EDITORIAL / El concierto de los conciertos

Cualquier lector habitual conoce, sin duda, el minicuento de Augusto Monterroso cuyo texto se reduce a una sola frase: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Una situación perfectamente trasladable al universo musical si pensamos en el celebérrimo Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena. Ochenta y siete ediciones no han movido su esqueleto sino unos centímetros, sabedores sus organizadores —la propia orquesta— de que lo que funciona no se toca y que, si ha conseguido disimular lo oscuro de sus inicios, bien puede tardar otros tanto en ponerse en sintonía con unos tiempos que, por lo demás, tampoco le han exigido demasiado.
No hay más que pasear la vista por un público convencido de que lo que importa es el marco incomparable y estar dentro de él. Curiosamente, la retransmisión televisiva de este año introdujo, probablemente sin querer, un elemento perturbador: los bostezos de unos chavales que, impecablemente vestidos, parecían aburrirse como ostras en pleno rito iniciático.
La Orquesta Filarmónica de Viena es una institución privada que hace con su concierto lo que le parece y que regula el grifo de la puesta al día a su antojo. Por eso causa un poco de rubor leer o escuchar las exigencias de la cada vez mayor legión de expertos en el evento que piden la presencia de más compositoras en los programas o de una mujer en el podio. Las obras de Josephine Weinlich y Florence Price orquestadas por Wolfgang Dörner incluidas este año no eran nada del otro mundo, lo cual no favorece mucho la causa de quienes queremos escuchar la creación de más mujeres, más veces y en más sitios.
Respecto a lo segundo —la presencia de una mujer en el podio— el estado de la cuestión a día de hoy se puede comprobar en las programaciones de cualquier orquesta sinfónica aquí o fuera de aquí, con una cada vez mayor presencia de mujeres dirigiendo. Y eso importa mucho más que lo que tendría de simbólico la ruptura de una tradición trasnochada convertida en un problema leve. Si se nos permite, no creemos que artísticamente menoscabara el resultado del concierto la elección de maestras como Myrga Gražinytė-Tyla, Joana Mallwitz o hasta una Barbara Hannigan que podría hacer doblete también como cantante, en Voces de primavera, por ejemplo.
Los filarmónicos vieneses tienen, pues, el poder absoluto sobre su concierto —salvo que se confirmara nuestra inocentada del 28 de diciembre del pasado año, probabilidad cada vez menos improbable, por cierto— y han demostrado que son perfectamente capaces de dar un pequeño, pero bien medido salto adelante y que lo que a unos les parece mínimo a otros les resulta enorme.
A la música compuesta por mujeres se ha unido la contratación de un director declaradamente gay —no el único entre los que han dirigido el concierto de los conciertos—, rompedor maestro de ceremonias en el disfrute de un público del que se dijo que participó con entusiasmo inusitado tras su bajada a la arena en la Marcha Radetzky. El mismo público que no deja de afirmar la presencia de un poderío económico ajeno a la esencia del arte que contempla. Antes, Nézet-Séguin había recuperado las rancias y celebradas costumbres del silbato del tren y la gorra del jefe de estación, una muestra de dónde estaba en realidad y un aviso para navegantes ingenuos.
El Concierto de Año Nuevo ha sido a lo largo de su historia una sucesión de momentos memorables, ha situado a los Strauss y adláteres a esos niveles de genialidad que también corresponden a músicas hechas pensando en la ligereza festiva y en la hondura atemperada, maravillosamente hechas casi siempre, fruto de una época tan de crisis como la nuestra en realidad. Pero también se trata de una de las obras maestras de la moderna mercadotecnia, capaz de superar a la chita callando sus orígenes, de seguir siendo el lugar que tantos aficionados, conspicuos o laxos, consideran la meca de sus aspiraciones mientras se divierten sin más, en camisón o en pijama. Luego, los discos o las plataformas, es decir, lo que quedará para el futuro mientras produce pingües beneficios en el presente, rematarán la faena.
Como un viejo animal político que viera pasar el tiempo sentado a la puerta de la Musikverein, la Filarmónica de Viena sabe que el trote de los caballos que tiran de los coches para turistas es el mejor de los tempi posibles y que aquí no caben sobresaltos. Der walzer nunca será La valse. ¶


