El retorno de Orfeo

El retorno de Orfeo

La insistencia con que numerosos compositores han vuelto a asomarse al mito de Orfeo durante siglos apunta a su carácter indispensable en la historia de la música. Como todos los mitos resulta inagotable. Son el cuento de algo que nunca existió en nuestro devenir concreto y, justamente por ello, resultan capaces de concretarse en cada rato del tiempo. Ramón Andrés en Filosofía y consuelo de la música, libro sabio como todos los suyos, hace una cumplida reseña de sus orígenes. A la dispersa y escasamente documentada religión órfica le halla decisivas similitudes con las prácticas catárticas e iniciáticas de los chamanes en otros contextos culturales, aparentemente alejados del mundo griego.

En efecto, Orfeo parece un chamán. Es capaz de descender a las oscuridades infernales y rescatar a las almas desdichadas, purificarlas y devolverlas a la luz de la convivencia. Siempre actúa cantando. La música es un elemento esencial de su práctica salvadoras, como es esencial sumergirse en lo oscuro para alcanzar lo luminoso. Aunque hoy no sabemos, a ciencia cierta, cómo eran los cánticos de los dispersos sacerdotes órficos, es legítimo admitir que revivan en las músicas de todas las épocas. Aún cuando él es decapitado, sobre las aguas su cabeza sigue cantando. ¿Qué canta este insistente vencedor del silencio de la muerte?

En las páginas del Pseudo Plutarco se dice que “Orfeo no imita a nadie”. Podemos pensar que su canto carece de referencias. Las crea. Y ésta es una de las calidades fundamentales de toda música. Tras bajar a la tiniebla subterránea, emerge emitiendo signos puros, signos autofundados que se han desprendido, lavado, de toda adherencia anecdótica. Son signos absolutos. Si bien su composición puede leerse con apoyos matemáticos aportados por la razón, su decurso se basta a sí mismo al formularse en clave sonora. De ahí su encanto misterioso, la seducción inmediata que todo lo permea sin proponer explicaciones por más que se someta al estudio de la morfología, la historia de la música y los diversos sistemas armónicos que ha ido inventando el ingenio humano. Traspasa la fabricación de instrumentos y las técnicas de interpretación instrumental y vocal. Se formula pero no agota sus fórmulas, sino que exuda un plus órfico que hace a quien las vierte y a quien las recibe un productor de vivencias, distintas, incontables pero ineludibles. En nosotros, los que podemos convertir un pentagrama en un objeto vibrátil y temporal, o simplemente entregarnos a su enigmático mensaje, Orfeo retorna.

No hace falta iniciarse en ninguna religión peculiar aún cuando todas ellas se valen de la música. Acaso tenga una perdurable espiritualidad propia. Tormentosa como lo son las entrañas volcánicas del Hades, apacible como una clara mañana en los Campos Elíseos. En las manos que empuñan la lira, en los labios que dejan expedirse a las voces. En el inmarcesible canto de Orfeo. Nos depuran tras el inevitable descenso al abismo. Sobre las aguas que nos conducen a las doradas orillas de la plenitud.