EL ESCORIAL / El vuelo declinante de la mariposa

EL ESCORIAL / El vuelo declinante de la mariposa

Arturo Reverter

San Lorenzo de El Escorial, Teatro Auditorio, Sala de cámara. 20-VII-2019: Sonatas de Brahms y Poulenc. Carole Petitdemange, violín, Víctor del Valle, piano. Canciones de Falla y Guridi. Arias de Leoncavallo y Puccini. Carmen Solís, soprano, Alisa Labzina, piano. 25-VII-2019: Puccini: Madama Butterfly. Ainhoa Arteta, Marcelo Puente, Gabriel Bermúdez, Cristina Faus. Director musical: Giuseppe Finzi. Director de escena: Emilio López. Festival de Verano.

Este certamen llega siempre con los calores de julio. Más allá de su relativa relevancia, siempre ofrece alguna cosa de interés y alimenta al menos durante unas semanas las famélicas fauces de este recinto, absolutamente infrautilizado y sólo ocupado durante breves periodos al año. ¡Qué lejos quedaron los fastos de su inauguración en 2006! Se encarga de la producción la empresa Escenario Clesce. Hemos tenido oportunidad de escuchar dos manifestaciones que nos han proporcionado, irregularidades incluidas, buenos ratos de disfrute.

Abrió el fuego la pareja constituida por la violinista francesa Carole Petitdemange, discípula de Kantorow, y el pianista andaluz Víctor del Valle, uno de los dos componentes del conocido dúo conformado por él y su hermano Luis. Buen ensamblaje general en las dos Sonatas del programa, la nº 3 de Brahms y la de Poulenc, en las que ella mostró un grato y muy delgado sonido, un fraseo ajustado y aquilatado, una afinación cierta y una técnica suficiente para penetrar en los pliegues líricos, nada confortables a veces, de la partitura del hamburgués. La voluntad de cantar y la habilidad para captar el perfume romántico de la composición llevaron a buen puerto la interpretación con ayuda del diligente piano de Del Valle, que se mostró asimismo atento en su colaboración en la Sonata del francés. Los dos artistas acertaron a desvelar los claroscuros y a dar la dimensión trágica del Presto, en donde el compositor rindió homenaje a García Lorca.

En la segunda parte de esta sesión, una más de las protagonizadas por profesores de los cursos internacionales de la Academia Matisse de San Lorenzo, pudimos escuchar a la soprano pacense Carmen Solís, que nos brindó generosamente su timbre de lírica plena, su soleada emisión, directa, franca, con estupenda proyección a los resonadores, su discreto vibrato y su buen arte fraseológico. Cualidades que brillaron en el recital y que basaron su gran éxito, aunque personalmente no nos gustara demasiado su caleidoscópica versión de las Siete canciones populares españolas de Falla, recreadas con minuciosidad, con intención de establecer entre ellas las adecuadas diferencias. Pero ese planteamiento supuso le exclusión de ese garbo y ese juego en el que lo popular, lo refrescante, lo directo accede a primer plano. Para el personal punto de vista, la versión fue en exceso alambicada, ayuna de naturalidad, lo que no supone que no disfrutáramos con la belleza de la voz y lo satinado y cremoso del instrumento. La cantante hizo aportaciones muy suyas, como esa solución de subirse de octava el final del Polo. Aplausos en todo caso para la filaturas de Nana.

Nos interesó más el acercamiento a las Seis canciones castellanas de Guridi, de menor atractivo popular, de una estilización menos concentrada, donde brillan de manera especial las tres últimas, No quiero tus avellanas, Como quieres que adivine y Mañanita de San Juan. La voz, igual y bien adiestrada no tuvo problemas con las tesituras, en algún caso más bien tirantes. Como no lo tuvo con las dos piezas que, de manera un tanto estrambótica, cerraban la sesión: el aria de Nedda de Pagliacci de Leoncavallo, Stridono lassù, y el aria celebérrima de Madama Butterfly de Puccini, Un bel di vedremo, en las que la cantante se explayó a conciencia con una voz que, como la suya, requiere la escena. Sin problemas en ninguna de las dos. El sonido campaneó a conciencia y se expandió por el no muy amplio recinto, inundándonos de armónicos.

BUTTERFLY

Esa aria, nostálgica, esperanzadora de la mujer que ama y aguarda, se escuchó cinco días después, ahora incrustada en su lugar natural: la partitura íntegra de Madama Butterfly, que, después de once años, accedía de nuevo al escenario del Teatro Auditorio. Son bastantes años, pero creemos que antes de hacer regresar este título igual valía la pena traer algún otro que no se haya representado todavía en ese escenario. Lo que no ha impedido, por supuesto, que hayamos disfrutado de nuevo con la cálida melodía pucciniana, con sus soluciones armónicas, con su arte para el recitado dramático, con su puntillosa y expresiva escritura, tan certera para describir pasiones humanas, como las que experimenta la dulce y desgraciada Cio-Cio San, que aquí ha sido interpretada por Ainhoa Arteta, que sigue, en este tramo de su ya madura carrera, abordando partes propias de una soprano lírica ancha o lírico-spinto. Es artista de la cabeza a los pies, competente, hábil, gracias a una técnica paulatinamente acrecida, para disimular ciertas carencias –graves de escasa entidad, extensión cada vez más justa por arriba, irregular sostén del aire- y para potenciar una facultades que todavía pueden brillar en virtud de unas reconocidas dotes expresivas y un talante de actriz veterana.

