El jardín de senderos que se bifurcan de William Christie

El espía chino Yu Tsun, a las órdenes del servicio de inteligencia alemán y perseguido por los ingleses durante la Primera Guerra Mundial, necesita hallar un modo de transmitir a sus superiores en Berlín el nombre de la ciudad francesa que deben bombardear. La solución lo conduce hasta Stephen Albert, un sinólogo cuyo apellido coincide fatalmente con el nombre de esa ciudad y que ha dedicado largos años a estudiar la obra de Ts’ui Pen, antepasado del propio espía Yu Tsun. Ts’ui Pen había consagrado su vida a dos empresas aparentemente distintas: escribir una novela interminable y construir un laberinto infinito en forma de jardín en el que pudieran perderse todos los hombres. Para sorpresa de Yu Tsun, Albert ha comprendido que novela y laberinto son una misma cosa y que sus senderos no se bifurcan en el espacio, sino en el tiempo: tiempos divergentes, convergentes, paralelos y oblicuos en los que todas las posibilidades pueden llegar a cumplirse.
Ignoro si William Christie conoce el célebre relato de Borges El jardín de senderos que se bifurcan -escrito en 1941, tres años antes de que naciera en Buffalo el gran director y teclista norteamericano- ni tampoco si ha leído el Otro poema de los dones del escritor argentino, cuyo último verso dice: Por la música, misteriosa forma del tiempo. Pero durante una semana de agosto, los jardines que Christie creó en Thiré -una pequeña localidad de la Vendée, en el oeste de Francia- parecen retomar esa idea borgiana. Los jardines de Christie, en efecto, se bifurcan. Lo hacen naturalmente todos los días del año: un sendero conduce al Miroir d’eau, otro al pequeño Puente Chino; más allá quedan el Jardín Rojo, el Théâtre de Verdure, el Pigeonnier o los bosques. Pero durante el festival Dans les jardins de William Christie cada bifurcación encierra otra posibilidad: al final de un camino, durante las Promenades musicales, nos espera, o puede esperarnos, una música cuyo origen todavía no se ve. Detrás de unos árboles, junto al Puente Chino, el violonchelo barroco de Cyril Poulet desgrana la Segunda suite de Johann Sebastian Bach; un par de bifurcaciones más adelante, la soprano Sarah Fleiss canta a Purcell acompañada al laúd por Thomas Dunford y al clave por Marie Van Rhijn; algo más lejos, junto al Muro de los Cíclopes, jóvenes músicos de la Juilliard School entrelazan violín, traverso, oboe y fagot en músicas de Rosenmüller y Heinichen. Elegir significa también renunciar: mientras uno escucha una música, otras suceden simultáneamente en rincones que no ha escogido. Cada visitante acaba componiendo así un festival diferente.

Cuando William Christie llegó a Thiré en 1985, le Bâtiment, un antiguo logis vendéano del siglo XVII, tenía apenas dos espacios habitables; la actual biblioteca servía de henil, el gran salón de perrera y la Galería Roja de establo. Alrededor se extendían cuatro hectáreas de una antigua explotación agrícola sin jardín alguno. Cuarenta años después, la casa ha recuperado una magnificencia que evita cuidadosamente cualquier apariencia de reconstrucción, mientras que el terreno, ampliado hasta las doce hectáreas, constituye una de las creaciones más personales de Christie. El jardín -los jardines, para ser más exactos- combinan referencias francesas e italianas de los siglos XVII y XVIII moldeadas por la imaginación y la fantasía de su propietario. Todo está concebido en términos de perspectivas, contrastes, simetrías, sorpresas y puntos de fuga. También de música. Christie ha contado muchas veces que mientras diseñaba algunos de estos espacios imaginaba ya qué podía sonar en ellos. Cuando en 2012 nació Dans les jardins de William Christie, el festival parecía menos un acontecimiento añadido al lugar que la consecuencia de algo que llevaba casi tres décadas fraguándose.
La cita ha alcanzado este año su decimoquinta edición convertida en uno de los acontecimientos más singulares del calendario barroco europeo. Varios miles de personas pasan cada año por Thiré y el programa reúne durante una semana un buen número de conciertos, promenades musicales, talleres, encuentros y actividades, con William Christie y Paul Agnew al frente de una nutrida familia artística en la que conviven los músicos de Les Arts Florissants, los Arts Flo Juniors, antiguos laureados del Jardin des Voix y estudiantes de la Julliard School. La transmisión, uno de los conceptos que han definido desde siempre la actividad de Christie, adquiere en Thiré una dimensión especialmente tangible: músicos consagrados comparten espacios, repertorios y escenarios con intérpretes que apenas comienzan su trayectoria profesional. Y todos ellos se prodigan por el recinto como presencias fugaces, borrando la frontera habitual entre escenario y público. Se escucha sentado sobre la hierba, apoyado en un árbol o sencillamente de pie, con el viento, los pájaros y los sonidos del jardín incorporados inevitablemente a la experiencia. El programa propone; el jardín dispone. Y el azar -una melodía que llega desde lejos, un sendero que parecía más atractivo que otro, la decisión de permanecer cinco minutos más junto a un intérprete- acaba completando la programación.

