Michał Kwieciński, director de ‘Chopin, Chopin!’: “Quería contar la historia de Chopin como persona, no hacer una película sobre su música”

Considerada ya como una de las mayores producciones de la historia del cine polaco, el film biográfico Chopin (el título original es Chopin, Chopin! se acerca al compositor desde una perspectiva que ha despertado tanta admiración como controversia en su país. Tras su paso por el Festival de Cine de Sevilla, el director de la cinta, Michał Kwieciński, explica cómo construyó el personaje a partir de su correspondencia, qué papel desempeña la música en la película y por qué Mallorca resultó imprescindible para el rodaje.
En otras entrevistas comenta usted que la idea de realizar una película sobre Chopin se la sugirió Eryk Kulm, cuyo sueño como actor era interpretar al pianista, y que usted entonces reconocía no conocer nada del compositor. ¿Cómo fue ese proceso de documentación y qué descubrió de él que le hizo pensar que ahí había una película?
Sí, es cierto. El primer impulso surgió de una conversación con Eryk Kulm, que me dijo que soñaba con interpretar a Chopin. Tocaba sus obras desde niño. Me pareció una idea magnífica: en mi opinión, Eryk tiene cierto parecido con Chopin, una expresividad similar y sabe tocar el piano. Por supuesto, cuando mantuvimos aquellas primeras conversaciones, su nivel como pianista todavía no era suficiente. Después pasó medio año en Francia, aprendiendo el idioma y practicando obras de Chopin entre cinco y seis horas al día. Tenía que dominar a la perfección fragmentos de unos treinta segundos de distintas composiciones. De ahí vienen, precisamente, esos famosos treinta segundos: consideraba que, con un periodo de preparación tan breve, un actor no conseguiría aprender a interpretar sin fallos fragmentos más largos.
Así que teníamos una gran idea y un actor, pero aún nos faltaba el guion. Al principio, efectivamente, sabía muy poco de Chopin. Empecé a leer cientos de cartas suyas, cartas que le habían escrito y correspondencia en la que se le mencionaba. Leí, entre otras cosas, las cartas de George Sand a Delacroix y lo que Balzac decía sobre Chopin y George Sand. Tengo la impresión de haber leído casi toda la correspondencia disponible en la que aparece el apellido Chopin. También leí muchas biografías suyas, pero aprecio especialmente el libro de Ferdynand Hoesick de 1926, un análisis minucioso de la vida de Chopin, sin comentarios superfluos.
Lo que más me sorprendió fue la distancia entre el Chopin que emerge de las cartas y los documentos de la época y la imagen que conocía del colegio y de la universidad. Gracias a la correspondencia supe que caminaba muy deprisa, bromeaba constantemente, le encantaba convertir su vida en una especie de teatro e imitaba de maravilla las voces de otras personas. A primera vista era, por tanto, un bromista, aunque en el fondo seguía siendo introvertido. Todo ello hizo que, desde el principio, viera en él a una persona completamente distinta de la que llevábamos años imaginando.

En una de las escenas, la película muestra un duelo de improvisaciones entre Chopin y Liszt. Fueron amigos pero también rivales. ¿Qué quería que el espectador entendiera de esa relación, y por qué eligió contarla a través de un duelo de piano y no en una conversación?
Liszt adoraba a Chopin, lo admiraba y creo que envidiaba su talento. Probablemente sentía que él mismo no era un compositor tan excepcional. En cierto modo, Chopin reforzaba esa idea. En sus cartas le sugería a su amigo que se centrara más en la música que en seducir mujeres. De la correspondencia se desprende que Chopin no valoraba la obra de Liszt tanto como Liszt valoraba la suya. Más adelante surgió un conflicto entre ellos y sus caminos se separaron durante cinco o seis años. Sin embargo, tras la muerte de Chopin, Liszt escribió su biografía: un magnífico panegírico lleno de admiración. Creo que era la amistad de dos grandes artistas, basada en la fascinación mutua, aunque cada uno admiraba algo distinto del otro. Liszt apreciaba sobre todo las composiciones de Chopin, y quizá Chopin envidiara un poco el éxito de Liszt con las mujeres. Pensé que un breve duelo pianístico mostraría mejor esa relación que una conversación. En la escena vemos que Liszt no aprecia de inmediato la música de Chopin y que le cuesta un poco entenderla. En el cine, la imagen suele decir más que las palabras. Una escena así permitía transmitir quién admiraba a quién y por qué, sin necesidad de explicarlo en un diálogo.
