EL ESCORIAL / Daniel Barenboim: destellos y realidades

San Lorenzo de El Escorial. Teatro Auditorio. 19.9.2026. Festival Escena Escorial. West-Eastern Divan Orchestra. Director: Daniel Barenboim. Obras de Wagner, Schubert y Schumann.
Este primer Festival de Artes Escénicas, que sigue, de momento a muchos años luz, al que se organizó en el mismo Auditorio hace justamente veinte años, se ha cerrado muy emotivamente con un concierto dirigido por Daniel Barenboim a la orquesta que él creó en 1999 y de la que es titular, la West-Eastern Divan, en la que se dan la mano palestinos, israelíes y árabes (en la gira, la orquesta cuenta entre sus filas con la presencia de seis españoles). Aventura en la que colaboró el intelectual palestino Edward Said.
La gira, organizada por diversas localidades europeas, comenzó el jueves pasado en Dortmund con una cancelación a última hora. El estado del maestro, aquejado de una enfermedad neurológica emparentada con el Parkinson que ha hecho que su carrera haya sufrido no pocas irregularidades, tanto en su faceta de dotado pianista como en la de conspicuo y asentado director, tuvo la culpa. Afortunadamente se ha encontrado mejor y ha podido dirigir esta proyectada actuación ante una audiencia que colmaba el auditorio y que ha podido ver que a los 83 años el maestro está muy disminuido físicamente: anda despacio y arrastrando los pies, está delgadísimo y se sienta a duras penas. Dirige pausadamente dando indicaciones sucintas con la mano izquierda sobre todo de tipo dinámico. Batuta prácticamente inerte.
Aun así, el estilo, la sapiencia, la veteranía, la musicalidad, el conocimiento hacen presentes de vez en cuando, en este concierto de manera muy especial en el Preludio y Muerte de amor de Tristán e Isolda, una de las músicas más sensuales, más físicas, más excitantes y excitadas. Como decía Hans von Bülow -a quien Wagner birlaría la esposa-, una ola que llega y se aleja tres veces consecutivas, la imagen más auténtica del ansia insatisfecha de amor tras ese asombroso inicio protagonizado por el tritono. A lo largo de la marea sonora, que se estira y encoge, que crece y decrece, se escuchan otros temas: la Mirada, el Filtro (de muerte y de amor), la Liberación por la muerte…

La idea de adosar, para la sala de concierto, a ese preludio la parte final de la obra, la de la muerte por amor de Isolda, con la necesaria ausencia de la voz, no es especialmente feliz, pero se ha hecho costumbre. Oímos desde luego una música en constante transformación en la que los temas nacen y renacen, se abrazan y separan, se mezclan y funden. Es la total desmaterialización. Como canta Isolda es el “¡… sumergirse en la inmensidad…, desvanecerse…, abismarse…, inconsciente…, deleite supremo!…”
Barenboim, que ha debido dirigir y ensayar estos fragmentos no pocas veces con los jóvenes de su orquesta (y, por supuesto, con otras formaciones), tiene muy bien medidos estos pentagramas y les da calor. Sabe dosificar las dinámicas, ensamblar, manejar la efervescencia. Muy bien construido el crescendo del Preludio y hábilmente manejadas las dinámicas. Con la mano izquierda el maestro dio forma y vida al fragmento. La Orquesta respondió estupendamente. Fue lo mejor de la noche.
Antes escuchamos una Sinfonía ‘Incompleta’ de Schubert que tuvo expresión, hábil construcción, adecuadas progresiones; y una lentitud excesiva: treinta minutos para una obra que dura habitualmente no mucho más de veinte. Morosidad aunque expresión recogida, emoción subterránea y un canto bien construido. Los desarrollos fueron en exceso confusos, con líneas temáticas y acompañamientos entremezclados. La orquesta estuvo atenta y siguió las pautas seguramente marcadas en los ensayos. El segundo tema, en luminoso contraste, aparece en Re mayor en la reexposición. Es su paso de esta tonalidad a la de la tónica, Si menor, lo que determina el exacerbado dramatismo y la consiguiente catástrofe.
Lo más flojo del concierto vino con la interpretación de la Renana de Schumann que, según propia confesión, quiso trasladar al pentagrama su visión de la majestuosa catedral de Colonia y plasmar en sonidos la grandiosa ceremonia durante la cual el arzobispo Von Geissel fue investido cardenal, una imagen bien contrastada con la tan colorista de los aires populares. Lo que contribuye a resaltar lo descriptivo que hay en la música, impregnada pese a sus momentos de gravedad catedralicia de sabor popular, de los aires frescos de la ribera del Rin.
Aquí las pausadas indicaciones de la mano izquierda del director (la derecha, la de la batuta, ya se ha dicho que estuvo muy poco activa) no lograron establecer la unidad, el ensamblaje adecuado, la transparencia pedida. Todo sonó algo emborronado, falto de la adecuada planificación y con un empaste relativo. Alguna que otra pifia y bastantes desajustes y faltas de transparencia se hicieron presentes, lo que no impidió que la música tuviera el necesario dinamismo. Muchos aplausos y bravos. En alguna ocasión para premiar a una personalidad de la música de los últimos decenios, hoy en pleno y lamentable declive.
Arturo Reverter
Fotos: David Mudarra


