El miedo a la cultura

Cuando se escribe este editorial el mundo está con el corazón en un puño contemplando lo que sucede en Oriente Próximo tras el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán. Naturalmente, no vamos a analizar lo pertinente del casus belli esgrimido, pero sí da que pensar cómo todo lo que emprende la administración estadounidense tiende a la eliminación de aquello que una idea autoritaria de la política considera como perjudicial para sus intereses, y la cultura entre ello, pues es la primera en poner de manifiesto contradicciones e ignorancias en su visión de la realidad y su interpretación de la historia.
Un reduccionismo que se enfrenta directamente al papel del talento y del genio de un país que ha sido paradigma de la modernidad en la literatura, el arte, o la música, terrenos todos en los que su influencia ha sido simplemente incomparable con ninguna otra, hasta el punto de, por ejemplo, a través del cine, convertirse en una suerte de reflejo, bien que desenfocado unas veces o demasiado autorreferencial otras, para quienes no acaban de materializar sus ilusiones en la vida diaria.
Nada más tomar posesión de su nuevo mandato como presidente, Donald Trump puso el ojo en el Kennedy Center de Washington, el centro cultural más importante del país —reúne la música sinfónica, el teatro, la ópera y un puñado de actividades alternativas—como la quintaesencia de aquello que era necesario primero controlar y luego remover. Comenzando como escarmiento por un inmotivado cambio de nombre, anteponiendo el suyo propio al del presidente asesinado —aquel, por cierto, que recibía en la Casa Blanca a artistas e intelectuales— y terminando por el cierre del complejo que ha supuesto el exilio —o la expulsión disfrazada de tal— de la mismísima Ópera Nacional. En nuestro editorial de junio de 2025 ya avisábamos de lo que se avecinaba y lamentablemente el tiempo ha confirmado aquellos pronósticos.
Si ya en aquel editorial nos llamaba la atención la actitud del director titular de la Orquesta Sinfónica Nacional, con sede en el hoy renombrado edificio, Gianandrea Noseda, que consideraba la situación “dramática, aunque no peligrosa”, hoy su declaración de entonces parece algo ingenua. En una entrevista en SCHERZO de febrero de este año, el maestro italiano apelaba a eso que hemos escuchado antes tantas veces en situaciones parecidas de que “más allá de estar de acuerdo o no con ciertas decisiones, la orquesta es más importante y el arte está por encima de las divisiones políticas”. Evidentemente, para algunos, como el propio presidente Trump, no lo está.
Muchos abonados de la propia orquesta —el 50%— han optado por darse de baja ante lo que consideran una injerencia no ya política sino ideológica. Y recordemos que algo de eso sabe Noseda, experto en Shostakovich. No deja de ser decepcionante, aunque el miedo sea libre, que el titular de una orquesta en dificultades no asuma un papel más arriesgado, por mucho que el rival sea un experto en malas artes. Ahí está, por el contrario, Philip Glass, que comunicaba el 27 de enero su decisión de retirar el estreno de su Sinfonía n. 15, que conmemora el decimoquinto aniversario del centro y los doscientos cincuenta años de la independencia de Estados Unidos, “dado que los valores del KC hoy están en conflicto directo con los de mi sinfonía”.
Pensarán algunos de nuestros lectores que en qué medida pueden importarnos unas decisiones tomadas al otro lado del océano por alguien que no destaca precisamente por su amor a la cultura. El problema, y lo vemos en estos días con ejemplos dramáticos, es la tendencia a la emulación de aquellas por parte de políticas autoritarias ejercidas desde lo que podríamos llamar un creciente iletrismo por parte de sus artífices. En España hemos asistido ya a la supresión de organismos y proyectos por mor de su inicio y desarrollo durante gobiernos centrales y autonómicos de corte progresista y, por ello, susceptibles de oficio de ser borrados del mapa. Y es que eso que conocemos como cultura y que sirve como base imprescindible en la definición de los valores de la democracia, puede ser para determinadas mentalidades gravemente peligroso.
Trump es el ejemplo en una sociedad que exige la implicación privada para la supervivencia de multitud de instituciones culturales. En Europa es lo público lo que las sostiene y es a las administraciones a las que cabe exigir en primera instancia por esa misma supervivencia. Hemos visto a un torero gestionar esa implicación en un gobierno autonómico con resultados desastrosos. Hay cosas que parecen imposibles pero están a la vuelta de la esquina. ¶


