En la cueva del brujo

En la cueva del brujo

Turín. 17 de mayo de 1968. Al término de la actuación, Arthur Rubinstein homenajea al público con un clásico de entre sus propinas: la Danza ritual del fuego de Manuel de Falla. Siempre que tocaba esta pieza, Rubinstein realizaba unos gestos llamativos en la secuencia de acordes repetidos (aquí en 1’34” y 3’21”): levantaba aparatosamente las manos casi por encima de la cabeza y con cara impasible las hundía en el teclado de manera alterna. Esta coreografía era parte esencial de su interpretación. El pianista Eugene Istomin, al que Rubinstein aconsejó hacer lo mismo, la encontraba “ridícula” aun reconociendo que causaba un gran impacto en los espectadores. Rubinstein conocía bien el argumento del Amor brujo, de donde procede la Danza, y quizá sus gestos buscaban transmitir esa sensación de ritual mágico y encantamiento. Así parece sugerirlo también el público turinés, que se apiña cerca del pianista (1’23”) para observar sus manos como si contemplara a un hechicero durante la realización de un conjuro.

Rubinstein visitó por primera España en agosto de 1915 para ofrecer dos conciertos en San Sebastián. El pianista aprovechó los veinte días entre un concierto y otro para recorrer la península. Su itinerario turístico le llevó a Madrid, Toledo, Córdoba, Sevilla y Granada. En Madrid, quedó deslumbrado por las pinturas del Prado, pero lo que selló definitivamente su amor por España fueron los paisajes y la gente de Andalucía. Los contactos mantenidos durante aquella estancia le permitieron firmar un contrato para una larga gira de veinte conciertos por las principales ciudades españolas durante la primera mitad de 1916, recitales que se saldaron con una serie de memorables triunfos.

Desde entonces, Rubinstein mantuvo una profunda vinculación con España y también un profundo agradecimiento. “En 1916, España me adoptó”, dijo más tarde. Quizá por primera vez en su carrera, el pianista se sintió querido, reconocido e idolatrado. Además de la calurosa acogida del público, Rubinstein destaca con orgullo en su autobiografía la especial consideración que le reservó la aristocracia local. La Infanta Isabel le invitó al Palacio de Miramar; la Reina Victoria Eugenia y Alfonso XIII le recibieron en el Palacio Real, y el Duque de Alba quiso almorzar con él. Los triunfos españoles le abrieron asimismo las puertas de la América del Sur.

A raíz del encuentro con la viuda de Albéniz, Rubinstein decidió tocar en concierto toda la Iberia, aunque admitió haber retocado la partitura por considerar que la escritura de Albéniz era demasiado densa y ahogaba la melodía. Pero la pieza española que más presencia tuvo en su repertorio fue la Danza ritual del fuego de Falla. En Madrid, Rubinstein asistió junto con el compositor a una representación de la primitiva versión de cámara del Amor brujo en el Teatro Lara. Tras escuchar la Danza ritual del fuego, comentó al amigo que ésta podría convertirse en una magnífica pieza para piano. Falla se mostró escéptico, pero le entregó a Rubinstein la partitura y le dio autorización para que realizase el arreglo. Dicho y hecho. En su siguiente concierto, el pianista tocó la Danza como propina y la recepción fue apoteósica. Rubinstein cuenta que tuvo que repetirla tres veces seguidas.

Rubinstein encargó más tarde a Falla una pieza para piano, la Fantasia bætica, aunque no quedó demasiado satisfecho con el resultado. En cambio, siguió proponiendo la Danza ritual del fuego allá donde iba, y siempre con enorme éxito. Nadie resistía el embrujo. “El día que puedan darse conciertos en la luna, pienso que tocaré ahí la Danza ritual del fuego”, comentó una vez irónicamente el pianista.