En torno a Chopin, Chopin!

Se ha estrenado este fin de semana en España la película Chopin, Chopin! –eso que ahora llaman un “biopic” sobre el compositor polaco- dirigida por su compatriota Michał Kwieciński, con quien ha conversado en esta revista mi colega Darío Pérez Andrés. El protagonista es otro polaco, Eryk Kulm (Varsovia, 1990). La película se sitúa en una esfera bien distinta de aquel acaramelado clásico de Charles Vidor (Canción inolvidable, 1945) y de la más moderna Impromptu (1991, con el tirón comercial de Hugh Grant encarnando al compositor). De hecho, lo primero que conviene decir es que, en caso de ver la película, es muy aconsejable familiarizarse con la biografía de Chopin, porque el retrato que construye Kwieciński es más un intento psicológico que otra cosa, y tan centrado en los últimos 14-15 años de su vida que se omite cualquier contexto de su juventud en Polonia, de los antecedentes familiares, de su crecimiento como músico. Dicho de otra forma, si no se conoce la biografía de Chopin, los “flashes” que plantea Kwieciński van a confundir a más de uno. Confiesa el director haberse nutrido, para el guion, de la correspondencia de Chopin, y también de biografías, mencionando destacadamente la de Ferdynand Hoesick de 1926. No sé si es la mejor elección, por cuanto hoy sabemos, por estudios biográficos mucho más recientes, que algunos episodios significativos de biografías más antiguos se han demostrado falsos o equivocados.
Chopin, Chopin! tiene algunos aspectos de indudable acierto. La ambientación en el París de 1835, el vestuario, los pianos utilizados (de Érard, primero, y de Pleyel, después) son tres factores indudablemente positivos. Kwieciński confiesa que la idea de hacer la película partiço del protagonista (Kulm). Kulm había estudiado piano años atrás, y supongo que su propia iniciativa y esa formación algo tienen que ver con que, tras concienzuda preparación, sea el propio Kulm el que ejecuta la música de Chopin en la película. Pero la cosa tiene su lado negativo, y el propio director reconoce que, pese a esa preparación, Kulm no se encontraba suficientemente preparado como para ejecutar fragmentos chopinianos de más de 30 segundos, por lo que ese es el límite de cada fragmento escuchado: 30 segundos. Dice Kwieciński que está bien así puesto que no pretendía hacer una película sobre la música de Chopin, sino sobre el personaje. Quien firma estas breves líneas cree que tal propósito no es incompatible (de hecho, creo que hubiera resultado enriquecido) con una dosis mayor de música de Chopin, aunque no estuviera ejecutada por Kulm. Por una buena razón: pocas cosas hay que retraten mejor a un compositor (y más a uno como Chopin) que la propia música salida de su pluma.

Otro aspecto que resulta de entrada chocante, al menos para el que suscribe, es la utilización de música techno, que de hecho es la primera en aparecer, cuando un Chopin inicialmente ensimismado en su salón parece despertar tras el vuelo zumbador de una mosca que finalmente se asienta en su mano. El músico se levanta y se lanza decidido a pasear por París… al ritmo de un chunda-chunda que a más de uno le hará levantar las cejas. Nada tengo contra el género en cuestión, pero su introducción en esta película, francamente, no termino de encajarla. De los personajes que rodean a Chopin, son perfectamente identificables algunos (su madre, Matuszyński, Delfina Potocka, Liszt, George Sand, cuyo papel en la película parece sorprendentemente reducido, el Rey Luis Felipe, Maria Wodzińska y su madre). Otros (Julian Fontana, por ejemplo) no son tan fáciles de identificar y diríase que se les intuye más que otra cosa.
Pero quizá lo más complicado de digerir es el propio planteamiento del personaje. Destaca Kwieciński, en la entrevista mencionada, que en las cartas de Chopin descubrió alguien que bromeaba continuamente e incluso imitaba burlonamente a otros. Tal vez a más de uno se le antoje excesivo el énfasis que se pone en esa faceta, porque a menudo Kulm aparece dotando al compositor de una sonrisa medio simplona que puede no parecer lo más apropiado. La culminación de la película es bastante desconcertante: sobre la revuelta que terminó en el advenimiento de la II República en Francia, un Chopin ya muy enfermo interpreta un fragmento (recordemos, de limitada duración) de la Mazurka op 17 nº 4, música llena de tristeza y melancolía. Y entonces, cuando menos se espera, Kulm esboza una sonrisa y dice “eso es todo”. Personalmente, no pude sino recordar, con cierto pasmo aquel “eso es todo, amigos” con que se cerraban ciertos dibujos animados que veíamos de niños todos los días. Pero este “eso es todo” de Chopin parece tener un guiño de desenfado que, honestamente, no termino de ver en esa circunstancia.
Rafael Ortega Basagoiti


