BARCELONA / ‘Aida’ regresa vencedora también en el segundo reparto encabezado por Anna Pirozzi

Barcelona. Gran Teatre del Liceu. 27-IX-2026. Anna Pirozzi, Ivan Gyngazov, Ksenia Dudnikova, Ludovic Tézier, Giorgi Manoshvilli, George Andguladze, Moisés Marín, Núria Vilà. Orquesta Sinfónica y Coro del Gran Teatre del Liceu. Dirección escénica: Shrin Neshat. Dirección musical: Antonello Manacorda. Verdi: Aida.
Es una costumbre ya asentada que la inauguración oficial de temporada de ópera en el Liceu cuente con algunos nombres de mayor relumbrón en el firmamento lírico, si bien su acogida por un público que en la mayoría de los casos solo aparece de año en año cuando es invitado por razón de su cargo o por una especie de selección de agencias de representación entre celebridades locales, es simplemente cortés, porque no entiende o no entra en las interioridades del género lírico.
Todo lo contrario acostumbra a suceder en la siguiente función, ya abierta al público aficionado, pues el reparto reunido en esta segunda función de Aida contó también con intérpretes bien asentados en un repertorio que conocen y dominan, aunque dadas las numerosas funciones programadas del título más representado en la historia del Liceu, se puede hablar de hasta cuatro repartos.
Sin embargo, a diferencia de Anna Netrebko que estrenó la producción en el Festival de Salzburgo en 2017, la familiaridad de la otra Aida —Anna Pirozzi en este caso— con la propuesta de Shrin Neshat, artista visual iraní exiliada en Estados Unidos, era prácticamente nula y eso que nos hallamos ante el típico ejemplo de work in progress que se ha ido depurando tras su paso por París y en su llegada al Liceu. Esta transformación no quita relevancia a la evidente exposición de la violencia, de la opresión hacia los oprimidos o hacia la mujer que se da en cualquier régimen totalitario que es su base conceptual y que se ha comentado ampliamente en la crítica del primer reparto.
Las imágenes que se proyectaban en las paredes blancas de esa estructura cubicular, concebida por Christian Schmidt, que tanto recordaba al porexpan de una nevera playera, fomentaban la apertura de conciencia y espacios de reflexión que huyen de la ambientación tradicional de Aida. La monumentalidad de la segunda escena del segundo acto no hace olvidar en ningún momento que el drama atiende a las pasiones íntimas de unos personajes situados en unas relaciones de poder-sumisión que se han ido modificando en el resto de actos, tanto antes como después.
Neshat consigue conmover y comunicar siguiendo las coordenadas de su visión, pero fracasa en lo que respecta a la teatralidad de la ópera, basada en el canto, la música y la famosa parola scenica, pieza clave de la dramaturgia verdiana de madurez. Las aburridas y monótonas transiciones entre los actos cortaron completamente la continuidad del drama musical, pues si antaño las escenografías debían montarse y desmontarse en un tiempo récord con las pausas implícitas, fue el turno de pases de figuración que, visto el primero, vistos todos, con el acompañamiento de unos murmullos pregrabados.
Si a esto le añadimos una dirección actoral pobre, a cargo de Yvonne Gebauer, que obligaba a los solistas a deambular en ocasiones bastante erráticos y con algunos movimientos absurdos como en el inmenso espacio de la fatal pietra donde Radamés y Aida vagan sin casi tocarse hasta casi el final. El guiño inesperado al pasado vino de la mano de una gesticulación asociada al cine mudo. Todo eso llevaba a confiar en que la parte musical resultara vencedora mediante la alianza entre los solistas, el coro y la orquesta. Afortunadamente así fue.
Musicalmente, el director piamontés Antonello Manacorda obró en el foso el milagro de la extrema teatralidad buscando la tensión íntima, casi camerística, del drama sin concesiones efectistas y con una transparencia conmovedora en el sonido de las diferentes familias instrumentales. Su dirección atendió a las dinámicas naturales, nunca arbitrarias, donde la precisión no era imposición, sino resultado de una emocionante claridad discursiva. Los juegos de poder por los que transitan agitados y convulsos los sentimientos de los solistas quedaron bien expuestos, si bien en algún dúo como el de Radamés y Aida en el tercer acto hubo algo más de lentitud que puso en apuros al tenor. Sin apenas desajustes, las famosas trompetas sin pistones en el concertante del segundo acto, que tantos disgustos suelen dar, sonaron brillantísimas.
