Emilio y José Miguel Moreno

Emilio y José Miguel Moreno

La Asociación de Grupos Españoles de Música Antigua (GEMA) decidió, el pasado mes de noviembre, conceder su Premio de Honor 2020 a los hermanos Emilio y José Miguel Moreno, en reconocimiento a la inestimable aportación que ambos han hecho al campo de la música antigua, tanto en su condición de intérpretes como en la de referentes de varias generaciones de músicos españoles, además de por su dedicación a la recuperación del patrimonio musical nacional. Pero hay mucho más en la dilatada trayectoria de ambos. Por ejemplo, la creación de varias agrupaciones (La Real Cámara, El Concierto Español, La Romanesca u Orphénica Lyra) y hasta de un sello discográfico, Glossa, que hoy día sigue siendo uno de los más prestigiosos del mundo en lo que a la música clásica concierne.

Esta entrevista, o más bien charla, transcurrió en una terraza de la Plaza Mayor de Madrid, con unos bocadillos de calamares (no podía ser de otra manera tratándose de este enclave) de por medio. Juntar a los hermanos Moreno no resultó fácil: Emilio, que reside Barcelona, se encontraba en la capital de España con el tiempo justo, ya que iba a tocar en el Palacio Real al día siguiente con los instrumentos Stradivarius del cuarteto palatino; José Miguel reside en un pequeño pueblo de la sierra del Guadarrama que estaba confinado a causa de la Covid-19, por lo que hubo que expender un salvoconducto para que pudiera desplazarse a esta cita.

¿Qué supone el premio de GEMA a estas alturas de su trayectoria profesional?

José Miguel Moreno: Me hace mucha ilusión y llega en un momento apropiado, porque este tipo de premios nunca suelen concederse antes de los 60 años.

Emilio Moreno: Si los que lo conceden son los propios colegas, siempre se agradece más. Pienso que nos lo han concedido por lo que los dos podemos representar para la música española antes que por nuestra propia trayectoria. Como dice José Miguel, estos premios se dan a gente de una determinada edad, aunque… ¡nosotros tampoco somos tan mayores y creo que todavía nos quedan unos cuantos años de actividad por delante! Yo, por lo menos, me siento joven.

J.M.M: Es que es raro que haya profesionales de la música antigua en España —sobre todo, cantantes— que no hayan pasado por alguno de nuestros grupos. Así que supongo que nos tienen un cierto aprecio y que por eso se han acordado de nosotros al concedernos este premio. (…)

Aquellos primeros conciertos suyos fueron con la guitarra clásica.

J.M.M: Sí, y no pasó mucho tiempo hasta que empecé a ganar premios internacionales y a acompañar a cantantes importantes, como Teresa Berganza. Precisamente a Teresa le debo el haberme dedicado a la música antigua. Teníamos un concierto en el Théâtre des Champs-Elysées de París y ella enfermó, por lo que cancelamos el ensayo previsto, así que aproveché para dar un paseo con la que entonces era mi mujer por el Barrio Latino. Entonces, vimos colgada en el escaparate de una pequeña tienda una guitarrita antigua. Me habían dicho muchas veces que eso de los instrumentos antiguos no tenía ningún futuro, pero me picó la curiosidad y entré para ver si me dejaban probarla. Me pareció una maravilla y le dije al dueño de la tienda que quería comprar la guitarra. Pero lo cierto es que, como aún no había cumplido los veinte años, no tenía un duro. El hombre me pidió una barbaridad por la guitarra. Llamé a Emilio y a mi madre, pero ellos no podían dejarme tanto dinero en ese momento. Ni corto ni perezoso, le dije a Teresa que si me lo podía prestar ella, e inmediatamente me extendió un cheque, con el que fui rápidamente al lutier. Pero este me dijo que allí se pagaba al contado, que no admitía cheques… Le expliqué que quien lo firmaba era una cantante famosa y, en cuanto le dije el nombre, se emocionó y cerramos inmediatamente el trato. Me consta que el lutier no hizo efectivo el cheque hasta más de dos años después, porque para él debía de ser más importante poseer un cheque con la firma de Teresa Berganza que el dinero que figuraba en el cheque. Recuerdo que toqué ese concierto con una guitarra de diez cuerdas que había llevado a París —hermana de la de Narciso Yepes—, pero también con la guitarra antigua que acababa de comprar. Nada más acabar el concierto, Teresa me soltó: “Con la antigua, ya”. Me tiré tres años tocando con esa guitarra antigua cuando la acompañaba. Y me vino muy bien, porque, sinceramente, yo no me veía en el futuro tocando el Concierto de Aranjuez.

Usted empezó con el violín moderno, pero se pasó al barroco cuando eso de tocar instrumentos ‘originales’ se contemplaba como una extravagancia.

E.M.: Me aburría el violín moderno y decidí marchar a Basilea. Guiado por mi curiosidad, por ese entonces ya me había comprado los primeros discos de La Petite Bande y la integral de Leonhardt con los Conciertos para clave de Bach. También los discos del Quadro Amsterdam, formación que integraban Gustav Leonhardt, Frans Brüggen y Jaap Schroeder. Su forma de tocar me llamaba poderosamente la atención. Coincidió eso con que vino la hija de Schroeder, Laurence, a mi universidad para estudiar Lenguas Semíticas. Empezamos a tocar los dos en la Orquesta de Juventudes Musicales —porque ella también era violinista— y fue cuando me reveló quién era su padre. Me comentó que Jaap iba a empezar al año siguiente a dar clases en la Schola Cantorum Basiliensis, que por ese entonces tenía una tradición muy potente en música medieval y renacentista, pero no en barroca. Como yo había estudiado en un colegio alemán y dominaba el idioma, no dudé en irme a Basilea con Schroeder. Creo que fui su primer alumno allí.

¿Cuándo deja aquella guitarrita antigua para pasarse definitivamente al laúd y a la vihuela?

J.M.M: Tenía ya una visión clara de lo que quería hacer, que precisamente era tocar con estos instrumentos antiguos de cuerda pulsada. En aquel momento la figura que más destacaba era la de Eugen Dombois. Toqué una vez para él y me recomendó que fuera a estudiar a Basilea. No le hice caso y decidí seguir a mi bola, sin tener a nadie como profesor. No pasó mucho a tiempo hasta que me telefoneó Jordi Savall para ver si podía tocar la vihuela en un concierto con su grupo. Pero resultó que no era para un concierto, sino para grabar las Ensaladas de Flecha. E, inmediatamente después, vino una gira con Jordi. De esa manera comencé en la música antigua. (…)

 

(Extracto de la entrevista publicada en el nº 369 de Scherzo, de enero de 2021)