El Shostakovich total de Petrenko y los ‘berliner’

SHOSTAKOVICH:
Sinfonías 8, 9 y 10. Orquesta Filarmónica de Berlín. Director: Kirill Petrenko BPHR (2 CD + 1 Blu-ray Disc)
En Shostakovich la relación entre creación y contexto adquiere características únicas en la música del siglo XX. Hasta el punto de que no hay manera de librarlo —quizá porque sea imposible— del peso de la Historia y de su historia. Hay artistas, escritores o músicos que se echan en manos de aquella y otros que prefieren ensimismarse. Shostakovich, por fuerza unas veces, de grado otras, hizo las dos cosas y quien lo escucha o lo interpreta debe saberlo y acotar razonablemente cada aspecto de esa dialéctica.
Ello, naturalmente, sucede en los discos como legado primero y como desarrollo textual después. Los, por así decir, pioneros, contemporáneos del autor, nos ofrecían lecturas del ciclo sinfónico completo plenamente enraizadas en su realidad, intensas, ilustradoras, en las que la ironía y el miedo avanzaban entre el valor intrínseco de las partituras. Y ahí dictó lección Gennadi Rozhdestvenski. Poco después, Bernard Haitink apostaba por una vía no fría pero sí más centrada en lo estrictamente musical, más objetiva si cabe aquí la palabra. La del ruso es una posibilidad que, por mera ley de vida, tendiera a diluirse —en ese sentido el canto del cisne llegaría con la grabación de la integral por Barshai para la WDR entre 1994 y 2000— pero a la que salvará por siempre el corpus fonográfico en que se sostiene su memoria. La del holandés iría fructificando en aportaciones tan inteligentemente equilibradas como las de Mark Wigglesworth y Michael Sanderling, este, por cierto, un dignísimo heredero de la muy centrada concepción de su padre.
Con esta grabación de Kirill Petrenko —técnicamente soberbia, en alta resolución, y que incluye, además, un blu-ray con los conciertos correspondientes y una entrevista con el director— nos encontramos en la confluencia de lo mejor de cada tendencia sin eliminar ninguna de las características de una u otra. Hay, pues, relato, pero a través de una forma narrativa que llega de la que es una de las características fundamentales del maestro de Omsk: su portentosa técnica de batuta o, lo que es lo mismo, lo bien que conoce cómo se dirige una orquesta, cómo se consigue que se escuche todo, que cada línea ocupe su lugar, que el contrapunto alcance todo su sentido.
Y en este caso, qué orquesta. Grabadas Octava en noviembre de 2020, Novena en octubre del mismo año y Décima en octubre de 2021, la Filarmónica de Berlín aparece, al mando de su titular efectivo desde 2019, como la extraordinaria formación que es y ha sido siempre. No se puede tocar mejor —es verdad que la Sinfónica de Boston está con Andris Nelsons a enorme altura pero no siempre el letón acierta en el modo de abordar esta música—, con una mayor claridad sonora, con una transparencia que me hizo pensar al escuchar el disco en una frase que una vez escribió un crítico estadounidense acerca de algo tan distinto a lo que nos ocupa como la ligada de un cigarro puro: “el exceso de nitidez puede resultar agotador”. Por fortuna no se llega a eso porque esa nitidez está puesta al servicio de la expresión exacta, del equilibrio justo, es decir de lo que verdaderamente importaba a Shostakovich como creador: no la ilustración sonora de un acontecimiento sino la música misma como acontecimiento perdurable.
El ejemplo de lo dicho llega desde el principio con el modo de negociar el Adagio- Allegro non troppo de una Octava ejemplarmente construida como una pieza sólida y bellamente armada y, dentro de él, ese momento decisivo en el que las cuerdas quedan solas a mitad en una de las frases más dramáticas de la integral sinfónica del autor, después de una marcha supuestamente triunfal y esas fanfarrias que en nada parecía fueran a desembocar ahí (17:02). A continuación, las maderas desplegarán una exhibición que será constante en cada una de sus intervenciones a lo largo de las tres sinfonías, con punto álgido en esa Novena más complicada de lo que parece porque iba a haber sido una cosa y fue otra, y por ello exige pleno conocimiento del medio.
Petrenko se mueve aquí, en el terreno de lo que no puede ser paródico sino ejemplar, con plena soltura. Entiende perfectamente lo que hay no tan detrás de un primer movimiento con tintes de acelerada barcarola suavemente macabra o de disimulado galop —y se trataba de festejar la victoria—, ambos hijos de la buena disposición de Shostakovich para esas músicas de espectáculo menor que tan bien nos mostrara hace unos meses Andrew Litton en su disco sobre la “sección ballets y variedades” del autor. Pero ahí está también el juego de guiños del Presto y la hondura no menos inmediata de ese Largo en el que el fagot cuenta todo lo que sabe y calla lo que sabe también. A ningún amante de esta música hay que recordarle el carácter de la Décima, lo que tiene de respuesta íntima a los difíciles momentos en que se le tacha a su autor de formalista y cosmopolita, su apelación, de un lado, al Boris Godunov de Musorgski —el ejemplo— y de otro a su propio anagrama musical —la afirmación frente a Stalin y, lo más importante de todo, frente a sí mismo.
El horror vivido en la Octava, que es una sinfonía de guerra, el valor de afrontar una obra de celebración —la Novena— desengrasándola por completo y el enfrentamiento entre el artista, su circunstancia y su monstruo personal y universal —con balance optimista y triunfal para Shostakovich según el maestro, aunque luego vendrán otros fantasmas—, quedan muy claros en estas versiones. Petrenko, con la colaboración de una orquesta pletórica, consigue que todo esté ahí, que la circunstancia abra la puerta y se deje ver sin velar en ningún momento la voluntad de un creador que sabe que es precisamente su obra lo que habrá de perdurar y que para eso lucha. Un álbum excepcional y, en cierta manera, histórico. Un verdadero hito.
Luis Suñén
(En este enlace podrá encontrar una entrevista con Kirill Petrenko en torno a estas grabaciones)


