DRESDE / La Staatskapelle Dresden inaugura su temporada 2026-2027 con Daniele Gatti y la ‘Sexta sinfonía’ de Gustav Mahler

Dresde. Semperoper. 1-IX-2026. Sächsische Staatskapelle Dresden. Director: Daniele Gatti. Gustav Mahler: Sinfonía nº 6.
Fundada en 1548, cada nueva temporada que la Staatskapelle Dresden suma a tan venerable historia nos hace más conscientes de la importancia que este tipo de instituciones tienen en un continente, Europa, cuyos políticos, ciudadanía y medios de comunicación deberían conocer en profundidad y poner en valor este tipo de monumentos culturales: una de nuestras más íntimas razones de ser en un mundo —como afirmaba Ignacio Ramonet— sin rumbo.
Es, por ello, que poder asistir al programa inaugural de la temporada 2026-2027 de la principal orquesta sajona es un siempre un acontecimiento; máxime, si éste tiene lugar en la sede de la Staatskapelle, la histórica Semperoper; con su director titular al frente, Daniele Gatti; y con una partitura sobre los atriles como la Sinfonía nº 6 en La menor (1903-1904, rev. 1905) de Gustav Mahler, interpretada por la orquesta alemana con un nivel de excelencia apabullante y con algo que la Staatskapelle ha sabido mantener a lo largo de los siglos: una personalidad propia como orquesta que la diferencia de cualquier otra, cuestión que cada vez deberíamos valorar más en un mapa orquestal tan dado, como nuestras propias calles, a un sonido globalizado que, al modo de una franquicia cultural, es exportable de un lugar a otro, sin encontrar las identidades diferenciales que otrora mostraban las orquestas de Berlín, Londres, Cleveland o San Petersburgo en las legendarias grabaciones de los Furtwängler, Klemperer, Szell o Mravinsky, por poner tan sólo cuatro ejemplos de entre los muchos que hasta hoy nos han llegado gracias a dichos documentos fonográficos (identidad en el sonido que, sin embargo, sí han sabido desarrollar muchos ensembles de música contemporánea y agrupaciones de música antigua, en las que esa personalidad aún parece importar).
Y es que, como afirma el director austriaco Manfred Honeck en su interesantísima entrevista con nuestro compañero Pablo L. Rodríguez, «las orquestas deberían conservar su propia identidad», pues —prosigue Honeck— «si el sonido se globaliza, ¿para qué salir de gira si todas las orquestas tocan igual? Hace falta algo especial». Sin duda, la Staatskapelle mantiene ese «algo especial» que se refuerza por su propia sala de conciertos, una Semperoper de impresionante acústica, con la combinación justa de energía y transparencia que hace de la Staatskapelle una orquesta con una cualidad camerística impecable, al mismo tiempo que un organismo de una fuerza arrolladora: identidad musical construida, muy especialmente, desde una cuerda que hizo a tantos directores, como Herbert von Karajan o Carlos Kleiber, desplazarse a la antigua RDA para grabar con la Staatskapelle algunos de sus discos más memorables.
En esa venerable tradición de la Staatskapelle figuran dos directores titulares con una carrera especialmente ligada a Gustav Mahler, como Giuseppe Sinopoli y Bernard Haitink, si bien ninguno se prodigó en exceso discográficamente con la orquesta sajona en las partituras del bohemio, mucho más abordadas por ambos con la Philharmonia Orchestra, la Concertgebouworkest de Ámsterdam o la Filarmónica de Berlín, agrupaciones que, junto con la Filarmónica de Viena, están entre las de más sólida tradición mahleriana. Ello no quiere decir que la Staatskapelle no nos pueda dejar un Mahler descollante, y su concierto de apertura de la temporada 2026-2027 fue un perfecto ejemplo, con una Sexta sinfonía a la altura de lo mejor que conozcamos.

De este modo, en el comienzo del Allegro energico, ma non troppo Daniele Gatti nos ofreció un respeto impecable a las indicaciones de Mahler, sin irse a la velocidad desenfrenada del último Bernstein (DG, 1988) ni a la hipertrofiada lentitud de un Barbirolli (EMI, 1967). Otra cuestión evidente desde el inicio de esta interpretación fue el equilibrio de la Staatskapelle y su enorme energía, al punto de que Daniele Gatti, un director de impetuoso carácter, tuvo que aplicarse para contener a sus músicos y pedirles algo más de relajación en las dinámicas, pues su ataque resultó, desde los primeros compases, de un brío impactante, redoblado por la acústica tan directa de la Semperoper, gracias a la cual intervenciones más delicadas en este primer movimiento, como las de la celesta o el primer violín, sonaron con total transparencia.