Claro que no puede disimular un vibrato cada vez más acusado, una sonoridad metálica que se hace más bien agresiva en la zona aguda y una pasajera falta de fuelle. De todos modos, aún es capaz de delinear con gusto, buenas hechuras, convicción y elegancia un aria como la tan famosa y citada Un bel di vedremo, de la que ofreció una versión menos lustrosa de la que días antes, según se ha dicho, le escuchamos a Solís. Arteta estuvo concentrada, íntima, en artista, y desplegó al final un buen si bemol 4. Valiente y esforzada, cuando ya lo dio todo, en la despedida de su hijo. Consiguió pasajeramente algunos pianísimos de buena calidad y algunos filados interesantes, en exceso tremolantes.

A su lado el tenor argentino Marcelo Puente mostró buenas maneras en el empleo de una voz de lírico de tintes oscuros, de emisión bastante cupa y de evidente vibrato. Los agudos suenan con metal y se estrechan quizá en demasía. Frasea con aplomo y, de vez en cuando, matiza y apiana con resultados variables. Por el espectro tímbrico nos trajo a la memoria, salvando las lógicas distancias, al antiguo tenor italiano (años cincuenta-sesenta) Giuseppe Campora, aunque la emisión del hispano –que recuerda también vagamente a Bergonzi- es más engolada. Cantó con propiedad y emoción Addio, fiorito asil y estuvo a la altura en el extenso dúo con Cio-Cio San. Gabriel Bermúdez, intérprete siempre musical y sensible, ha oscurecido considerablemente su espectro y se ha asentado con aplomo. Su Sharpless, bien dicho, queda un tanto empequeñecido por falta de amplitud, de brillo, de squillo. Aunque no siempre fue favorecido por el foso.

Delicada, bien cantada, desde muy dentro, la Suzuki de Cristina Faus. Su voz de mezzo lírica se adecua bien a los pliegues expresivos del personaje, que aparece así bien matizado. Francisco Vas, cuya ligera voz ha perdido cierto brillo, compuso, como sabe en este tipo de secundarios –en la línea del histórico Piero di Palma- un excelente Goro –en este caso muy poco japonés- y el resto de secundarios, algunos ya muy avezados, cumplieron con suficiencia encabezados por Isaac Galán (Comisario/Yamadori) y Fernando Latorre (Bonzo). Ana Cristina marco, de agradable timbre de mezzo, hizo la estatua como esposa de Pinkerton (lo habitual).

Nos pareció solvente la dirección musical de Giuseppe Finzi. Sin grandes exquisiteces, a veces con un sonido poco cuidado, llevó a buen puerto, sin sustos, apoyado en una más que cumplidora orquesta Sinfónica Verum, algo más segura que el voluntarioso coro femenino -que, aún así, hizo hermosos pianos en el coro a bocca chiusa-, una partitura que tiene muchas complicaciones y que Emilio López se ha debido de estudiar muy bien para penetrar en la anécdota y su significación y en el carácter y evolución de los personajes. Un primer acto, de estética aparentemente realista, aunque con toques fantasiosos, nos muestra un casa japonesa en medio de un jardín florido y anclada en un suelo espejeante. Bella ilustración que parece anunciar una felicidad que luego se esfuma.

López, en esta producción procedente del Palau de les Arts de Valencia, inscribe los otros dos actos en una época posterior a la segunda guerra mundial y nos muestra la destrucción derivada de la famosa bomba sobre Nagasaki, algo sugerente, que corre en paralelo con la lenta destrucción de Cio-Cio San, pero que deja en el aire diversas cuestiones. La primera si es lógico que en esas circunstancias estuviera todavía presente la figura del cónsul Sharpless, que lo normal es que hubiera desaparecido del mapa después del lanzamiento y del término de la guerra (no sabemos en qué punto estarían las relaciones diplomáticas entre ambos países). La segunda es que ese planteamiento aparece como incongruente respecto a lo que realmente se describe en la obra, que habla una y otra vez de jardines, de flores, de ofrendas, de sana alegría, de ambiente festivo ante la llegada de Pinkerton. En un paraje destruido, oscuro, paupérrimo, en el que la japonesita ha de dormir en el duro suelo, en un ambiente nocturno y desolado tiene poco sentido lo que sucede en escena. Improbable también es que en plena noche, a varios kilómetros de distancia, Cio-Cio San acierte a leer el nombre del barco en el que viaja Pinkerton. Por lo demás, sin nada original, López movió bien a sus peones. Al dúo de amor le faltó pasión, verdad, intimismo. Demasiada luz sobe los dos cantantes, que aparecen en una proyección en blanco y negro haciéndose carantoñas durante el intermedio orquestal –no siempre interpretado- que une los actos dos y tres y durante el que una bailarina ataviada de blanco (Fátima Sanlés) adopta estilizadas posturas evocando el vuelo de una mariposa. Un efecto algo facilón, como el que un figurante la apuñale.