Tiempo de gerentes

Los meses previos al verano que concluirá este mes de septiembre han estado marcados en la actualidad de la música profesional por los relevos en las gerencias de tres de nuestras orquestas. Así, en la Sinfónica de Galicia Juan Antonio Cuéllar tomaba el relevo de Andrés Lacasa, en la Sinfónica de Euskadi Roberto Ugarte sucedía a Oriol Roig y en la Sinfónica del Principado de Asturias el propio Roig ocupaba el puesto detentado anteriormente por Ana Mateo.
El nombramiento de un gerente no es algo que suela constituir una noticia más allá del mero entorno de los afectados, es decir, la plantilla de las respectivas orquestas y el medio en el que se mueven los gestores culturales, cada vez más numerosos en un país que ha hecho de su formación uno de los ejes de las recientes políticas en materia de cultura. Pero a veces las cosas son más complejas de lo que parece y de lo que se enseña en los másteres de gestión cultural.
Algunos aspectos de estos cambios pueden ser un buen ejemplo de la realidad del trabajo del gerente de una orquesta sinfónica, de sus dificultades crecientes y de la necesidad imperiosa de que el elegido o la elegida dominen la materia no sólo musical. No se trata simplemente de diseñar la programación de aquella de consuno con su director sino también, y muy en primer lugar, de su organización laboral en el día a día, la del trabajo de un colectivo numeroso que es la suma de pequeñas o grandes ambiciones individuales. Una orquesta es un organismo vivo en el que conviven talentos mejores o peores y, sobre todo, seres humanos con sus alegrías y sus problemas.
Cuando el colombiano Juan Antonio Cuéllar llegó a la Sinfónica de Galicia se encontró con una deuda de millón y medio de euros y la imposibilidad de contratar por falta de liquidez. A su trabajo gestor de ese día a día se une el de resolver problemas económicos impensables antes de acceder a su puesto y que le esperaban como una sorpresa indeseada. Su trabajo fundamental va a ser ahora el de gestionar la escasez y convencer a las grandes empresas de la ciudad para que apoyen económicamente a una orquesta que es uno de los grandes haberes culturales de Galicia. Por eso cuando se recuerda la frivolidad con que determinados medios se referían a los posibles candidatos al puesto, vía las correspondientes y prohibidas filtraciones, no se puede por menos que pensar lo que hubieran durado aquellos aspirantes de papel.
Hay que reconocer al jurado que lo designó el mérito de conseguir que su nombre no apareciera hasta el momento de hacerse pública su decisión y, por otro lado, el soplo de aire fresco que supone la presencia en el oficio de alguien que procede del muy activo panorama musical hispanoamericano.
El caso de la OSPA refleja cierta incompetencia por parte de quienes corrigieron las bases de una convocatoria que dio lugar a que esta se declarara desierta —los que volvieron a presentarse debieran haber tenido el punto suplementario por haber entendido el texto explicativo. Es lo que tiene cuando la política actúa más de la cuenta en esta clase de actividades culturales, que olvida el hueso y se queda en la epidermis.
La elección, a la segunda, de Oriol Roig supone recuperar a un gestor de reconocida solvencia que, además, ha tenido la suerte, la habilidad y la profesionalidad como para salir con buen pie de la crisis que en la Sinfónica de Euskadi generó su entonces titular, Robert Treviño, cuyas maneras autoritarias quedaron de manifiesto en la entrevista que publicamos en el número 411 de SCHERZO.
A Roig lo sustituye en la OSE Roberto Ugarte, procedente de la Orquesta Ciudad de Granada y otro ejemplo, como Roig, de que la veteranía es un grado dada su hoja de servicios. Le tocará un papel fundamental en la elección del sucesor de Treviño. Por cierto, las dos orquestas vascas carecen hoy por hoy de director titular, pues tampoco se sabe nada de la sucesión de Erik Nielsen en la Sinfónica de Bilbao.
Los movimientos en las tres orquestas citadas han puesto de manifiesto la importancia de los gerentes y el creciente papel que sus cualidades no meramente organizadoras —o esas que van más allá de tantos proyectos intercambiables entre sí como se presentan tantas veces a los procesos de selección— han de tener en el desenvolvimiento de su trabajo, desde la financiación hasta su papel de intermediarios en el delicado equilibrio entre el poder político y la empresa cultural a la que deben servir, a veces altamente politizada también por la inevitable —e imprescindible— participación en ella de las administraciones públicas.


