El veloz Beethoven

El veloz Beethoven

Es bien sabido y consabido que la música es un arte del tiempo, lo cual involucra ser un arte de la velocidad y la lentitud. Esto no sólo hace a la lectura y reproducción sonora de las partituras, sino que tiene su orilla filosófica. Hace mucho tiempo –valga la figura temporal– que Henri Bergson distinguió entre el tiempo mecánico de los relojes –la duration– y el tiempo subjetivo de la vivencia temporal: la durée. Cualquier melófilo es capaz de recordar esta doble experiencia. Esta música se me ha pasado sin darme cuenta y, en cambio, esta otra se ha hecho interminable. Ambas duraban cuarenta minutos mecánicos, pero con resultados vivenciales –y estéticos– dispares.

El asunto impregna toda la interpretación musical. No es el Beethoven lento, moroso y visionario de Furtwängler, el mismo que el brioso, racional y narrativo de Toscanini. Si acaso, hallarían una conciliación sintética en Bruno Walter. Bien, pero ¿no hay una ecuación objetiva –un algoritmo, como se impone decir ahora– que permita gestionar el paso de la página impresa a la página audible? ¿Habrá un Beethoven ‘científicamente’ correcto apenas le apliquemos algún truco mecánicamente objetivo?

Si pongo a Beethoven como ejemplo no es casual, sino que apunta a la cuestión de la metronomía beethoveniana. En efecto, los apuntes matemáticos del compositor respecto a sus sinfonías resultan a menudo incompatibles con el gusto de ciertos directores. Parecen excesivamente veloces, como si el genio de Bonn quisiera que sus obras duraran ‘menos’ de lo habitual. Traduzco: correcto, pues ¿hay algo más correcto que lo habitual?

Las respuestas son variadas. Se puede decir que Beethoven no quiso decir lo que aparentemente dijo al anotar sus velocidades metronómicas, sino que quien pasó a limpio su mala caligrafía o melografía se arrogó las facultades de un corrector o, simplemente, metió la pata. También se puede pensar que el metrónomo del maestro era cutre y se estropeaba fácilmente, lo cual lo hace incompatible con los actuales. O que, simplemente, fue siempre cutre y anduvo siempre mal. No es que anduviere equivocado, sino que tenía deformaciones natales. Y ¿si fuera al revés, y Beethoven hubiera querido correr más que sus sucesores?

Esta y otras cuestiones similares se plantean cuando intentamos tocar y escuchar hoy a Beethoven porque nos gusta, nos apasiona y nos somete a su genial conocimiento del mundo como sonoridad en el tiempo. Y quien no comparta estas expectativas que, por favor, no siga leyendo. Pretendo apuntar a la cuestión de qué entendemos por un Beethoven objetiva y finalmente correcto como, por ejemplo, el que se vale de dimensiones orquestales y referencias instrumentales de época, conforme la opción de Jordi Savall. Por mi modesta parte digo que no creo en tal cosa, sino en la objetividad dialéctica de Beethoven, es decir: que todos los Beethoven son válidos en tanto aceptemos que sus partituras, al ejecutarse, no tienen estrictamente objetividad. Desde luego, dan lugar a muchas diferencias, pero no a ‘cualquier diferencia’. En este matiz se inscribe la acción del auténtico ejecutante, aquel que, aunque sin coincidir con nuestro gusto subjetivo, con nuestra esquinada preferencia, sin embargo nos persuade de haber hecho la elección magistral con la mano óptima del maestro en su taller.