Un detalle curioso es que, en la película Chopin pasa de un piano Érard a un Pleyel. ¿Hasta qué punto buscó que la película sonara como sonaba Chopin en su época, y qué decisiones tomó para conseguirlo? ¿Contaron con el asesoramiento de pianistas, musicólogos o instituciones especializadas a la hora de tomarlas?
Grabamos todas las obras de Chopin que aparecen en la película con instrumentos históricos. Los pianos Érard y Pleyel se diferenciaban de los actuales, entre otras cosas, por tener un teclado veintiún centímetros más corto y un sonido mucho más suave. Queríamos reproducir con la mayor fidelidad posible el sonido de la época, teniendo en cuenta también las marcas de los instrumentos. Por eso, al principio Chopin toca pianos Érard y, más adelante, instrumentos Pleyel, la casa con la que empezó a colaborar. Hoy diríamos que primero lo patrocinaba Érard y después Pleyel. Eryk Kulm también tocó pianos con teclados más cortos: unas veces instrumentos originales y otras, réplicas de los de aquella época.
Desde el comienzo del proyecto, nuestro asesor musical fue Janusz Olejniczak, uno de los pianistas polacos más destacados. Nos acompañó durante todo el proceso y ayudó a Eryk Kulm a comprender la esencia de la interpretación de Chopin. Fue él quien inspiró la escena de la lección que Chopin imparte al pequeño Karl Filtsch. En la música de Chopin, la combinación de espiritualidad y precisión es más importante que la mera perfección técnica. Janusz decía a menudo que a veces cometía errores en los conciertos, pero que no tenían demasiada importancia si el público percibía el vínculo espiritual del pianista con Chopin. Intentamos trasladar también ese principio a la pantalla.
El Instituto Nacional Fryderyk Chopin también fue un importante colaborador, asesor y coproductor de la película. Es una de las instituciones más relevantes dedicadas al legado del compositor y participa en la organización y el apoyo de numerosos eventos dedicados a Chopin en todo el mundo.

Uno de los puntos débiles de muchos biopics musicales es que el actor no resulta creíble ante el instrumento. Eryk Kulm llevaba quince años sin tocar y pasó un año entero preparándose. ¿Por qué era tan importante para usted que tocara de verdad?
Para mí, como director, un requisito fundamental a la hora de elegir al protagonista de una película sobre un músico es que el actor sepa tocar de verdad el instrumento. Una cosa es fingir que se toca y sustituir, en los primeros planos, las manos del actor por las de un pianista, y otra muy distinta es interpretar la pieza de verdad. El resultado tiene una calidad completamente diferente. En mi película, Eryk interpreta tanto como actor como pianista. Por eso, independientemente de que el papel hubiera sido para él o para otra persona, saber tocar el piano era para mí una condición indispensable.
Ha dicho que la música de Chopin no es lo principal en la película, que sus piezas pocas veces superan los treinta segundos y que conviven con géneros tan alejados de ellas como la música electrónica. ¿Cómo decidió qué momentos eran para Chopin y cuáles para la electrónica? ¿Qué le aporta esa mezcla que no habría conseguido solo con la música de Chopin?
Efectivamente, no quería que la música de Chopin fuera el eje central de mi película. Me interesaba contar la historia de Chopin como persona, no hacer una película sobre su música. Una vez terminado el montaje, tuve que encontrar una música que acompañara determinadas escenas. Al principio probé con composiciones de estilo clásico, pero no funcionaban en absoluto. Sonaban como un intento fallido de competir con la música de Chopin. Después de muchas pruebas y experimentos, resultó que lo que mejor encajaba era la música electrónica; más concretamente, el techno. Lleva dentro un ritmo que recuerda al latido del corazón. Paradójicamente, era ese ritmo el que mejor expresaba las emociones de las escenas que necesitaban acompañamiento musical.