Y es que, en global, la de Daniele Gatti ha sido una Sexta enfática, plena de carácter y trágicas premoniciones desde su inicio, pero muy atenta al detalle, con unos episodios de suspensión de tempo y dinámicas realmente amenazadores, con trompas de perfecto fraseo, técnica impecable y una afinación que revela ese ya citado sonido propio que hace de los metales de la Staatskapelle unos instrumentos de sonoridad tan sólida como cargada historia. En este sentido, es destacable cómo secciones de la orquesta, como sus segundos violines, que presentan una media de edad considerablemente más baja, mantienen esa misma identidad sonora del conjunto, redundando en la unidad de una Staatskapelle que nos dejó un final del Heftig, aber markig acongojante por su poderío en el metal grave y el énfasis que Daniele Gatti imprimió desde el podio.
El orden de los movimientos centrales de la Sexta sinfonía de Gustav Mahler es una de las decisiones más importantes que ha de tomar cualquier director que aborde esta partitura. En el caso de Daniele Gatti, el milanés optó en Dresde por la secuencia que me parece más convincente y que mejor contraste e impacto concede a la irrupción del Finale, situando la Staatskapelle como segundo movimiento el Scherzo. Su entrada resultó aún más marcada y con mayor impulso que la del Allegro energico, siendo uno de los movimientos más perfectos en esta versión sajona. El fraseo y la relevancia que Gatti concede a los temas que se desarrollan en el Scherzo es ejemplar, como esas dos líneas que, según Alma Mahler, representan a sus dos hijas jugando, dando aquí Gatti más espacio a la subjetividad y al rubato, dentro de una lectura, en global, muy homogénea y sin caprichos en cuanto al tempo.
Otros detalles de fuerte personalidad en los sucesivos motivos del Scherzo, desarrollado con gran refinamiento y sutilidades, los dejó el metal con sordina o una imponente tuba, redondeando una sección que ha sonado en el segundo movimiento como una auténtica fantasmagoría, refrendando el carácter trágico asociado a esta sinfonía. En un acusado contraste con dichas partes más lentas, espectrales y amenazantes del metal, los compases más rápidos los lanzó Daniele Gatti a tumba abierta, confiado en una orquesta infalible que muestra una seguridad en sí misma más que evidente, por lo que los diferentes ambientes del Scherzo se vuelven a multiplicar con una poderosa carga dramatúrgica. Esa sensación de amenaza y temblor se redobló en el final del segundo movimiento, con unas maderas soberbias, así como con unos contrabajos cuyo sonido me parece de los más distintivos de la orquesta, tan marcado, denso y electrizante, convirtiéndose en base del pausado fraseo con el que la Staatskapelle rubricó el Scherzo.
Antes de atacar el Andante moderato, Daniele Gatti hizo un gesto a su concertino y a los primeros violines de que quería en este tercer movimiento un sonido con más énfasis, cantabile y legato: características que han marcado la interpretación de un Andante muy medido en su indicación de velocidad, sin elongaciones edulcoradas ni una premura excesiva. Un punto medio, nuevamente, que Gatti redobla en expresividad pidiendo a sus violines mayor vibrato para ganar un color que, de por sí, la Staatskapelle desborda por la calidad de su cuerda y su fraseo tan unificado, cual primera voz del gran cuarteto de cuerda en el que la orquesta sajona se convierte en este movimiento.

Nuevamente, la primera trompa nos deja una lección magistral, demostrando que la actual Staatskapelle es una orquesta de auténticos solistas, con unos metales que, como pedía Sergiu Celibidache en 1992 a las trompas de los Berliner Philharmoniker al ensayar su legendaria Séptima de Bruckner, prolongan los arcos de las cuerdas, para así compactar el sonido de la orquesta y su respiración unitaria. Dentro de esa fuerte cohesión, las pausas antes de atacar los clímax del Andante fueron marcadas con carácter y una mayor suspensión por parte de Daniele Gatti, lo que confiere más empaque y verticalidad a los sucesivos ascensos del héroe de la sinfonía mahleriana hacia esas cumbres de la existencia y la naturaleza que tanto gustaban al propio Mahler. Tras ese primer clímax no resuelto del Andante moderato, en el segundo dicha lentitud en la preparación del ascenso quizás resultó algo pausada de más.
En todo caso, la culminación de dicho clímax fue ejemplar, tanto en su inflamado lirismo como en el encadenamiento de los motivos ländler que se van diseminando o en la presencia de los cencerros, que me han recordado a la imponente versión (especialmente, en este Andante moderato) de Riccardo Chailly al frente de la Concertgebouworkest (Decca, 1989). De hecho, en el manejo del fraseo, en la intensidad y en la convicción del propio Gatti al frente de su orquesta, no es difícil ver que el director milanés interioriza este movimiento como lo que realmente está viviendo cuando al frente de la Staatskapelle se pone en la Semperoper para dirigirlo: un momento cumbre de su propia existencia. Transmitir, como lo ha hecho, esas sensaciones al público, es una garantía de que la experiencia musical sería tan positiva como lo fue entre quienes nos sentábamos en las butacas de la ópera de Dresde.
