El futuro está en sus teclas (Ciclo de Jóvenes Intérpretes de la Fundación Scherzo)

El futuro está en sus teclas (Ciclo de Jóvenes Intérpretes de la Fundación Scherzo)

En 2020 no pudo ser. Tras 18 años de música ininterrumpida, el Ciclo de Jóvenes Intérpretes de la Fundación Scherzo callaba por primera vez sin ofrecer su decimonovena edición. La gente habría echado en falta una edición del Grandes Intérpretes, porque tendemos a consagrar a los ya conocidos, olvidándonos que hasta Sokolov o Pollini llegaron a ser grandes desconocidos. Las promesas musicales pueden transformarse en hitos o pasar inadvertidas, pero nunca sabremos su potencial si no se apuesta por ellas. Nadie dudaría hoy en día de la maestría de Yuja Wang, Javier Perianes, Judith Jáuregui o Paul Lewis. Y, pese a haber desarrollado cada uno carreras diferentes, dentro de su camino al estrellato todos tienen en común un recital en el Ciclo de Jóvenes Intérpretes que, de alguna forma, les ayudó en su proceso de maduración.

En 2021 los engranajes vuelven a girar, y lo hacen con ciertos cambios estructurales que, de algún modo, acercan el Ciclo de Grandes al de Jóvenes. La Sala de Cámara del Auditorio Nacional será el escenario principal del ciclo, construyendo así un espacio común de ambos ciclos en torno al Auditorio Nacional. Serán cuatro los conciertos programados a lo largo de la temporada, que nos permitirán disfrutar de cuatro intérpretes que, de alguna forma que aún desconocemos, sentenciarán el futuro del hecho musical.

El papel, por su naturaleza física e inmóvil, nos impide colocar un botón mágico que permita escuchar a los pianistas de esta edición a golpe de clic —ese avance se lo dejamos a la próxima revolución industrial—. Aun así, nos da la oportunidad de conocer qué piensan estos jóvenes intérpretes del mundo que les rodea, pues son ellos —y no otros— los auténticos descubridores del futuro.

Matteo Giuliani

El 26 de abril, Matteo Giuliani (Madrid, 1999) será el encargado de inaugurar esta nueva etapa del ciclo en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional. Giuliani es una persona que mide sus palabras como si calibrara el peso de cada tecla, entendiendo que, en una conversación, cada palabra debe tener el impulso necesario para que cada frase posea el equilibrio justo. Hablamos de su infancia, de sus inicios en el mundo musical, de aquel viejo piano que sus padres trajeron de Viena y de cómo lo que comenzó siendo un diálogo esporádico con el mueble de ochenta y ocho teclas se transformó de forma natural en una pasión con tintes de profesión.

También comenta su fascinación por Vladimir Horowitz, un intérprete cuya genialidad se caracterizaba por ese sonido tan personal e identitario capaz de diferenciarse del resto. “Horowitz era un pianista para el que la música surgía del pensamiento”, afirma. Se queja de lo difícil que resulta encontrar hoy músicos con la sensibilidad de Horowitz, Rubinstein o Gould, capaces de encontrarse a sí mismos dentro de la partitura. “Glenn Gould afirmaba que un intérprete no toca con los dedos, sino con la mente. La técnica se basa en un principio físico y, obviamente, dominarla ofrece más libertades al interpretar, pero si el concepto y el sonido no están en la mente, la música no sonará. La técnica es un medio, pero la esencia de la música reside en el mundo de las ideas. Cuando estudio, me gusta empezar trabajando solo con la partitura, estructurando en mi cabeza la obra antes de lanzarme a tocar en el piano. Hablamos poco del estudio mental, y a mí me parece un aspecto importantísimo para desarrollar cualquier disciplina artística. Es responsabilidad del artista conectar el mundo espiritual del pensamiento, donde surge el arte, con el mundo material y cotidiano en que vivimos”.

Eva Gevorgyan

El 28 de junio, será el turno de Eva Gevorgyan (2004), que pese a ser la benjamina de esta edición, posee una madurez impropia para su edad. Nació rodeada por la musicalidad de su madre, violista de profesión, que, cuando atisbó los primeros dotes artísticos de la joven, le compró un violín para que siguiera la senda de la cuerda frotada. Confiesa que nunca le gustó el violín. Es más, lo terminó por romper. Intentaron que encontrase su camino en el mundo del ballet y, aunque reconoce que tenía talento, se considera algo vaga para el deporte. Fue el piano el que la escogió, y lo que parecía una última salida a un compendio de vicisitudes artísticas, se transformó en una trepidante carrera que le ha hecho ganar con tan solo 16 años más de 40 concursos musicales.

Mira el mundo con los ojos de quien quiere devorarlo, pero observa con incertidumbre la cantidad de dificultades a las que los jóvenes intérpretes deben enfrentarse. “Hace setenta u ochenta años, la música clásica formaba parte de la cultura general de cualquier país. Los concursos generaban una expectación comparable a los grandes eventos deportivos. En cambio, hoy la gente ha perdido el interés. La información es efímera, ya no posee poder de atención, todo está a golpe de clic e incluso podemos escuchar conciertos sin movernos de casa. La música, la cultura, han perdido su valor como elemento necesario en la sociedad”, afirma con rotundidad. Acto seguido, nos manda un mensaje claro a todos aquellos que, de alguna manera, aportamos nuestro granito de arena enla divulgación musical: “Vivimos en un mundo en donde existe un problema claro con la música clásica del que nadie conoce solución alguna. Y esto es muy triste. Nos hace falta un lenguaje claro y directo. Hemos de dejar atrás los intelectualismos que alejan al público más que atraerlo. La música es un lenguaje claro y preciso, pero la forma en la que nos referimos a ella, a veces no lo es tanto. Y eso en parte ha desconectado a un sector muy grande del público joven. La música entra en ti y te hace vibrar más allá de quién seas o de cómo seas. Como intérpretes no debemos olvidar nuestro único fin: comunicar belleza.”

