El ‘metarrecital’ de Sokolov

El ‘metarrecital’ de Sokolov

Ayer, 20 de junio, volvió a suceder en el Auditorio de Zaragoza. El público que asiste a un recital de Grigori Sokolov ya sabe a lo que se expone. Y no me refiero a su habitual escenografía y ritual. Esa iluminación casi tenebrista que favorece la concentración o su bien conocida coreografía, pomposa y aristocrática, para sentarse frente al piano. Hablo de la tercera parte nunca programada y siempre prevista en todas sus actuaciones. El metarrecital del pianista ruso. Las seis propinas que ofrece al final. Ese número áureo que proporciona, idealmente, en todos sus conciertos.

Sokolov ya no concede entrevistas pero dice muchas cosas en esos metarrecitales. Habla de lo más personal e íntimo. Eso que nunca se puede reducir a la vulgaridad de las palabras. Unas veces predomina un compositor, otras se plantea como un diálogo entre épocas, hay un cierto equilibrio de contrastes, casi siempre aparece alguna obra rusa, pero nunca sabes lo que vas a escuchar. Para el público es un alarde de generosidad y para el crítico un reto maravilloso, pues Sokolov nunca anuncia nada. Pero siempre sucede algo especial. Anoche en Zaragoza, tras un programa bien trabado, que combinaba los extremos del catálogo pianístico de Beethoven y el Brahms más tardío, llegaron las seis propinas de rigor.

Ya escribí en el diario El País sobre este mismo programa, en febrero pasado, desde Baluarte. El recital en Zaragoza fue grabado por los técnicos de Deutsche Grammophon y contó con algunas novedades reseñables frente a lo escuchado en Pamplona. Por ejemplo, la Sonata opus 2 núm. 3, de Beethoven, sonó más introvertida y concentrada, y las Once bagatelas op. 119 fueron esta vez un prodigio narrativo, una asombrosa sucesión de microrrelatos. En Brahms volvió a impresionar la redondez de su sonido, la precisión dinámica y esa exquisitez en el rubato. Y, al igual que en la primera parte, no hubo ninguna cesura entre las Seis piezas para piano op. 118 y las Cuatro piezas op. 119. Diez capítulos de una misma novela, pero dentro de una narración perfectamente guionizada y con final abierto.

Sokolov reservó el desenlace para las propinas. Abrió con el Impromptu en la bemol mayor op. 142 núm. 2, un decadente minueto que sonó convertido en un monumento a la nostalgia. Lo confirmó en el trío central, en mi bemol menor, que reveló especialmente convulso y febril en las modulaciones. Siguió con Los salvajes, de las Nouvelles suites de pièces, de Rameau, con su habitual despliegue de trinos metafísicos. Para la tercera propina se esperaba quizá algo de Chopin, pero el pianista ruso insistió en Brahms. Abordó con inusitada fluidez el inicio del Intermezzo op. 117 núm. 2, con esos arpegios entrelazados en si bemol menor donde no sabemos si escuchamos una melodía o su reflejo. Fue lo mejor de la noche. El pianista ruso subrayó, a continuación, el modo mayor en la segunda sección de la pieza. Lo hizo para oponer todavía más la siguiente, donde escuchamos la misma melancólica elegancia del comienzo, pero ahora deformada por un llanto inesperado. Se puede llorar con las teclas de un piano.

Para la cuarta propina regresamos a Rameau. Y el rococó francés de La llamada de los pájaros de su Deuxième recueil de pièces de clavecin fue otro contraste ideal. Faltaba el elemento ruso, que normalmente suele representar Griboyédov o Skriabin, pero que, en esta ocasión, reservó para Serguéi Rajmáninov y su Preludio en sol bemol menor op. 32 núm. 12. Una pieza fresca e hipnótica que, una vez más, Sokolov tensó y convirtió en una declaración de añoranza. El desenlace final se otorgó a Debussy, tal como sucedió en Pamplona, y escuchamos los 36 compases de frío y desolación del preludio titulado Pasos sobre la nieve, del primer libro. Fue otro final inolvidable con ese arpegio, en morendo, que concluye en un acorde de re menor abierto y desconcertante en pianississimo. Sokolov lo coloreó de forma admirable. Y lo vimos desaparecer entre la bruma de los aplausos.