Aunque el contraste tan acusado que supone la irrupción del Finale tras el Andante es una de las mejores bazas para optar por la secuencia que prefirió Daniele Gatti en los movimientos intermedios, curiosamente antes de atacar dicho Finale dejó una mayor pausa que la habilitada entre los movimientos previos, con lo cual ese impacto inicial no fue tan contundente (aunque tiempo habría para la inclemencia de los sucesivos golpeos del destino en este Finale, con sus dos imponentes golpes de martillo).
Asimismo, hay que destacar el buen balance que en el Finale crea el emplazamiento de las dos arpas y la sección de contrabajos enfrentadas en los extremos del escenario, triangulando con otros instrumentos de la orquesta, como las percusiones, constantes pulsos y señales que confieren riqueza a un movimiento en el cual, por cómo Gatti enfatiza los acordes del metal, se escuchan ecos no siempre tan evidentes del sinfonismo bruckneriano en la música de Mahler, muy sugerentes y perturbadores en el Finale. También algo de Bruckner tiene la mayor lentitud que aquí Gatti nos dejó en muchos de sus pasajes iniciales, ganando así en claridad y transparencia la Staatskapelle, aunque algo más de velocidad y contundencia no se le hubiese reprochado al director italiano.
Sin embargo, por cómo Gatti estructuró en tempo y dinámicas el desarrollo del Finale, es evidente que esa lentitud forma parte de un sentido dramatúrgico muy calculado y de una estrategia para que su posterior aceleración de las partes más agresivas ofrezca un contraste acusadísimo. Digamos, por tanto, que Daniele Gatti no quiere derribar al héroe de la sinfonía mahleriana tan pronto, jugando con él de forma maquiavélica y dejando momentos de una ferocidad implacable, asumiendo y transformando el Finale la exaltación previa del Andante, por lo que éste resulta muy consecuente con el orden de los movimientos intermedios, reforzando la dicotomía entre lo diabólico y la plenitud vital, en la que el lirismo expresado por Gatti en el tercer movimiento nos hizo pensar en Alma Mahler y su protagonismo en las sinfonías Quinta y Sexta de su esposo.

Con destellos de alta personalidad en celesta y maderas, alcanzamos el primer golpe de martillo, cuyo clímax fue bien construido, desencadenando una exuberancia orquestal impresionante, plena de convulsión y expansión cromática, muy orgánica y con una cuerda que acongoja por su ataque tan seco, en un staccato que refuerza el eco percusivo del martillo: unión de impacto, a través de la masividad, y precisión camerística que se refuerza con un pulso rítmico muy firme y unitario, aspecto en el que hay que felicitar a Daniele Gatti por su trabajo tan sólido durante todo el concierto.
El segundo golpe de martillo (cuyo percusionista se emplazó tras los trombones, a la derecha del escenario) desencadenó otro episodio análogo, destacando aquí el dúo de arpas y el continuo que tienden con cuerdas, maderas y trompas; metales, estos últimos, que por la acústica de la Semperoper parece que estuviesen proyectados electroacústicamente, por cómo circula su sonido desde la izquierda del escenario, envolviéndonos y mostrando, de nuevo, la añeja y bella sonoridad de sus instrumentos. En esa sección del Finale, tan sólo al concertino se le podría pedir un poco más de volumen e intensidad, pues sonó algo parco, pero de nuevo las arpas elevaron el nivel con un sonido tenebroso, que parecía remedar una guitarra infernal.
Obligado es aquí mencionar, asimismo, al timbal, firme base rítmica y energética que en la percusión se culminó con los tres platillos espacializados para crear una mayor sensación de inmersión acústica, asumiendo los percusionistas la misma síntesis de precisión y fuerza que comparte toda la Staatskapelle. Con un Daniele Gatti de total control en el final de la sinfonía, los coros de metales, antes del mazazo definitivo, sonaron especialmente lúgubres y derrotados, con gran expresividad, dejándonos el último golpeo un final irreprochable, excelente de nuevo en la cavernosa hondura de los contrabajos y en el progresivo camino hacia la desolación y el silencio del timbal.
Como se podrán imaginar, una interpretación de tal calibre puso en pie al público de la Semperoper, que brindó a director y orquesta una larguísima y merecida ovación, pues su comienzo de la temporada 2026-2027 no hubiese podido ser más brillante. Suerte, la de quienes en Dresde podrán seguir, programa a programa, a la que, por lo escuchado el pasado 1 de septiembre, sigue siendo una de las mejores orquestas del mundo.
Paco Yáñez
(Fotos: Oliver Killig – Staatskapelle Dresden)


