar, eran más que habituales en las épocas de Boskovsky y, en menor medida, de Maazel. Si cuando hace unos años reseñamos el último concierto de Thielemann, apuntamos la importancia de “la belleza que se escucha”, pero que no es inmediatamente evidente ni especialmente juerguista en lo visual, quizá esta vez hay que apuntar casi lo mismo, pero en sentido contrario: la importancia de lo que se escucha… más allá del contagioso atractivo de lo que se ve.

Porque algunos dirán, no sin alguna razón, que, amén del festivo carácter del acontecimiento y a lo que ayude a ello esa mayor o menor tendencia del director de turno, la cosa es que lo musical funcione como debe. Porque esta música puede ser no trascendente, pero no es, ni mucho menos, más allá de la alegría desbordante de las polcas rápidas, su vibración rítmica y contagiosa energía, fácil extraer de ella el refinado encanto, la fina elegancia, la combinación equilibrada de chispa, sonrisa, evocación y vibración, los guiños a la sugerente insinuación de algunas polcas-mazurcas o polcas francesas o el suspense sutil de algunas introducciones a los valses.
YNS, quizá por sus propias características y la pasión que transpira, dibujó un concierto fulgurante, dirigiendo de memoria, con un gesto claro. Lo abrió una trepidante lectura de la Obertura de la opereta Indigo y los cuarenta ladrones de Johann Strauss hijo. El vals Donausagen de Ziehrer llegó con sensibilidad suficiente en la introducción y un rubato plausible en la parte de danza. Más chispa y encanto tuvo el Galop Malapou de Lanner, primera demostración de la tendencia veloz del director. Mucha marcha, prolongada en la polca rápida Brausteufelchen de Eduard Strauss. Incluso la más conocida Fledermaus-Quadrille llegó con notable celeridad que, al menos para quien esto firma, restó buena parte del juguetón encanto de la música. El rubato sobre el motivo principal de la obertura pareció un poco corto, y la aceleración posterior culminó un arrebato de indudable trepidación, pero quizá no tan evidente encanto. Animado, perfectamente articulado, el Galop El Carnaval en París de Johann Strauss padre.
El tradicional documental del descanso, dirigido por Alex Wieser, estaba dedicado al 250 aniversario del Museo Albertina, bajo el título “La magia del arte – 250 años de la Albertina”, pero en realidad se antojó, al menos al que suscribe, un poco corto en cuanto a imágenes de la colección del museo. Por lo demás, excelentes interpretaciones de músicos de la Filarmónica de Viena de obras de Ravel, Kreisler, Poulenc, Mozart (los maravillosos vientos de los vieneses lucieron aquí de forma brillante) y Haydn.

La segunda parte no cambió mucho el dibujo. La Obertura de la opereta La Bella Galatea de Franz von Suppè pareció más vibrante y festiva que sutil, aunque YNS permitió con acierto suficiente libertad a los solistas de viento en el primer pasaje tras la introducción. Pero pese al excelente control de la orquesta y a que la introducción al vals tuvo buen rubato, terminó por primar la velocidad. La primera novedad femenina del programa, la polca-mazurca Cantos de sirenas, de Josephine Weinlich Sirenen Lieder, en el arreglo orquestal de Wolfgang Dörner, llegó correctamente dibujada, pero la música parece evocar cierta traviesa ambigüedad que no terminó de quedar patente.
No era novedad, pero casi, porque no aparecía en los conciertos desde 1951, el vals Dignidad de las mujeres, obra muy querida por el fundador de estos conciertos, Clemens Krauss. YNS primó nuevamente el impulso rítmico, la vibración energética, sobre la insinuación ensoñadora que esta música contiene. El primer ballet, con coreografía de John Neumeier y vestuario de Albert Kriemler, llegó desde el Hofburg con la Polca de los Diplomáticos de Johann Strauss hijo, una polca francesa que de nuevo pareció más correcta que sutil, sobre una coreografía elegante y bien dibujada.
La segunda novedad femenina era el Vals del arcoíris de la afroamericana Florence Price, compositora jaleada (no solo hoy) por YNS, pero más conocida por sus sinfonías, de las que el canadiense ha llevado dos al disco. El vals, no exento de encanto, no desmiente las raíces de su autora, aunque el arreglo orquestal de Dörner tuvo momentos que se antojaron en exceso densos de orquestación (y percusión) para el carácter de la composición.
El Galop del ferrocarril de vapor de Copenhague del danés Hans Christian Lumbye era la ocasión para la juerga más desenfadada. Y así fue: YNS con silbato y señal en la mano para los trenes, percusionistas con gorra evocando la máquina de vapor… una lástima que, de nuevo, la velocidad excesiva derramara tal vez demasiado vapor y recortara algo de sonrisa a la animada pieza. El famoso vals Rosas del sur, de Johann Strauss hijo, coreografiado en el museo de artes aplicadas de Viena, pareció elegante en cuanto a la danza, pero la música, impecablemente ejecutada por los vieneses, llegó corta de respiración, de efusión lírica. Festivo, sí, el final, pero antes se hubiera podido pedir algo más sugerente.

La Marcha Egipcia, también de este autor, se inició con una corrección de Llade, que enmendó sobre la marcha el anuncio que acababa de hacer, por error, del vals que cerraría el concierto. La interpretación, con buen coro vocal de los filarmónicos, fue tan impecable en la realización como marcial en el carácter. El vals Palmas de la Paz, de Josef Strauss, última pieza del programa oficial, siguió la línea de sus hermanos anteriores: correcto trazo, pero más energía que refinamiento.
Lució YNS sus dotes teatrales en la Polca Circus de Philipp Fahrbach Jr, fulgurante, divertida y con un YNS totalmente inmerso en la performance, y los filarmónicos animándola con sus gritos de Hop! sobre la música. Se lo estaban pasando bomba, claro está. El canadiense lanzó después un mensaje en francés e inglés, apelando a la paz y a la bondad, y a la aceptación de las diferencias entre nosotros, antes de la tradicional felicitación, junto a la orquesta, en alemán. El famoso Danubio azul llegó después (dirigido sin batuta) y, como los otros valses, lo hizo con más entusiasmo y energía que sutileza.
Pero la performance encontraría su momento más rompedor en la Marcha Radetzky. Metido de lleno en su show particular, YNS no se contentó, como todos los demás, en dirigir las palmas del público, sino que lo hizo, derrochando festividad, a lo largo de todo el patio de butacas, con el público entregado a tan generosa demostración de júbilo, pasión y cercanía.

Como señalé antes, es importante, creo, apreciar la belleza de lo que se escucha más allá de lo que se ve, porque lo que se ve, unas veces para bien y otras para lo contrario, a menudo condiciona las sensaciones posteriores. Muchos opinan que este ha sido el mejor concierto en muchos años. Quien suscribe, tras más de 40 de ver este concierto de forma ininterrumpida, prefiere ser más cauto y quedarse con que fue un buen concierto, mejor que algunos recientes, pero lejos de los mejores que hemos podido escuchar en los primeros de año. Sin ir más lejos, cierto Mariss Jansons me dejó, en 2016, un recuerdo que no olvidaré. Pero no cabe duda de que YNS supo captar y transmitir el carácter festivo, jubiloso y celebratorio del evento. Y supo arrastrar al público a su terreno, mérito indiscutible, por su parte.
Veremos que senda toma, el año que viene, Tugan Sokhiev, maestro de sobrada competencia y con ya considerable tradición con los vieneses, a los que ha dirigido casi medio centenar de veces desde su debut con ellos en 2009. Feliz año nuevo a todos.
Rafael Ortega Basagoiti


