¿Dónde estás, oremus?

¿Dónde estás, oremus?

Arthur Rubinstein, de cuyo talento supongo que no caben dudas, comentaba, repasando su juventud, algunas cosas muy ilustrativas sobre la importancia del estudio y el esfuerzo en el mundo de la interpretación musical. Decía el gran pianista polaco que en su juventud saboreaba, ebrio de hedonismo, todo aquello que la vida le ofrecía. Vino, mujeres y canción, que se dice. Estudiar…. más bien poco. Pero, con su fina ironía característica, declaraba que, cuando fue por primera vez a Estados Unidos, se dio cuenta de que los americanos “deseaban escuchar todas las notas por las que habían pagado”, algo que, naturalmente, no respondía a la realidad del nivel de la ejecución que aquel superdotado Rubinstein, estudiando menos que lo justo, ofrecía en ese momento. Hizo examen de conciencia y pensó que, el día de mañana, quizá sentiría vergüenza de no haber hecho lo necesario para responder a lo que de él se esperaba. Así que se encerró a estudiar, y el nivel de sus interpretaciones cambió de manera considerable. Las grabaciones muy primerizas y las de poco después del ‘encierro’ dan testimonio del cambio. Rubinstein dejaría años después otro aserto que lo dice todo: “Si dejo de tocar un día, lo noto yo; si lo dejo dos, lo nota mi familia, y si lo dejo tres, lo nota todo el mundo.”

Más recientemente, con ocasión del memorable recital que Krystian Zimerman ofreció para SCHERZO con los Preludios de Debussy, recuerdo una declaración suya diciendo que llevaba diez años trabajando aquellas obras. De otro superdotado como Sviatoslav Richter se decía que podía estar dos horas ensayando un simple trino. Lamentablemente, entre los muchos desatinos que nos ofrece la sociedad actual, hay uno que resulta especialmente perverso en su traicionero y engañoso propósito. Es un coctel presidido por la facilidad e inmediatez, y aderezado con grandes cantidades de mercadotecnia. No importa que el mensaje resultante sea falso, no importan el engaño o la manipulación. En las últimas décadas ha ido penetrando en el mundo un persistente mensaje que abomina, unas veces de forma subliminal y otras con insultante descaro, de la cultura del esfuerzo. En el mundo de la música clásica se pretende olvidar el enorme esfuerzo que se requiere para llegar a interpretar con buen nivel una obra, y el nada desdeñable que se necesita, incluso a nivel de simple aficionado, para asimilar con un mínimo de profundidad su escucha. El engaño ha decidido que la música clásica es de esas cosas en cuya esencia se puede penetrar en un abrir y cerrar de ojos. Esa facilidad vale para todo, para el público y para quienes quieren ir un poco más allá en su implicación.

Al público ya llevamos años dándole dosis vomitivas de populismo musical, desde el infausto Waldo de los Ríos hasta el inefable Luis Cobos, apodado por el firmante como Luisito Ponecajas, algo que a buen seguro recordarán mis lectores más veteranos. En los últimos tiempos, supongo que por algún pecado terrible, nos ha caído esa penitencia llamada James Rhodes, presunto pianista y pretendido divulgador, que acaba de presentar otro libro y que se ha descolgado con un par de afirmaciones verdaderamente estupefacientes. Este astuto ciudadano por las mañanas suelta una chorrada y por las tardes la pasa a limpio. La primera de las perlas es que “se puede aprender a tocar un preludio de Bach en seis semanas, dedicando cuarenta minutos al día”. Claro, esto de tocar el piano es una fruslería. Quienes han (hemos) estado años estudiando la materia y sudando tinta con horas de estudio deben (debemos) ser sin la menor duda una banda de torpes, y el señor Rhodes debe tener un talento que no es que sea superior, es que deja a los ilustres nombres antes mencionados en mantillas. Tras la primera parte del show de este vendedor de motos sin ruedas y creador de pianistas sin esfuerzo, del tipo de adelgace sin dieta y esas cosas, viene el pretendido divulgador, el desmitificador de compositores. Y ante una inteligente (?) pregunta sobre con qué compositor se iría de copas, declara que con Bach, porque “bebía y tuvo veinte hijos, y se lo pasó muy bien”, mientras que “Chopin era un poco gilipollas” (https://www.eldiario.es/cultura/Rhodes-semanas-aprender-preludio-Bach_0_955405472.html). Con un par, oye. Y claro, como le hace falta poco para venirse arriba, Rhodes remata la faena de la facilidad llevándola al ámbito literario: “cada día escribes mil palabras, que es algo razonable, y en tres meses tienes un libro”. O lo que es lo mismo, cuatro libros al año. En una década has parido el Espasa. Y Pérez Reverte o John Grisham, por mencionar dos autores que producen libros a bastante velocidad, con aquellos pelos. Bien es verdad que no dice si el libro que produces es bueno o malo. Pero qué tonto soy. Se me olvidaba que eso, en el fondo, no importa. Es parte del malvado engaño. Lo peor del caso de las chorradas de Rhodes es que hay quien se las cree. Pero como cuando se quiere caldo viene con generosidad taza y media, a esa mezcla de perversión mercadotécnica y distorsión del mensaje se están sumando otros, lo cual es el peor (para ellos el mejor) signo posible de que la maniobra está teniendo éxito en el adocenamiento del personal.

En estas mismas líneas se recogía hace poco la noticia de que el tenor Jonas Kaufmann ha puesto en marcha un curso de canto por internet, al módico precio de 89 € que, mecachis en la mar, solo está en alemán (https://www.meetyourmaster.de/de/kurse/jonas-kaufmann-lehrt-gesang). Pero no se preocupen, esforzados lectores. Teniendo en cuenta que se aprende a tocar a Bach en un pispás y que escribir un libro es una fruslería de nada, calculo que el alemán lo dominan ustedes, que son mucho más inteligentes que la media, en un tres por dos, en un abrir y cerrar de ojos, en un suspiro. Vamos, un par de semanas a veinte minutos al día y antes de que se den cuenta están ustedes hablando alemán mejor que Goethe, y no precisamente en la intimidad. Y luego hala, a aprender a cantar con Kaufmann. Eso sí, creo que la lección servirá para la ducha, porque el tenor declara que la ópera… “cuesta un poco más”.  No sabemos si es un poco más de tiempo o unos pocos más… euros. ¿Dónde estás, Oremus? Te hemos perdido y de momento no tenemos pistas para reencontrarte. Me veo llamando a Lobatón.