El Cuarteto Poiesis se alza con el primer premio en el Concurso Internacional de Cuartetos de Cuerda de Banff

El Poiesis Quartet, una joven formación estadounidense integrada por los violinistas Sarah Ying Ma y Max Ball, el viola Jasper de Boor y el chelista Drew Dansby, obtuvo el pasado domingo 31 de agosto el primer premio en el Banff International String Quartet Competition (BISQC), en Canadá, tras superar en la gran final a los otros dos cuartetos finalistas, el Arete Quartet, de Corea del Sur, que obtuvo el segundo premio, y el Kairi Quartet, de Japón/China, que ocupó la tercera plaza. Además de la importante dotación económica de los premios, que ascienden a un total de 500.000 dólares canadienses, el cuarteto vencedor se beneficia de una serie de importantes oportunidades, que incluyen giras de conciertos en Estados Unidos. y Europa, grabaciones en audio y vídeo, además de residencias becadas en importantes instituciones como la Southern Methodist University o la Fundación Esterházy, con actuaciones en el Haydn Hall en Eisenstadt y en el Festival de Lucerna.
El jurado, formado por nueve ilustres especialistas (entre ellos, miembros de cuartetos del renombre del Artemis o el Emerson) no lo tuvo nada fácil este año. Los nueve concursantes mostraron un altísimo nivel durante las cuatro series o rondas que se desarrollaron a lo largo de seis intensas jornadas durante las cuales pudieron escucharse más de cincuenta obras procedentes de todas las épocas y estilos, desde los seminales cuartetos del ‘padre’ del género, Franz Joseph Haydn (que ocupa un destacado lugar en la programación) hasta creaciones rabiosamente contemporáneas firmadas por compositores nacidos en las últimas décadas del siglo XX.

Además de los tres cuartetos que pasaron a la gran final, las otras seis formaciones fueron los cuartetos Hana (Múnich), Elmire (París), Nerida (Bremen), Viatores (Berlín), Cong (Hong Kong) y Magenta (París). Todos los conciertos tuvieron lugar en el Jenny Belzberg Theatre, el auditorio oficial del Banff Centre for Arts and Creativity, un magnífico campus artístico fundado en 1950 y situado en las afueras de la localidad de Banff, en el corazón de un impresionante parque nacional dominado por la majestuosa visión de las Rocky Mountains.
Creado en 1983 y con una periodicidad trienal, el BISQC es sin duda unos de los principales certámenes de música de cámara del mundo, y muy probablemente el primero en su especialidad, el cuarteto de cuerda. A lo largo de sus quince ediciones, alrededor de ciento cincuenta jóvenes cuartetos han medido sus fuerzas y capacidades en el idílico ecosistema artístico de Banff, y en su historial de ganadores o laureados figuran nombres que posteriormente harían una gran carrera, en buena medida gracias al espaldarazo inicial que supuso su presencia en el BISQC: los cuartetos Hagen, Brodsky, Amati, Keller, Mandelring, St. Lawrence, Belcea o Diotima. Por cierto, ningún cuarteto español en la larga e ilustre lista…
El festival está dirigido desde 2006 por el violinista y violista canadiense Barry Shiffman, cuya relación con el certamen se remonta a 1992, año en el que resultó vencedor del mismo en tanto que integrante del Cuarteto St. Lawrence, una circunstancia que, según él mismo confiesa, cambió de la noche a la mañana su vida. Uno de los principales objetivos de Shiffman cuando tomó las riendas del certamen fue convertirlo en una especie de híbrido entre el concurso musical y el festival de música, o, como a él mismo le gusta decir, en un concurso que se desarrolla dentro del ecosistema de un festival. Y esto lo consiguió por una doble vía. Por un lado, asegurándose una audiencia estable, fiel y, sobre todo, entusiasta, que llena hasta la bandera día tras día el auditorio del Banff Centre, el Jenny Belzberg Theatre, con cabida para unas 600 personas; por el otro, elaborando una apasionante programación que permite a cada uno de los cuartetos concursantes exhibir sus capacidades en una serie de conciertos (quince en total, que cubren una semana completa) con programas muy variados. El concurso no tiene eliminatorias; la criba se produce únicamente al final, cuando el jurado, después de una minuciosa y muy estudiada asignación de puntos, acaba seleccionando tres cuartetos que se miden el último día en la gran final.

