De Proust a Beethoven

De Proust a Beethoven

Hay numerosas menciones a músicas y músicos –reales como Wagner o inventados como Vinteuil– en la obra proustiana. A menudo traslucen a un melófilo, a un apasionado del arte sonoro, muy seguro y excluyente en sus gustos, como todo afecto genuino. A veces, sus juicios tienen apoyo en el saber técnico, sin duda debido en gran medida a su amistad con Reynaldo Hahn. Una síntesis de ambas vertientes hallo en la página de Sodome et Gomorre (I) que de seguido comento.

Se lee en ellas una mención a “esas frases interrogantes de Beethoven, indefinidamente repetidas, de intervalos iguales y destinados –con un exagerado lujo de preparación– a llevar hacia un nuevo motivo, una modulación, un retorno”. La cursiva es de Proust, que emplea la palabra rentrée. Más de una vez la usamos también en español, especialmente tratando de algo musical. La descripción del recurso beethoveniano es pertinente, precisa y sagaz. En efecto, en el Gran Sordo es frecuente esa suerte de vacilación melódica que se lee en una obstinada percusión, como si le ‘costara’ decidirse o no hallase la forma correspondiente a la idea. Es que no hay ideas en la música que no fragüen en una forma. Tampoco las hay en las palabras. Proust está pensando en Proust mientras nos habla de Beethoven.  

Para más de un comentarista, este no era muy dotado en materia melódica. Stravinsky, por ejemplo, tan rasante como habituaba a ser, lo descalifica completamente en la materia. Incluso se permite aconsejarle, si cabe, que repase a Bellini. No comparto este radicalismo. Hay en Beethoven tanto felicidades de canto memorables –un solo ejemplo: el allegretto de la séptima sinfonía– como asimismo hay ejercicios proustianos donde parece hurgarse en busca de la solución al punto de encontrarla tal si hubiese estado oculta, solapada, tal vez secretamente acechante en la insegura vacilación que la precede. Es como si lo amorfo de la búsqueda fuese una forma en sí misma que encapsula a la siguiente invención. Inventar: dar con lo no perseguido, es decir: dar con lo perseguido inconscientemente.

Proust se ha detenido en este punzante episodio beethoveniano porque, según ya lo anoté, él mismo se detiene para inventar. De ahí sus encabalgamientos que se suelen señalar como rasgos de estilo y habilidades sintácticas –que lo son– pero que no se quedan en esa suerte de virtuosismos proclives a la admiración. También son admirables, pero no están puestas allí para que el lector suelte un suspiro y se quede boquiabierto. El escritor y el músico no exhiben tales virguerías para acreditar una mera y astuta sapiencia. Están estructurando su discurso, están trabajando desde una lógica compositiva. Una frase melódica con su borrador introductorio, un párrafo pródigo en oraciones subordinadas o coordinadas van desarrollando un logos. Sin proclamarlo, el buen arte piensa. Con secuencias armoniosas de notas o palabras nos está diciendo siempre algo, sea efable o inefable. Por eso Proust va en busca de Beethoven hasta describir un encuentro. Su novela se titula Recherche y es paralela al ricercare de la música. ¿Son, en este sentido, el mismo arte? Lo sé pero no contesto.