El coro del Liceu, dirigido por Pablo Assante, tuvo también una noche inspiradísima, sobre todo en el canto en pianísimo, logrando extasiar con un canto repleto de indicaciones pppp, sobre todo en el cuadro final del primer acto, con un espléndido empaste entre las voces masculinas y femeninas, algo extensible a las otras intervenciones en el segundo acto y en la escena del juicio a Radamés del cuarto.
El reparto tuvo su cima en el rol titular gracias a la soprano Anna Pirozzi, espléndida en fraseo, con esta italianità que cuesta encontrar en repartos tan internacionales, con distintas escuelas de canto y formas de abordar el sonido y la proyección de la voz. Homogénea en calidad, agudos bien colocados, sonoros y con una línea de canto bellísima brilló tanto en sus arias solistas como en sus dúos con Amneris en el segundo acto y con Amonasro y Radamés en el tercero y en el final de nuevo con Radamés. Se vio impulsada con el talento de la Amneris de Ksenia Dudnikova y con ese animal escénico que es Ludovic Tézier en el rol de Amonasro y a la vez fue ancla que dio estabilidad al tenor Igor Gyngazov. Esa combinación de potencia, control y entrega motivó que fuera la justa e incontestada triunfadora de la noche, pues Pirozzi es garantía de oficio, sensibilidad, belleza canora y genuino estilo verdiano, ya mostrado en sus recordadas actuaciones en La forza del destino y Un ballo in maschera de temporadas pasadas. Pirozzi a estas alturas de su carrera no tiene que demostrar nada en el repertorio verdiano, tan solo dejar fluir generosa ese talentoso don de su voz.
La Amneris de la rusa Ksenia Dudnikova, que ya apuntó maneras como Laura Adorno en La Gioconda de la temporada pasada, aquí pudo desplegar un instrumento de mezzosoprano dramática sin alardes, con una emisión muy natural, sin apenas resonancias de pecho, si bien el agudo fue breve, ya que debería ser emitido con mayor apoyo para estar a la altura de ese color sombrío y denso que refulge en centro y grave. Con un porte principesco altivo y atractivo, fue la más favorecida por el vestuario de Tatyana van Walsum, con elegantes túnicas monocolores que cambiaban en cada acto. En el dúo con Aida del segundo acto dio lo mejor de sí para no ir a remolque, compitiendo bien en empaste y réplicas. Aprovechó también su desesperada escena del cuarto acto, aunque en “Anatema su voi” el agudo fuera brevísimo, lejos de aquellas eximias mezzosopranos que alargaban la imprecación.
Ludovic Tézier cantó con ese supremo cuidado de la línea y el fraseo que le caracteriza, entendiéndosele todo y estando a la altura de míticos barítonos. Amonasro no le plantea excesivas dificultades, pues es un rol que se construye desde el matiz y el poderío de la palabra en su dúo con Aida del acto III. Sin embargo, cuando hay calidad en la voz, en la proyección y se interpreta, es un papel lucidísimo que aprovechó a conciencia.
El Radamés del tenor Ivan Gynzanov fue luminoso en el agudo con un brillo inusitado, pero su centro ya es mucho más mate y el grave muy exiguo, con lo que el heroísmo solo aparece superado el paso de registro. Ahí se despliega potente, pero su fraseo monótono y escasas dotes actorales lastraron un poco su rendimiento, si bien se esforzó en el morendo del final de “Celeste Aida” donde apianó a duras penas, aunque compensó con una emisión valiente bien culminada en sus otras intervenciones.
El Rey del bajo George Andguladze pecó de guturalidad y un apoyo algo inseguro en sus expuestas frases en el acto I y II, todo lo contrario del brillante Ramfis del debutante bajo georgiano Giorgi Manoshvilli, que lució homogeneidad, rotundidad y calidez en un rol que es de una pieza. Dado que atesora mucho talento y belleza canora en roles de agilidad, deseable sería verle en roles más lustrosos en el futuro.
La sacerdotisa de la soprano Núria Vilà fue bastante etérea, casi espectral, al principio para asentarse después en su breve cometido en la segunda escena del primer acto. El tenor Moisés Marín aprovechó su medio minuto de gloria como Mensajero y terminó su intervención con gran vehemencia, asomando la pata de la potencia que atesora si cantara roles de mayor extensión.
Anna Pirozzi y los demás solistas ofrecieron una función de elevadísimo nivel, con una grata labor de conjunto y mayor rodaje de la orquesta y del coro que confirmó el regreso triunfal de Aida al escenario del Liceu.
Josep Subirá
(fotos: Sergi Panizo)