El certamen se estructura siguiendo una pauta de rounds, o rondas, cada una con su temática específica. La primera serie está centrada, con buen criterio, en la figura del padre del cuarteto, Franz Joseph Haydn, de quien cada uno de los conjuntos participantes tiene que interpretar uno de los 68 que compuso. Pero lo más significativo en esta primera ronda es la decisión de acompañar cada cuarteto de Haydn de otro compuesto en el siglo XXI, vinculando la raíz del gran árbol cuartetístico con algunas de sus últimas ramas. De ese modo, además de joyas procedentes de los opus 20, 33, 54, 71, 74 y 76 de Haydn, pudieron escucharse obras de Toshio Hosokawa, Pascal Dusapin, Caroline Shaw, Jörg Widmann, Sky Macklay y Lawrence Dillon. La libertad de elección que el certamen concede a los artistas a la hora de diseñar sus programas -ciñéndose, como es lógico, a las premisas marcadas en cada ronda- hace que a veces se produzcan repeticiones, lo cual ofrece una interesante oportunidad para constatar hasta qué punto algunas obras de reciente creación se han abierto un hueco en el repertorio. Es el caso del Cuarteto n.5 del compositor francés Pascal Dusapin, obra escrita en 2005 que recibió nada menos que tres lecturas (a cargo de los cuartetos Magenta, Elmire y Hana) o del magistral y gamberro Cuarteto n. 3, Jagdquartet, del alemán Jörg Widmann, una pieza que consigue combinar una férrea escritura musical que juega con magisterio con la tradición secular del cuarteto romántico centroeuropeo, con un descacharrante sentido del humor que la aproxima al slapstick y levanta en cada lectura las carcajadas del público. En Banff recibió dos interpretaciones a cada cual más refrescante y divertida, a cargo de los cuartetos Viatore y Arete.
Con la segunda ronda, el concurso entraba en lo que podríamos llamar el núcleo duro de la tradición, el periodo romántico (dejando para otra serie a sus dos iniciadores, Beethoven y Schubert, a los que el concurso concede una atención posterior y especial). Durante las dos jornadas de esta fase, el público pudo vibrar con excelentes lecturas de cuatro cuartetos de Mendelssohn, dos de Schumann y uno de Brahms, además del Cuarteto en Sol menor de Debussy, única incursión en el género del autor de Pellèas, que recibió dos lecturas (Viatores y Cong).
Terminada esta segunda ronda, que coincidía con el ecuador del certamen, se produjo un receso. Fuera de concurso, el cuarteto ganador de la edición inmediatamente anterior (2022), el Isidore String Quartet, ofreció sendas lecturas de dos obras del argentino Osvaldo Golijov: la primera, Last Round, es un noneto de cuerda en homenaje a Piazzola, para el cual se sumaron al Isidore el contrabajo de Joel Quarrington, el violonchelo de David Ying, la viola de Harrison Meng y los violines de Yoanna Haeun Jang y de Barry Shiffman, quien esa tarde se quitó la insignia de director del certamen para calarse la gorra de intérprete. El propio Shiffman empuñó luego la viola para unirse al Isidore en la segunda obra de Golijov, el bello quinteto K’vakarat, en el cual el autor platense saca a pasear sus raíces hebreas. En la segunda parte de este concierto especial titulado Alumni Gala, la altista Milena Pajaro-van de Stadt y el violonchelista David Ying se unieron al Cuarteto Isidore para brindar una excelente lectura de ese capolavoro de la música de cámara de todos los tiempos que es el Sexteto de cuerda n. 1 op.18 de Johannes Brahms.

