El zodíaco de Roberto Gerhard

El zodíaco de Roberto Gerhard

Roberto Gerhard nació en Valls un 25 de septiembre de 1896. Su signo zodiacal era Libra, que es también el título de su penúltima composición (1968). Gerhard confesó en algún momento tener cierta debilidad por la astrología, al igual que su mujer Poldi, cuyo signo era Leo, título de la pieza que en 1969 cierra definitivamente el catálogo del compositor. También hay otra obra anterior de Gerhard inspirada en el zodiaco, Gemini (1966): en ausencia de datos para asignarla a una persona concreta, bien podría simbolizar la naturaleza dual de un músico cuyo temperamento siempre osciló entre los polos de lo mediterráneo y lo germánico.

Gerhard nació sí en Cataluña, pero era hijo de padre suizo y madre alsaciana. Su adolescencia transcurrió entre Suiza y Alemania, hasta que el regreso a Barcelona en 1915 le hizo reencontrarse con su faceta sureña. En la Ciudad Condal, estudió piano con Enrique Granados y Frank Marshall, y composición con Felipe Pedrell. Las clases con Pedrell fueron fundamentales para ampliar sus horizontes y dirigir su atención hacia las músicas del pasado y el folclore (español, y en especial catalán). Pero el espíritu alemán del compositor reclamaba un método, y este método lo encontró en Arnold Schoenberg. Gerhard fue el primer músico español en abrazar la dodecafonía, que estudió directamente con su creador en Viena y Berlín entre 1923 y 1928. La dodecafonía proporcionó a Gerhard una disciplina interior, una propicia confluencia entre ser y hacer, al mismo tiempo que le insertó en el contexto más innovador de la música europea de su época. Junto con Luigi Dallapiccola y Nikos Skalkottas, Gerhard forma parte de este selecto grupo de dodecafonistas “periféricos” que dotaron al sistema de un espíritu más sensual y mediterráneo.

En 1929, Gerhard regresó a Barcelona y tuvo una destacada implicación en la vida musical de la ciudad, no sólo como compositor sino también como articulista y pedagogo (entre sus alumnos está Joaquim Homs). Sus estrechos contactos con la Segunda Escuela de Viena propiciaron la estancia de Schoenberg en Barcelona entre 1931 y 1932 así como el estreno, en el Palau de la Música Catalana, del Concierto para violín de Alban Berg en 1936. También participó activamente en los acontecimientos políticos de aquellos años. Asesor musical del Gobierno de la Generalitat, la victoria de Franco le obligó –como a tantos otros– a emprender la vía del exilio. En 1940, se marchó a Inglaterra y se estableció en Cambridge, donde residió hasta su muerte, ocurrida un 5 de enero de 1970. Tal vez como consecuencia de la nostalgia inducida por la forzosa lejanía, sus obras de los años cuarenta son las que más contienen alusiones directas a motivos españoles: la ópera La Dueña, el ballet Don Quijote, la suite Alegrías, el Cancionero de Pedrell y la sinfonía Homenaje a Pedrell.

Lejos de asumir los procedimientos de la dodecafonía y del serialismo como paradigmas inamovibles, Gerhard los amoldó a su propia sensibilidad. Los años cincuenta fueron una década de búsqueda y experimentaciones, que le llevó a aproximarse a la música electroacústica (su Sinfonía nº 3 utiliza una cinta magnetofónica), emplear instrumentos atípicos (el acordeón en el Noneto) y utilizar técnicas instrumentales no convencionales. Los años sesenta coincidirían con la plena madurez del músico, que se manifiesta en el ámbito orquestal (Sinfonías nº 3 y 4, Epithalamion), en la cantata (La Peste, sobre texto de Camus) y en la música de cámara (Cuarteto de cuerda nº 2, Hymnody, Gemini, Libra, Leo).

Como todas las piezas del último Gerhard, Libra se compone de un único movimiento articulado en secciones contrastantes. La pieza puede entenderse como una libre representación de los rasgos caracteriales asociados al signo zodiacal, o mejor aún como un retrato sonoro del propio autor, si bien Gerhard matizaba: “no sé si alguno de mis rasgos de carácter aparecen reflejados en Libra. De ser así, supongo que habrá ocurrido de manera inconsciente.” Tanto en su peculiar mezcla tímbrica (que incluye la guitarra) como en su equilibrio entre rigor, vitalismo y expresividad, Libra sintetiza de manera inmejorable las dos almas del compositor. En los tres últimos minutos de la pieza, la melodía pseudopopular del flautín, combinada con el hipnótico balanceo del clarinete, el pedal del piano y los misteriosos glissandi ascendentes de los demás instrumentos, dibuja una mágica atmósfera: tal vez la firma musical de Gerhard.