Aunque no solo el azar. La naturaleza, tan esencial para la identidad de Thiré, recordó este año que también ella interviene en la partitura. La pertinaz sequía y las elevadas temperaturas de un verano especialmente riguroso en Francia (y en toda Europa) habían mermado parte del exuberante verdor que suele caracterizar los jardines. En la última jornada, sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario. La lluvia cayó sin tregua durante el sábado 29 de agosto y obligó a trasladar la segunda función del espectáculo Purcell in the pub, prevista en el Miroir d’Eau – el gran estanque rectangular que prolonga el eje de los jardines de Christie y refleja, como un espejo, el cielo y la vegetación circundante – a La Longère de Beaupuy, en Mouilleron-le-Captif, a unos cincuenta kilómetros de Thiré. El festival perdió así su habitual imagen de clausura ante el gran espejo de agua, probablemente el espacio en el que música, arquitectura vegetal y paisaje alcanzan su integración más espectacular. Hasta en un jardín tan minuciosamente pensado existe un sendero que nadie había previsto.

Concebido escénica y musicalmente por el tenor Paul Agnew, codirector de Les Arts Florissants, Purcell in the pub reúne canciones, catches (breves cánones vocales de carácter jocoso y tabernario) y músicas teatrales de Henry Purcell en torno a una desenfadada recreación del pub británico. La idea, sencilla pero eficaz, describe con gracia y buen pulso teatral ese microcosmos social en el que la bebida alimenta por igual la camaradería, la euforia y el desahogo de las penas amorosas o las estrecheces cotidianas. Pero el juego escénico nunca relega la música a un segundo plano: Agnew y unos Arts Florissants en formación reducida preservaron la extraordinaria variedad de registros de Purcell, capaz de transitar en unos pocos compases de la melancolía a la desinhibición y hasta la abierta procacidad de algunos catches. El cuarteto vocal, integrado por la mezzo Georgia Burashko, el tenor Bastien Rimondi, el bajo Streten Manojlovic —tres laureados del Jardin des Voix, la academia para jóvenes cantantes de Les Arts Florissants— y el propio Agnew, secundados por los bailarines Raphaël Ludon y Anahi Passi (responsable de la coreografía), se entregó con el máximo desparpajo a una puesta en escena en la que también participaban los instrumentistas y que explotaba con gracia toda la gestualidad asociada al pub británico: camaradería, requiebros, pendencias, tambaleos y esa euforia alcohólica que acaba convirtiendo al parroquiano en cantante, bailarín o filósofo de madrugada. El resultado tenía algo deliberadamente grotesco y entrañable, una pequeña galería de bebedores tan ridículos como reconocibles. No resultaba difícil imaginar al propio Purcell formando parte de ella. De hecho, en las notas al programa, Paul Agnew recordaba una antigua leyenda, probablemente apócrifa, según la cual Purcell murió después de pasar una noche entera al raso cuando su esposa Frances, harta de sus prolongadas veladas tabernarias, le cerró la puerta de la casa. Verdadera o no, parece inventada expresamente para un espectáculo como este.
Un día antes, el viernes 28, la iglesia de Notre-Dame de l’Assomption en la pequeña localidad de Sainte-Hermine, a pocos kilómetros de Thiré -donde tradicionalmente se celebran los llamados Concerts aux chandelles (conciertos a la luz de las velas)- había acogido la que era, sin duda, una de las citas más atractivas de la presente edición. William Christie y Théotime Langlois de Swarte presentaban Le Violon de Rameau, programa estrenado en Thiré en 2024 y convertido ahora en disco por Harmonia Mundi, cuyo lanzamiento oficial se producía precisamente en la fecha del concierto. El álbum ha sido reseñado este mes en SCHERZO por Javier Sarría con la máxima calificación y el concierto confirmó sobradamente la excepcionalidad de un proyecto llamado a figurar entre las novedades discográficas barrocas más importantes del año.
Su punto de partida tiene algo de enigma iconográfico. En el célebre retrato de Rameau atribuido durante mucho tiempo a Joseph Aved, el compositor aparece sosteniendo un violín, instrumento con el que rara vez se le asocia. A partir de esa imagen, Christie y Langlois de Swarte reconstruyen un universo en el que transcripciones de páginas de Castor et Pollux, Les Indes galantes, Hyppolite et Aricie o Dardanus se alternan con obras de contemporáneos y colegas de Rameau, como Jacques y Louis Aubert, Toussaint Bordet, Jean-Baptiste Cupis, Antoine Dauvergne, Charles-Antoine Branche o André-Joseph Exaudet. El propósito, en palabras del propio Langlois, es “ofrecer otra forma de escuchar a Rameau […] de concentrar la esencia dramática y emocional de sus óperas en un lenguaje de cámara, más sobrio, pero igual de expresivo […] Una forma, tal vez, de redescubrir a un compositor al que creíamos conocer”.