La cuarta jornada trajo consigo uno de los momentos más interesantes del certamen. Desde hace muchos años, el BISQC encarga una composición de unos diez minutos de duración a un compositor o compositora canadiense, que debe ser interpretada de forma sucesiva en una sola sesión por todos los cuartetos concursantes. Se trata de un ejemplo insólito (y me atrevería a decir que único) de un estreno mundial multiplicado por nueve o por diez. Este año, la compositora elegida ha sido Kati Agócs, autora de reconocida trayectoria cuya pieza Rapprochement es un bello estudio de texturas que exhibe un bien contrastado lirismo, reivindicando la cantabilitá sin descuidar la indagación formal y tímbrica. Se trata de pieza excelentemente escrita que, dentro de unos parámetros formales muy rigurosos, concede en su interior una gran libertad a los intérpretes, y en ese sentido se erige en una inteligente ‘pieza de concurso’. Lejos de saturar, la interpretación sucesiva a cargo de los nueve cuartetos permitió al oyente calibrar en tiempo real las diferentes visiones desde las que se puede enfocar una misma partitura. La velada en su conjunto no solo sirvió para medir las diferentes cualidades de cada cuarteto, sino para comprobar y sentir hasta qué punto una obra de arte es un organismo vivo, que vuelve a nacer con cada interpretación y con cada escucha. La propia Agócs desveló algunas de las claves de la partitura en una interesante conversación previa al concierto que mantuvo con Barry Shiffman.
La ronda previa a la gran final volvía a presentar un sugestivo maridaje. Cada cuarteto tenía que interpretar un movimiento de un cuarteto de Schubert o de Beethoven, seguido de un cuarteto completo compuesto en el siglo XX, centuria tan rica o más (sobre todo su primera mitad) en grandes cuartetos de cuerda que el siglo romántico anterior. De Schubert se seleccionaron movimientos procedentes de sus últimos cuartetos, mientras que, curiosamente, la selección beethoveniana se centró en los Razumovsky; ningún ejemplo de los opus 18 ni de su periodo último. En cuanto al siglo XX, se produjo una repetición, aunque muy bien recibida, ya que se trataba del primero de los dos cuartetos compuestos en el final de su carrera por Leos Janácek, el subtitulado Sonata a Kreutzer, que es, todo el mundo lo sabe, una obra maestra de la narrativa musical. Además, pudieron escucharse cuartetos de Alban Berg (la fascinante Suite Lírica) György Ligeti (su primer y bartokiano cuarteto, Metamorfosis Nocturnas), Paul Hindemith (el Quinto de sus cuartetos), Benjamin Britten (su primera incursión en el género) y, cómo no, Béla Bartók, de quien se escucharon nada menos que tres de sus cinco imprescindibles creaciones en el género. Cuando el Cuarteto Poiesis acabó su portentosa versión del Cuarteto n.5 del autor húngaro, la suerte parecía estar definitivamente echada. Tras semejante caudal de obras e interpretaciones, quedaba al jurado la difícil tarea de seleccionar a tres de entre los nueve conjuntos que, ahora sí, competirían en una emocionante jornada final por la victoria.
Cuando se dieron a conocer los nombres de los tres finalistas, en la noche del sábado, la sensación generalizada era que el jurado había realizado un buen trabajo. Pese a que, como ya se ha apuntado al comienzo de esta crónica, el nivel general de esta 15ª edición del BISQC ha sido muy alto, los tres cuartetos que finalmente optaban al gran premio -Kairi, Poiesis y Arete- habían demostrado suficientes virtudes para optar al codiciado galardón. Para la gran final, cada cuarteto debía presentar un programa de no más de 45 minutos con obras de, como mínimo, tres compositores diferentes. Según las reglas de la organización, el programa pretende que los candidatos demuestren tanto sus cualidades interpretativas como su habilidad en el diseño de un programa específico.

Abrió fuego el Poiesis con una propuesta más que sorprendente, al no incluir ninguna obra de la tradición, sino cuatro piezas de otros tantos compositores vivos, algunos de ellos muy jóvenes (Jerod Impichchaachaaha’Tate, Brian Raphael Nabors, Joe Hisaishi y Kevin Lau) y desconocidos para quien suscribe esta crónica (salvo Hisaishi, que es el compositor de la música de las películas del gran Hayao Miyazaki). Se trataba, sin duda, de una apuesta arriesgada, pero el Poiesis salió airoso tanto por la eficacia de las obras, que se dejan escuchar sin problema, como por la fuerza contagiosa de la interpretación, cualidad que parece marca de fábrica de esta joven agrupación. Le llegó después el turno al Kairi, una formación integrada por tres músicos japoneses y uno chino formados en Salzburgo bajo el tutelaje de maestros como Rainer Schmidt (Cuarteto Hagen) o Cibrán Sierra, segundo violín del Cuarteto Quiroga. En atriles, dos movimientos del Cuarteto n.21 de Mozart, un delicado paisaje sonoro de Toru Takemitsu y, como broche de oro, el emocionante y autobiográfico Cuarteto n. 8 de Shostakovich, que recibió una lectura literalmente sobrecogedora por parte de los Kairi. Por último, el Arete presentó tres deliciosos divertimentos para cuarteto de un Britten juvenil, el primer movimiento del Cuarteto Disonancias de Mozart, para terminar con una pieza que ya habíamos escuchado dos veces durante el concurso: el primero de Janácek. Liderados con arco férreo por la violinista Chaeann Jeon, los coreanos volvieron a demostrar que sus lecturas combinan la perfección técnica con un especial fuego interpretativo. Las tres interpretaciones fueron ovacionadas con verdadero júbilo por el público que abarrotaba el auditorio Jenny Belzberg, sin que nadie oudiera decantarse por alguno de los tres finalistas.
El hecho de que el jurado optase por otorgar el primer premio al Poiesis tal vez tuviese en parte que ver con el carácter innovador que desplegó este joven cuarteto de Cincinnati durante todo el certamen, innovación que se extiende a su propia presencia física. Es posible que con ello se quiera demostrar la vigencia y la vitalidad de un género del que siguen brotando ramas a partir de las raíces que papá Haydn estableció hace casi tres siglos con sus inmortales cuartetos. Se trata, qué duda cabe, de una apuesta de futuro, como la que alimenta edición tras edición este fascinante concurso-festival que cada tres años se desarrolla en el majestuoso escenario de las Montañas Rocosas en ese país de las sonrisas llamado Canadá.
Juan Lucas
Fotos: Rita Taylor, cortesía del Banff Centre for Arts and Creativity.


