El éxito indiscutible de las mujeres directoras

Desde que, en 1930, la heroica Antonia Louisa Brico [en la foto] rompiera los moldes establecidos al ser la primera mujer que dirigió la Orquesta Filarmónica de Berlín, quienes han querido seguir sus pasos han atravesado un largo desierto que en la mayoría de los casos les ha llevado al abandono de una vocación tan legítima como cualquier otra y, muchas veces también, sólo por el hecho de no ser hombres. La sociedad ayudaba poco con la consideración general de la inferioridad de la mujer para jugar un papel de responsabilidad y, en el terreno de la música, los tópicos afloraban.
Recordemos la oposición de todo un Yuri Temirkanov a las mujeres directoras o aquella frase bien definitoria de una luchadora como Dolores Marco, en una entrevista publicada por el diario El País el año 2000: “No han salido más porque no les indujeron en el carácter (sic) y porque los músicos se pitorrean de ellas”. Es decir, porque no era normal y porque, sobre ello, se ejercía la presión propia del machismo y de la frustración profesional.
El mundo del espectáculo sabe de la importancia de tener olfato para captar lo que está en el aire, pero le ha costado entender que la mitad de la humanidad estaba infrarrepresentada en la dirección de orquesta. Que el cincuenta por ciento de las audiencias comprenderían enseguida por qué el modo de vestirse, los pasos, los gestos, las miradas de una mujer pueden ser tan pertinentes como los de un hombre mientras aportan a su trabajo rector una sensibilidad y una forma de estar en el mundo diferentes y, por ello, enriquecedoras. Es lo que han advertido también las propias orquestas, en cuyas programaciones ya no escasean los nombres de mujer, estando presentes, además, por sus méritos y no por la tan cacareada cuota de género.
Hace sólo unos pocos años parecía que iba a ser muy difícil normalizar la situación, llegar a la equiparación de la oferta y la demanda de mujeres directoras a las de sus colegas masculinos. Hoy, puede hablarse ya de un proceso imparable de normalización en la presencia femenina al frente de las grandes y no tan grandes orquestas y de los teatros de ópera. Tras la labor de avanzada de Claire Gibault, Sian Edwards y Jane Glover, llegaron Marin Alsop, Emmanuelle Haïm, Susanna Mälkki o Simone Young —cuya presentación en Bayreuth, como la de Nathalie Stutzmann supuso un hito indiscutible—, y luego, entre otras, Mirga Gražinytė-Tyla, Carina Kanellakis, Joanna Mallwitz, Anja Bihlmaier, Anna Rakitina, Delyana Lazarova o la recién nombrada titular de la Sinfónica de San Francisco, Elim Chan, la primera en detentar tal puesto en una formación de absoluta primera fila.
Una cultura tan vital como la latinoamericana ha entendido también el fenómeno y aportado personalidades como las de la uruguaya Gisèle Ben-Dor —otra pionera—, la mexicana Alondra de la Parra o las colombianas Ana María Patiño-Osorio y Lina González Granados. Sin embargo, escasean las féminas españolas en las carteleras de nuestras orquestas, batutas que sigan el ejemplo, pero con menos dificultades, de Gloria Isabel Ramos Triano, Silvia Sanz Torre o Virginia Martínez y, en años más recientes, de Isabel Rubio y Lucía Marín. Para que ello sea posible, para que la vocación conduzca a la posibilidad de ganarse la vida con el propio trabajo, son imprescindibles tres cosas: primero la visibilidad, luego la promoción y, por fin, la programación. Y para las tres es necesario la generosidad de las instituciones primero, la perspicacia de las agencias después, y el sentido del riesgo controlado de los programadores finalmente.
Se han quemado etapas en este proceso de aceptación de una realidad ante la que el mundo de la música ha hecho durante demasiado tiempo, y nunca mejor dicho, oídos sordos. La sociedad ha ido muchas veces más rápido que los propios profesionales. Nadie que recuerde el pasado inmediato podrá decir que era pensable semejante cambio. Ahora, la propia normalización debe también serenarse. No se trata de que las tornas cualitativas cambien por mor de las políticas de género ni de abrir las apuestas acerca de qué mujer será la primera en dirigir el Concierto de Año Nuevo. Eso queda para la parte frívola, por más que a veces presuntamente seria, del asunto.
Y, por cierto, con esta eclosión coinciden los descubrimientos discográficos de magníficas compositoras. De Augusta Holmès a Grazyna Bacewicz, de Rebecca Clarke a Betsy Jolas —recién grabada por la OBC—, de Louise Farrenc a Mélanie Bonis, de Fanny Mendelssohn a Amy Beach. Por no hablar de su actividad constante en el panorama de la música actual. La lista es ya lo suficientemente abierta —y habrá de serlo mucho más- para que cada aficionado pueda ampliarla a su gusto. Y es que la realidad es imparable. ¶