Bajo la luz de las velas, Christie y Langlois de Swarte ofrecieron una inolvidable interpretación que borró desde el primer compás cualquier distancia generacional. El primero conserva a sus 82 años una capacidad extraordinaria para hacer respirar la música desde el clave o el órgano, para impulsar el discurso, sugerir colores orquestales (¡esa orage de Les Indes galantes!) y reaccionar al instante a cualquier inflexión o fantasía de su compañero. El segundo posee hoy uno de los sonidos más personales del violín barroco: dúctil, luminoso, incisivo cuando es necesario y con una prodigiosa facultad para hacer cantar al instrumento. El diálogo entre ambos se convierte así en una verdadera conversación, en un estímulo mutuo y una compenetración que por momentos adquiría el carácter de una improvisación minuciosamente controlada. El concierto culminó con una propina en la que se incorporó Thomas Dunford, convertido desde hace años en otra de las personalidades más reconocibles surgidas del entorno de Les Arts Florissants. Violín, clave y archilaúd se lanzaron a una Follia de Corelli de un desbordante virtuosismo, que fue recibida con entusiasmo por un público que acababa de asistir a uno de los mejores conciertos barrocos escuchados por este cronista en los últimos años.
Tras él llegaron todavía las Méditations à l’aube de la nuit. Sin aplausos y de nuevo a la luz de las velas, las sopranos Sarah Fleiss y Juliette Perret, junto a Thomas Dunford y otros músicos de Les Arts Florissants, alternaron páginas vocales de Monteverdi con movimientos de una sonata instrumental de Maurizio Cazzati. Después del brillante virtuosismo de Rameau y Corelli, aquella sucesión de voces e instrumentos en la penumbra de una iglesia parecía modificar una vez más la percepción del tiempo. Fue una prolongación serena, casi ritual, de una noche memorable.
Tal vez sea precisamente esa capacidad para jugar con los conceptos de espacio, escala y tiempo lo que mejor explica la singularidad de Thiré. De Bach escuchado a pocos metros de distancia en medio de una arboleda junto a un puente diminuto se pasa a Rameau en una iglesia iluminada por velas y de ahí a Purcell convertido en teatro popular; del bullicio de las Promenades al recogimiento de las Méditations. Quince ediciones después, el festival de William Christie parece haber alcanzado una madurez que no ha borrado su carácter artesanal ni esa sensación de descubrimiento que acompaña a quien recorre por primera vez sus jardines. Tal vez por eso, al abandonar Thiré, el verso de Borges adquiere inesperadamente un sentido casi literal. Si la música es una “misteriosa forma del tiempo”, William Christie ha conseguido algo todavía más notable: dar a la música durante unos días la forma de un jardín de senderos que se bifurcan.
Juan Lucas
Foto: Julien Gazeau


