Fallece Helga Schmidt, primera intendente del Palau de les Arts de Valencia

Fallece Helga Schmidt, primera intendente del Palau de les Arts de Valencia

La gestora musical Helga Schmidt falleció el pasado 25 de septiembre en su domicilio de Piamonte (Italia) a la edad de 78 años, como consecuencia de una larga enfermedad.

Helga Schmidt (Viena, 1941), fue una de las personalidades más influyentes del mundo de la lírica de los últimos 50 años. Nacida en un ambiente de honda raigambre musical —su padre era Studienleiter de Wilhelm Furtwängler y ella creció inmersa en el ambiente musical de la Viena de la segunda mitad del siglo XX—, su sólida formación arranca desde la infancia. Estudió piano en Viena, y luego, en París, en la Sorbona, Historia del Arte.

De la mano de su padre trató con asiduidad familiar a personajes como Karl Böhm, Dimitri Mitropoulos, Clemens Krauss o al propio Furtwängler, y a otros grandes directores y cantantes que entonces frecuentaban la Ópera de Viena. Más tarde, trabajó y trató con maestros como Georg Solti o Carlos Kleiber.

Su carrera profesional comenzó como asistente del director general del Festival de Viena, Egon Hilbert. Helga Schmidt apenas contaba 21 años de edad. Allí participó muy activamente en el montaje de Lulu, de Alban Berg, que dirigió Karl Böhm en 1962, y que fueron las primeras representaciones de la ópera de Berg en la posguerra. También junto a Karl Böhm promovió un nuevo montaje de Daphne de Richard Strauss, protagonizado por Fritz Wunderlich.

Dos años después, cuando en 1963 Hilbert fue nombrado Intendente de la Ópera de Viena, y Herbert von Karajan director artístico y musical, ambos contrataron a Helga Schmidt para este teatro, donde trabajó diez años codo con codo con Karajan. “A él debo mi carrera”, recordó siempre Schmidt. “Fue Karajan quien me aconsejó que tomara el camino de la dirección artística, empezando desde abajo, conociendo todos los rincones del teatro. Era un hombre de una altísima exigencia, profundo, renovador. Para él, la prioridad absoluta de la ópera estaba en la música, la escena debía limitarse a acompañarla. Era muy puntilloso, lo revisaba absolutamente todo. Y yo, en este sentido, he seguido sus pasos bastante fielmente”, decía.

Helga Schmidt fue baluarte en Viena del mejor canto italiano. Con su apoyo decidido triunfaron en la capital austriaca artistas como Piero Cappuccilli, Franco Corelli, Boris Christoff, Mirella Freni, Tito Gobbi, Alfredo Kraus, Cesare Siepi, Giulietta Simionato, Giuseppe di Stefano o su propio esposo, el barítono Wladimiro Ganzarolli. También fue responsabilidad suya la presencia en la Ópera de Viena de dos estrellas de la danza tan universales como Margot Fonteyn y Rudolf Nuréyev.

A mediados de los años 70 Helga Schmidt abandonó Viena para ocupar en Londres el puesto de directora artística del Covent Garden. Contaba sólo 33 años y fue la primera mujer en desempeñar un puesto que entonces parecía reservado al género masculino. Junto con Colin Davis, protagonizó uno de los periodos más brillantes del coliseo londinense. De su mano llegaron y debutaron en la Royal Opera House directores como Karl Böhm, Riccardo Chailly, Christoph von Dohnányi, Bernard Haitink, Carlos Kleiber, Lorin Maazel, Zubin Mehta, Riccardo Muti, Seiji Ozawa o Georges Prêtre,  y los cantantes Jaume Aragall, Montserrat Caballé, José Carreras, Plácido Domingo, Birgit Nilsson, Luciano Pavarotti, Ruggero Raimondi o Joan Sutherland, entre otros muchos. También promovió innumerables grabaciones discográficas que hoy son referencia imprescindible del mundo discográfico. Entre ellas, la famosa Tosca protagonizada en 1976 por Caballé, Carreras y Wixell, bajo la dirección de Colin Davis.

Asesora artística de un sinnúmero de instituciones y orquestas de primer rango —entre ellas la del Concertgebouw de Ámsterdam y la Sinfónica de Londres—, a finales de los años noventa del siglo pasado se dejó fascinar por el ambicioso proyecto que la Generalitat Valenciana y el arquitecto Santiago Calatrava estaban preparando con la idea de abrir un gran teatro de ópera en Valencia. La arquitectura vanguardista del nuevo edificio y el apoyo decidido del Gobierno valenciano la persuadieron para involucrarse de lleno en el proyecto.

Desde el año 2000 trabajó con plena dedicación en él. En los siete años transcurridos desde su inauguración, en 2005, con el nombre de Palau de les Arts Reina Sofía, Helga Schmidt logró emplazar este nuevo centro lírico entre los mejores y más reputados de la escena internacional. Incontables son las anécdotas de estos años de creación, presididos siempre por su tesón perfeccionista e insobornable búsqueda de la “excelencia” artística. Ante el compromiso de lo “políticamente correcto”, Helga Schmidt nunca vaciló en primar su insobornable ansia de perfección.

Jamás le tembló el pulso a la hora de mandar a casa a cantantes que no daban el resultado esperado. Lo que le valió la inquina de los mediocres y el desconcierto de un público que no entendía tanto cambio en los repartos anunciados. Discreta y profesional, nunca reveló las razones de tantas sustituciones y cambios. Más allá de cualquier compromiso o conveniencia, en ella primaba siempre el ideal de la calidad y la excelencia.

Mujer de hierro y jazmín, podía ser la persona más entrañable y al mismo tiempo, la más exigente e intransigente. No pudo ocultar sus discretas lágrimas cuando escuchó a Jesús López Cobos decirle, tras varios meses esperando una carta de compromiso del president Eduardo Zaplana, que, ante semejante silencio, “no podré ser el primer director músical del Palau de les Arts”. Fueron las mismas contenidas lágrimas —propias de la Mariscala straussiana— que poco después, el 4 de mayo de 2005, se le escaparon cuando Lorin Maazel, durante un feliz desayuno en Londres, le dijo que aceptaba la dirección musical del Palau de les Arts y la titularidad de la Orquesta de la Comunitat Valenciana que él mismo construiría poco después junto a la propia Helga Schmidt.

El Palau de les Arts, su Orquestra de la Comunitat Valenciana y el Centre  de Perfeccionament “Plácido Domingo” han sido los últimos logros de esta gestora ejemplar, que en su inexistente tiempo libre soñaba con releer a Rilke, Goethe o Baltasar Gracián, “que tanto influyó en Schopenhauer”. También con cuidar de sus dos perros en su casa campestre de Piamonte y con navegar solitaria “por un mar azul de horizontes infinitos con la única compañía del recuerdo imborrable de mi esposo Wladimiro”. En junio de 2012 fue distinguida por el Presidente de Austria con la Gran Cruz de Honor de Primera Clase de Ciencias y Artes, la máxima condecoración que concede la república austriaca.

Estaba casada con el barítono Wladimiro Ganzarolli, con el que vivió junto a su hijo, Gian Galeazzo Ganzarolli.