Fueron cuatro meses de rodaje entre Polonia, Francia y Mallorca. ¿En qué lugares de la isla rodaron, y qué le dio Mallorca que no podía darle ningún otro lugar?
Ante todo, Mallorca ofrecía una luz única. No habríamos encontrado en ningún otro lugar un espacio donde reproducirla fielmente. En la cala de Sa Calobra rodamos las escenas del puerto, recreando el de Palma en el siglo XIX. Por su parte, el monasterio de Miramar nos sirvió para representar la villa en la que Chopin se alojó al principio de su estancia en la isla, antes de trasladarse a Valldemossa. Las escenas ambientadas en Valldemossa las rodamos ya en Polonia. En el monasterio de Miramar filmamos la secuencia en la que los españoles, al enterarse de que Chopin tenía tuberculosis, lo expulsan de la casa. Temían contagiarse y no querían que tuviera contacto con los vecinos de la zona.
El estreno fue en Polonia en octubre de 2025, coincidiendo con el Concurso Chopin de Varsovia, y abrió un debate entre quienes la consideran rompedora y quienes la ven polémica por alejarse del mito romántico. Tratándose de un símbolo nacional, ¿esperaba esa división? ¿Qué reacción, del público o de los especialistas, le ha sorprendido más?
Por supuesto, esperaba que una parte del público polaco rechazara esta manera de presentar a Chopin. Mi protagonista se aparta de la imagen estereotipada del compositor que nos inculcaron durante años en el colegio y en la universidad. En ese sentido, la película puede considerarse iconoclasta frente al mito nacional. Así que también contaba con reacciones negativas. El público se dividió más o menos por la mitad. Algunos espectadores no querían aceptar esta versión de Chopin porque estaban acostumbrados a otra. A otros, en cambio, les encantó esta nueva y sorprendente mirada. La película despertó emociones muy intensas y una gran controversia. En cierto modo, eso era lo que buscaba: no quería que dejara indiferentes a los espectadores.
La película clausuró el Festival de Sevilla. ¿Cómo la recibió allí el público, y qué espera ahora de su estreno en España?
La película se proyectó en el Festival de Sevilla y debo admitir que me sorprendieron tanto la calidez de la acogida como la comprensión de lo que pretendía transmitir. De todos los países a los que estoy viajando ahora con motivo del estreno de Chopin, creo que España es el que mejor la ha recibido: exactamente como habría soñado. El público español captó a la perfección la intención de la película. También creo que los españoles, por ser un pueblo muy musical, supieron apreciar su dimensión musical y las interpretaciones de las obras de Chopin. Espero que la película guste también al gran público en España, más allá de los espectadores de festivales. La proyección en Sevilla me dejó una enorme satisfacción.
Después de dedicar tanto tiempo a Chopin, ¿qué obra suya recomendaría escuchar, al salir del cine, a quien quiera seguir conociéndolo?
Es una elección muy personal, por supuesto. Pero, si tuviera que señalar algunas obras para iniciarse en Chopin, elegiría la Mazurca en la menor n.º 13, op. 17, el Estudio revolucionario y el Preludio de la gota de lluvia, compuesto en Mallorca. Esa es mi santísima trinidad.
Chopin ha sido, según sus propias palabras, la película más grande de su carrera, y es una de las mayores producciones del cine polaco. Después de un proyecto de esa envergadura, ¿qué historia quiere contar a continuación? ¿Le gustaría volver a acercarse al mundo de la música o a la vida de otro artista, o necesita ahora algo completamente distinto?
Hace poco me propusieron dirigir una película sobre Ignacy Paderewski, el gran pianista y compositor polaco. Sin embargo, rechacé la oferta porque no quería que me encasillaran como un director especializado en películas sobre músicos. La aventura de Chopin ha satisfecho plenamente mis aspiraciones de contar la vida de un músico. Ahora me gustaría abordar una temática completamente distinta. Sueño con una película intimista, minimalista, sin el despliegue que caracteriza a «Chopin, Chopin». Quiero contar una historia contemporánea, centrada en los problemas del mundo actual y con un protagonista muy interesante. También estoy pensando en volver a trabajar con Eryk Kulm, pero de momento prefiero no dar detalles para no gafarlo.
Darío Pérez Andrés
(Foto: Bożena Rożek)


