El Musikfest Bremen: variedad y calidad

Es una hermosa tradición del Musikfest de Bremen el extender su programación a distintas localidades en los alrededores de la ciudad hanseática. El pasado 30 de agosto, el pintoresco Oldenburgisches Staatstheater acogió una representación semiescenificada de L’isola disabitata, de Joseph Haydn. Estrenada en Esterházy en 1779, esta azione teatrale sobre libreto de Metastasio narra la historia de dos hermanas, Costanza y Silvia, que han quedado varadas en una isla desierta. Años después aparecen Gernando, esposo de Costanza, y su amigo Enrico, lo que da pie a malentendidos y confusiones sentimentales hasta desembocar finalmente en un doble final feliz.
Zephyr Brüggen imprimió vivacidad a la acción escénica al frente de la Orchestra of the Eighteenth Century, situada en esta ocasión al fondo del escenario, detrás de los cantantes. En cuanto a la escena, un telón con un paisaje fluvial a la manera de Turner contribuía a crear la atmósfera adecuada. Por desgracia, solo Costanza aparecía vestida de acuerdo con su situación: una desgarrada crinolina daba cuenta de su naufragio. Los demás personajes lucían ropa deportiva, una elección que restaba considerable atractivo visual al espectáculo.

Los cuatro jóvenes cantantes se entregaron con entusiasmo, encabezados por la soprano Hannah Gries como Costanza, que exhibió una voz de lírica belleza. Sharon Tadmor ofreció como Silvia el oportuno contraste con su dulce timbre de soubrette. Peter O’Reilly -tenor de color baritonal- encarnó a un juvenil Gernando, mientras que Michal Karski completó el reparto como Enrico con su voz de bajo-barítono sonoramente rotunda, si bien algo cavernosa. Aunque habría sido deseable una propuesta escénica más atractiva, la representación resultó grata por el ímpetu juvenil de sus intérpretes, estimulados por el director de escena estadounidense Benjamin Perry Wenzelberg para dar lo mejor de sí mismos.
La sala Die Glocke, una de las joyas arquitectónicas de Bremen, acogió una serie de conciertos protagonizados por destacados solistas vocales. En la Gala Verdi del 26 de agosto estaba prevista la participación de la soprano estadounidense Nicole Chevalier, quien tuvo sin embargo que cancelar su actuación. Fue una suerte que pudiera contarse a última hora con la soprano alemana Hulkar Sabirova, que asumió casi todo el programa previsto.

Abrió su intervención con la popular aria «Pace» de Leonora, de La forza del destino, que resonó con luminosidad y una imponente capacidad de proyección. Con la siciliana de Elena, «Mercè, dilette amiche», de I vespri siciliani, evocó su celebrada interpretación de este personaje en la Deutsche Oper de Berlín, compañía de la que formó parte durante varios años. Resolvió sin esfuerzo la exigente ornamentación, con sus guirnaldas de coloraturas y trinos, antes de afrontar el virtuoso despliegue de la cavatina de entrada de Leonora, «Tacea la notte placida / Di tale amor», de Il trovatore. Entre ambas llegó uno de los momentos culminantes del programa con la gran aria de Elisabetta, «Tu che le vanità», de Don Carlo, en una interpretación teñida de tristeza y anhelo.
Para terminar, Sabirova afrontó con asombrosa seguridad y gran arrojo la temible escena de Abigaille de Nabucco. La soprano imprimió al recitativo una intensidad ardiente, para después establecer un eficaz contraste con la elegíaca cavatina «Anch’io dischiuso», brillando por fin en la cabaletta «Salgo già», con fulgurantes saltos entre registros y vertiginosas coloraturas. Que después de todo ello regalara al público, que la ovacionaba entusiasmado, la última aria de Violetta, «Addio del passato», de La traviata, interpretada con conmovedora melancolía, dio una impresionante medida de su amplitud expresiva.
La Filarmónica de Bremen, dirigida por Marko Letonja, acompañó a la cantante con sensibilidad e inspiración. La orquesta tuvo además ocasión de lucirse en las populares oberturas de La forza del destino e I vespri siciliani y de desplegar, en la menos habitual música de ballet de la versión francesa de Don Carlos, tanto una sugerente riqueza de colores de resonancias impresionistas como una majestuosa pompa.

