De discos y plataformas

De discos y plataformas

Cuando en 1931 Federico García Lorca grabó al piano con La Argentinita sus Canciones españolas antiguas, manifestó claramente que el gramófono era una utilísima manera de conservar el patrimonio musical de un pueblo. Hablamos de todavía casi la prehistoria de la fonografía y, a pesar de lo aún precario de sus procedimientos, el disco poseía un enorme valor potencial que el tiempo se encargó de confirmar sobradamente: vivió un auge extraordinario, se codeó con el libro como transmisor de cultura y, al contrario que este, se inmoló a sí mismo en una suerte de suicidio por éxito que se consumó en buena medida con la llegada de las plataformas digitales.

Hoy el disco sigue siendo un extraordinario vehículo de cultura que cifra en su realidad física buena parte del amor que muchos aficionados siguen sintiendo por él. La casi impensable resurrección del formato en vinilo, bien es verdad que sobre todo en el dominio del rock y el jazz, sirve para abundar en la idea, que compartimos como no puede ser de otra manera, de que el soporte físico sobrevivirá, aunque sea lejos de los fastos que antaño lo rodearon y hasta ahogaron su industria como resultado de una falta de visión de futuro. Un disco, y por eso también su conversión en una música directamente accesible, es una obra que implica el talento de muchas personas y que responde a un proyecto artístico. Por eso es absolutamente imprescindible otorgar a ese trabajo toda la importancia que pide para ser plenamente disfrutado. Es, ni más ni menos, un instrumento de cultura, no solo un entretenimiento efímero.

La aparición y el desarrollo de las plataformas digitales que —a pesar de que algunas firmas discográficas, cada vez menos, no las acepten—permiten por mucho menos de lo que cuesta un disco escucharlo casi todo, se imponen ante el consumidor de música, también clásica, con una fuerza imparable. La calidad de su producto, como la de sus equipos receptores crece constantemente, la amplitud de su biblioteca recoge casi todo lo nuevo y permite al consumidor estar al día a un golpe de clic. Es verdad, por otra parte, que debe mejorarse la información sobre el producto, eso que los libretos de los discos incluyen siempre, e ir aún más atrás a la hora de acumular referencias que permitan seguir la evolución de la interpretación del repertorio clásico. Mientras no incorporen esos datos fundamentales, las plataformas no acabarán de cumplir con un servicio verdaderamente capaz de convertirse en alternativa real a la discoteca de toda la vida. Todo ello, naturalmente, habrá de suponer un coste adicional para los abonados, pero también es cierto que, como en la calidad de sonido, el aficionado a la clásica no suele ser cicatero a la hora de valorar esa información no ya necesaria sino a la que está acostumbrado desde siempre.

Y no será cuestión de las plataformas sino de los guardianes del patrimonio común procurar que este sea preservado en condiciones de accesibilidad presente y garantías futuras. Es un debate permanente desde hace tiempo el papel que las instituciones deben jugar en el almacenamiento y consulta de materiales que no se comercializan en soportes físicos. Es decir, la posibilidad de que esas mismas instituciones dispongan de acceso a esas plataformas para, a su vez, ponerlas a disposición de los usuarios de sus servicios. A esas bibliotecas y discotecas públicas (pocas, desde luego, estas últimas) que no tienen ni sitio ni presupuesto para compras se les abre la posibilidad, como sucede con las publicaciones periódicas en papel, de suscribirse a un servicio que las propias plataformas deben facilitar en las condiciones que decida una buena colaboración con las distintas administraciones.

El debate acerca de la convivencia entre discos y plataformas digitales lleva tiempo abierto y su presunto desenlace oscila entre el derrotismo hacia los primeros y la entrega inevitable a las segundas. Ni una cosa ni otra. Seguramente el mayor problema lo tendrán las firmas discográficas pequeñas, independientes, irreductibles, con escaso poder para negociar compensaciones. Pero también ellas poseen una flexibilidad, un realismo en lo económico y una ilusión en lo artístico que debiera permitirles, mientras ponen su producto en las plataformas, hacer que el verdadero aficionado se enamore de él porque los discos han sido, siguen siendo y seguirán siendo parte de esa vida en el arte que solo se vive una vez.

(Editorial publicado en el nº 380 de SCHERZO, de enero de 2022)

[Foto: PxHere]