Elogio de la lentitud

La música discurría con la transparencia ambarina de la miel enmarcando los bordes de los atriles de una dulzura viscosa. Y una atmósfera gratamente pegajosa, acaso como la del cuerpecillo de un recién nacido, adecuando su talla a las oquedades del seno materno, se expandió por la sala.
Y, sin embargo, para el director esa música no era nada. Ni viento, ni metafísica. Sólo un fenómeno que se producía por sí mismo, en el que él se limitaba a empujar una pequeña bola por una pendiente para que esta tomase la forma que le estaba dada por naturaleza. Lo demás eran vanas pretensiones de creerse mejor que el compositor.
A pesar de ello, sus desconcertados admiradores trataron de detectar algún método en la fascinante sonoridad que extraía de la orquesta. Lo más sobresaliente por lo que se le distinguía era su lentitud. Cuanto más ligeros eran los allegri de los otros directores, más pesantes los remarcaba él, llegando a lograr versiones hasta veinte minutos más extensas. Muchos expertos, partitura en mano, trataban de comprender cómo lo hacía sin repetir pasaje alguno. Un día, en una rueda de prensa, respondió a esta cuestión, algo raro en él, con un ejemplo poético: “¿No decía Kavafis que Itaca no existe y el objetivo del viaje consiste en realidad en el camino hasta allá? La travesía más apasionante que haya realizado ser humano alguno fue la de Ulises, quien tardó diez años en llegar desde Troya”.
Se daba la circunstancia de que había sido invitado a dirigir la Filarmónica de Berlín, cuya titularidad le arrebatase Furtwängler 27 años atrás. La obra en programa era la Séptima de Bruckner y un crítico escribió: “Celibidache promete una versión de la sinfonía que dure diez años”. La broma fue celebrada en el mundillo musical y él no replicó a las invectivas, aunque esta vez su silencio resultó más sombrío de lo habitual.
Algo empezó a pasar, pero el público no acertaba a entenderlo. Era como si aquella sinfonía no sonase una única vez, sino multiplicada en los pliegues de su propio espacio sonoro hasta un millón de veces
Llegó el 9 de noviembre de 1979 y tomó la batuta frente a su añorada orquesta. Alzó los brazos y dejó que el tiempo fluyera a través de sus venas con la segura languidez de la lava. Y no era para menos, pues para él Bruckner era el Everest del mundo de las ideas sonoras. Una cumbre apacible cubierta por la nieve de la incomprensión de los otros, cuya auténtica condición él iba a descubrirles. Un volcán en cuyas entrañas palpitaban las calderas que animaban el movimiento del globo terráqueo. Algo empezó a pasar, pero el público no acertaba a entenderlo. Era como si aquella sinfonía no sonase una única vez, sino multiplicada en los pliegues de su propio espacio sonoro hasta un millón de veces, como la imagen inextinguible de dos espejos superpuestos. Era el Bruckner de Celibidache, pero podía haber sido el de Toscanini, el de Karajan, el de Böhm o incluso hasta el del propio Bruckner. Sencillamente, todos estos sonaban por debajo de la transparencia del suyo propio, sin interferirse, enriqueciendo la conclusión última que no era sino la de él.
De repente, cobró sentido la incógnita del misterio de su técnica. No hacía sonar su versión, sino todas las posibles en una sola. Algo parecido a los negativos de una ráfaga de fotografías extraídas de la misma imagen y apenas diferenciables entre sí. Es más, ahora comprendían que su presunta lentitud no era tal cosa, sino que el tiempo se comprimía, con la facilidad de una cartulina del tamaño de un campo de fútbol que fuera plegándose sobre sí misma hasta quedar reducida a las dimensiones de una tarjeta de visita. Más aún, este Bruckner sonó a los otros Bruckner posibles, a aquellos que serían abordados a lo largo de la historia por otros directores nacidos después de la muerte de él, y disfrutados por otros públicos.
Cuando acabó, los presentes tuvieron la sensación de que no sólo habían ascendido a la montaña sino de que, una vez en la cumbre, pudieron observar el mundo a sus pies para descubrir que no era sino una insignificancia y que su conocimiento les había convertido en más grandes, aunque ellos mismos siguieran siendo a su vez insignificantes. Hubo aplausos, pero Celibidache declinó salir a recibirlos.
Lo extraño comenzó cuando el público salió a la calle. No es que a todos les pareciera que era bastante tarde, sino que de repente se sintieron desfallecer, como si llevaran una eternidad sin probar bocado, ni estirar las piernas. Pero lo más llamativo fue el gentío que inundaba las calles en dirección al Tiegarten. No entendían a qué se debía aquello y se temieron lo peor. Pero la curiosidad pudo al miedo y al cansancio y acabaron sumándose a aquella masa humana hasta averiguar qué era lo que provocaba el fenómeno. Y de repente, los asistentes al concierto se encontraron de bruces con una realidad que no les hubiera correspondido vivir entonces: y es que el muro acababa de caer y los sufridos ciudadanos de Berlín Este, ojerosos y delgados, pero con una sonrisa de fría esperanza en sus rostros, estaban cruzando desde el otro lado. Y los noticieros no tardarían en hacer hincapié en la fecha que era para que nadie olvidase aquel día para la historia: 9 de noviembre… de 1989. ¶
Martín Llade