Una verdadera rareza en las salas de concierto es el poema sinfónico Fontane di Roma, de Ottorino Respighi. Estructurado en cuatro movimientos, el compositor retrata distintas fuentes romanas a diferentes horas del día, desde el amanecer hasta la puesta de sol. la orquesta de Bremen desplegó atmósferas de gran encanto y una rica paleta tímbrica, confirmando así su reputación como formación de primer nivel.
La noche siguiente, la del 27 de agosto, la soprano rusa Julia Lezhneva volvió a hacer honor a su reputación como una de las principales intérpretes internacionales del repertorio de música antigua. El programa, titulado Barockes Feuerwerk («Fuegos artificiales barrocos»), estaba dedicado Joseph Haydn y Antonio Vivaldi, compositor este último que ocupa un lugar central en la trayectoria artística de la cantante.
«Agitata da due venti», de La Griselda, es una de sus piezas emblemáticas y suele reservarla como propina, pero en esta ocasión sirvió para abrir el concierto con una perfección técnica extrema y una vehemencia expresiva no menos extraordinaria. El virtuosismo de Lezhneva en la ornamentación solo puede calificarse de prodigioso, algo que volvió a ponerse de manifiesto en las coloraturas encadenadas de «Siam navi all’onde algenti», de L’Olimpiade.

Entre estas páginas más impetuosas se escucharon lamentos y arias de carácter más lírico, como el delicado «Vedrò con mio diletto» de Anastasio, de Il Giustino, o el fervoroso lamento de Irene, «Sposa son disprezzata», de Bajazet, con sus acordes entrecortados. Esta última interpretación dejó patente cuánto ha ganado la voz de Lezhneva tanto en volumen como en madurez expresiva.
Entre las intervenciones vocales, Il Giardino Armonico, dirigido por su cofundador Giovanni Antonini, interpretó varios conciertos de Vivaldi que enriquecieron el programa con su alternancia entre un pulso firme y un melodismo más reposado.
Tras el descanso, la cantata Arianna a Naxos de Haydn, formada por dos recitativos y dos arias, pudo entenderse como una muestra del magno proyecto Haydn 2032 impulsado por Antonini con vistas al tricentenario del nacimiento del compositor. Lezhneva dio forma al dolor y la tristeza de Ariadna, pero también a su desesperación y su ira, con una intensidad casi existencial, hasta rozar el delirio y hacer que la voz pareciera fulminarse. El entusiasmado público celebró después su regreso al virtuosismo con la tempestuosa aria de Vagaus, «Armatae face et anguibus», del oratorio Juditha triumphans de Vivaldi, espectacular colofón de una velada excepcional.
Otra figura muy reconocida de la escena barroca es el contratenor Jakub Józef Orliński, que el 29 de agosto presentó el programa de su disco Beyond. Lo integran principalmente arias, canciones, cantatas y conciertos del primer Barroco de carácter melancólico, dolorido y lacrimoso. Esta selección se adapta de manera ideal al timbre suave, nasal y quejumbroso del cantante polaco, aunque entraña también cierto riesgo de monotonía. Figuran en ella varios compositores poco conocidos, entre ellos Johann Caspar Kerll, Carlo Pallavicino, Giovanni Cesare Netti y Adam Jarzębski. En las páginas instrumentales, los músicos de Il Pomo d’Oro pusieron una vez más de manifiesto su exquisita calidad interpretativa y su ya probada compenetración con el cantante.

Dos escenas de Ottone de L’incoronazione di Poppea, de Monteverdi, abrieron un programa sin descanso cuyos distintos números se sucedían sin solución de continuidad. Vestido con una capa negra adornada con aplicaciones doradas, Orliński adoptó desde el primer momento una marcada actitud teatral sobre la oscura escena y recordó repetidamente, con sus movimientos corporales, su conocida faceta de breakdancer. En L’Adamiro, de Netti, llegó incluso a travestirse para interpretar a una anciana que añora su juventud perdida.
Tanto el programa como, sobre todo, su presentación escénica insólitamente dinámica, fueron recibidos por el público con sonoros aplausos. Orliński correspondió con varias propinas y llegó incluso a animar a los espectadores a cantar con él.
Bernd Hoppe


