El cetro de Fritz Reiner

El cetro de Fritz Reiner

Se dice que Fritz Reiner aprendió de Arthur Nikisch a utilizar la mirada para señalar las entradas a los músicos de la orquesta. Los gestos de Reiner sobre el podio eran muy parcos, en parte porque la información pasaba a través de sus ojos. Pero no era la suya una mirada cómplice, auxiliadora, sino todo lo contrario. Si Giulini buscaba los ojos de los músicos para crear empatía, Reiner observaba con actitud intimidatoria e inquisitiva. Su ceño infundía temor y respeto; su silencio fulminaba más que los improperios de Toscanini. Sobre el podio, Reiner recordaba al Gran Hermano de Orwell: un ojo que lo escrutaba todo, que controlaba hasta el mínimo detalle. Nadie estaba a salvo de él. Cuando el director posaba la mirada sobre un músico, lo hacía para dar instrucciones y al mismo tiempo para advertir: “Cuidado, que te estoy viendo”.

Reiner ejercía sobre sus orquestas un control férreo, puede decirse incluso que feroz. Era un hombre de pocas palabras, serio y arisco. Fue el único director que consiguió llevarse mal con Arthur Rubinstein. Leonard Bernstein, que estudió con él, solía ironizar sobre las dimensiones de su batuta. Reiner utilizaba una batutona, una varita de proporciones exageradas cuyo peso dificultaba además su manejo, siempre según Bernstein. El vídeo nos permite apreciarla en toda su magnitud (desde 1’26”) mientras el director, inmutable como una estatua, la mueve de arriba abajo y de abajo arriba. A lo mejor Reiner buscaba que los músicos viesen mejor sus gestos, pero sospecho que el tamaño entrañaba también un cierto simbolismo. Si la batuta era la encarnación de la autoridad del director, a mayores dimensiones, mayor poder. Un cetro, más que una batuta, por si alguien tenía dudas sobre quién mandaba ahí.

Existen ciertas similitudes entre la forma de dirigir de Reiner y de Mravinsky. Ambos abrían poco los brazos; sus gestos eran marcadamente verticales, bastante rígidos y no muy fotogénicos. Su talante sobre el podio era imperturbable, desprovisto de cualquier rasgo emocional. Puesto que los dos llevaban sus orquestas con mano de hierro, esta rigidez y esta verticalidad llevaban quizá implícitas ciertas cualidades jerárquicas, cuasi militares.

La tensa disciplina a la que Reiner sometía sus orquestas no impedía que los músicos le admirasen. Tras formarse en Budapest y colaborar con la Ópera de Dresde, Reiner dio el salto a Estados Unidos en 1922. Allí se hizo con la titularidad de las huestes orquestales de Cincinnati y Pittsburgh, tuvo una presencia asidua en el Metropolitan de Nueva York y culminó su carrera con la “década prodigiosa” al frente de la Sinfónica de Chicago (1953-1963). Bajo su mandato, la orquesta de Chicago alcanzó cotas de deslumbrante virtuosismo y precisión. La parquedad del gesto de Reiner no impedía que sus versiones desprendiesen una intensa energía rítmica, pero sin resultar rígidas ni mecánicas. Su sentido del color y del detalle lograba sobresalientes resultados en autores de lustrosa orquestación –Richard Strauss, Respighi, Ravel, Rimski-Korsakov– y también su Bartók es referencial.

Aun así, sería injusto reducir la grandeza de Reiner a la de un formidable técnico de la dirección orquestal. Reiner era antes que nada un escrupulosísimo estudioso de la partitura: la analizaba en profundidad y, sin perder en ningún momento el sentido global de la estructura, sabía iluminar sus detalles otorgándoles un relieve casi tridimensional. Su cetro se movía poco, pero lo dominaba todo.