El erotómano y la cigarrera

El erotómano y la cigarrera

Conocido por obras como Afrodita, Las canciones de Bilitis, Manual de urbanidad para jovencitas o La mujer y el pelele, Pierre Louÿs (Gante, 1870-París, 1925) es uno de esos escritores franceses de la generación del decadentismo más interesantes. Como buen hijo de su siglo y deudor de su estética, no pudo sustraerse a la llamada de lo exótico. Y nada exótico más cercano de Francia que la España finisecular pasada por el filtro de tantos y tantos relatos de viajeros románticos. Louÿs visita Sevilla en 1895 y en 1896 con la famosa novela de Merimée en el bolsillo, dispuesto a escrutar los paisajes y ambientes de la cigarrera seductora. Y, como es de suponer, uno acaba viendo lo que quiere ver. Recorre los cafés cantantes sevillanos donde se alternaba el cante, el baile y la prostitución. En el más famoso de aquellos establecimientos, el Café del Burrero, conoce a la que sería su musa literaria, Lola: “Tiene una nariz andaluza graciosamente aguileña, como un signo de interrogación invertido; unos ojos rajados con una pureza de compás; los brazos y el talle delgados y el pecho prominente. Es una pura sangre. Voy a aprender español”. Louÿs, además de su diario de viajes más o menos oficial, del que hemos extraído la anterior cita, llevaba otro más oculto e íntimo en el que consignaba una de sus obsesiones: las prostitutas. Con minuciosidad reseña cada encuentro mercenario en un álbum cuyo título, Enculées, nos indica cuál era la preferencia sexual del escritor. Que acabaría sucumbiendo a los efectos de la sífilis, por cierto.

Lola será la inspiración de una novela que verá la luz en 1898 con el título de La Femme et le pantin.

Concha Pérez, la protagonista de la novela de ambientación sevillana, es un reflejo de Carmen distorsionado por la perversión porque, a diferencia de la cigarrera de Merimée-Bizet, Concha disfruta humillando a Mateo, llevándolo al límite del deseo para luego negarle la plena satisfacción; haciendo que la siga como un perro de compañía, dejándolo en ridículo en público, haciendo que le bese el borde de la falda o los pies en el tablado donde trabaja. Es también cigarrera y no tiene escrúpulos en completar sus ingresos con el robo o la prostitución. Con Mateo se ensaña hasta prácticamente destruirlo y llevarlo a la violencia.

A los diez años de la publicación de la novela Giulio Ricordi encargó a Maurice Vaucaire y a Carlo Zangarini la elaboración de un libreto de ópera basado en La mujer y el pelele, en principio para evitar que otros editores se hicieran con los derechos. Su primera intención fue ofrecérselo a Puccini, pero éste declinó el encargo. Ricordi, tras ello, aprovechó para darle una nueva oportunidad a un joven valor de su cantera de compositores, Riccardo Zandonai. No sólo creyó en el proyecto, sino que Ricordi le pagó a Zandonai un viaje a Sevilla para inspirarse. “Todo aquí es música”, escribió el compositor el 31 de mayo de 1909. Zandonai debió visitar también los mismos cafés y monumentos, aunque (suponemos) no los lugares non sanctos por los que tanta debilidad mostraba Louÿs. A su regreso y con los apuntes musicales tomados, se adentró en la composición de ópera, que se llamaría finalmente Conchita. Y también del Concerto andaluso para violonchelo y orquesta, obra merecedora de ser programada por alguna orquesta andaluza, ahí lo dejo.

Como era de esperar, los perfiles más escabrosos de la novela fueron convenientemente limados por los libretistas, pero aún así se mantiene ese ambiente de abyección moral tan propio de las óperas italianas del momento. Además de escenas de costumbres con una muy sutil y elaborada utilización de los ritmos andaluces, Zandonai establece un lenguaje de gran riqueza orquestal y de una escritura vocal llena de exaltación, de dramatismo y de violencia. En la escena final, cuando Mateo ya no puede controlar su deseo y su rabia y golpea a Conchita, ésta le confiesa que ahora es cuando comprende que lo ama de verdad. “Oh, come io sofro! Conchita! Oh come io t’amo!”. En las postreras palabras de la ópera se condensa la visión destructiva del amor que no pudo ser suavizada por los libretistas y que en la música de Zandonai alcanza un auténtico paroxismo.

La ópera se estrenó el 14 de octubre de 1911 en el Teatro dal Verme de Milán, con Tarquinia Tarquini como protagonista, una soprano por entonces “protegida” por Tito Ricordi y que acabaría siendo la esposa de Zandonai. Es algo incomprensible que esta ópera no se programe. Hace veinte años lo hizo el Festival de Wexford. Sigue siendo una asignatura pendiente para el teatro de la ciudad en la que se desarrolla.

Valga mientras tanto la escena tercera del primer acto en la única grabación existente, tomada en directo en Turín el 19 de septiembre de 1969, con Antonietta Stella como Conchita y Aldo Bottion como Matteo. Dirige a la Orquesta de la RAI de Turín Mario Rossi.