Szymon Nehring

El mundo lo conoció por ser el primer polaco en ganar la Arthur Rubinstein’s Piano Masters Competition en 2017. Tenía 22 años, era un completo desconocido, no estaba entre los favoritos y de repente, la industria musical se le abrió de golpe. Szymon Nehring (1995) se estrena el 28 de septiembre en el Ciclo de Jóvenes Intérpretes y menos de una semana después, participará en la XVIII Chopin Piano Competition de Varsovia.

Le gusta la música electrónica, la comida picante, le fascina la relación que Sokolov mantiene con los constructores de piano y opina que los intérpretes actuales deben encontrar su esencia dentro de la música, sin que el virtuosismo —tan querido por el público— les haga olvidar quiénes son en realidad cuando se enfrentan a un Chopin, a un Beethoven o a un Brahms. Narra con cariño el día en que Krzysztof Penderecki le invitó a tomar un café en su casa. Iban a grabar juntos su Concierto para piano y orquesta. Confiesa que, pese a que venía con muchas dudas acerca de la partitura, a Penderecki le gustaba más hablar de la vida que del hecho musical. Es más, le animó a que fuera él mismo quien resolviera las dificultades planteadas por la partitura de la forma que creyese correcta. Como a todo joven intérprete, le preocupa el rumbo que la industria está tomando, y opina con rotundidad que ahora es el momento de girar el timón, de dar un cambio de rumbo que nos permita descubrir lo que los jóvenes del siglo XXI tienen que decir sobre el repertorio clásico. “No podemos comparar la música clásica con la moderna, pero sí que debemos aprender de sus lenguajes. La música como lenguaje universal debe también tener un toque de actualidad. No podemos cambiar la partitura, pero sí mirarla con una perspectiva contemporánea, sin perder parte de nuestra identidad. Esto no quiere decir que tengamos que salirnos de estilo, ni mucho menos, pero de la misma forma que Gould o Zimerman encontraron una forma propia de acercarse a la música, nosotros como nuevas generaciones tenemos que hacer lo mismo. Ser actuales. Vivir en el presente, en el ahora. En las últimas décadas, la industria se ha dejado engatusar por el dramatismo y la complejidad en la que muchas veces nos sumerge la música. Pero el lenguaje, cuanto más claro y sencillo, más sincero es”, admite Nehring, con la esperanza de que otro futuro es posible.

Milena Martínez

Dicen que el mayor obstáculo al que un intérprete se enfrenta tras finalizar sus estudios es encontrar su sinceridad musical dentro del salvaje e impredecible mundo artístico. Milena Martínez lo está consiguiendo. La pianista vallisoletana habita en un mundo en donde lo onírico y material cohabitan en un estado de armonía perfecto. Confiesa que, más allá de los estereotipos musicales, para ella hacer música es un acto que se debe realizar en comunidad, mediante una escucha atenta y consciente. Admite que la soledad y el silencio son estados naturales del pianista, con los que debe lidiar hasta entablar una relación de amistad y reconoce sin reparo que, para la sociedad general, la música clásica está ridiculizada y relegada a una dimensión más comercial. Se lamenta de que, como industria, haya todavía resquemor a la hora de buscar un lenguaje claro y directo.

El conservatorio aporta infinidad de conocimientos y experiencias gratas, pero narra con cierta angustia la frustración natural que se produce una vez finalizas los estudios superiores: “La frustración se mete en medio de tu relación con la música, y esto es un engaño. Si quieres sobrevivir, tienes que dar clases. Cuando terminas el conservatorio, no hay una consecuencia lógica del proceso. De repente se corta ese flujo, porque hay que hacer dinero. Pero no todo el mundo tiene que responder al perfil de solista. Lo bueno sería tomarse el tiempo necesario para reflexionar y para ver qué puede hacer uno en el mundo del arte. Todos somos únicos y hay que saber escuchar esa voz interior. No nos tomamos el tiempo suficiente para conocernos a nosotros mismos y saltamos directamente a los exámenes de la oposición. El problema que surge es que esta frustración acaba entrometiéndose en tu relación con la música. No nos damos el tiempo suficiente para seguir desarrollándonos. Nos aterra la incertidumbre. Y muchas veces ese periodo es algo necesario para conocernos más a nosotros mismos, para comprender cuál es nuestro sitio dentro del mundo musical y qué podemos ofrecer que sea nuestro, que nos muestre tal y como somos”, termina diciendo la pianista, cuyo recital pondrá punto final al Ciclo de Jóvenes Intérpretes el 23 de noviembre.

Madrid, Auditorio Nacional. Sala de cámara. Matteo Giuliani 26-IV, Eva Gervorgyan 28-VI, Szymon Nehring 28-IX, Milena Martínez 23-XI. Para más información, aquí