Scherzo | CRÍTICAS / DAROCA / Vilas y Caumont expulsan demonios, por Andrés Moreno Mengíbar

DAROCA / Vilas y Caumont expulsan demonios

DAROCA / Vilas y Caumont expulsan demonios

Daroca. Iglesia de San Miguel. 7-VIII-2022. Pascal Caumont, voz. Manuel Vilas, arpa de dos órdenes. Obras de canto llano, Bruna, Nasarre, Lorente, Cabezón, Brocarte y Fernández Palero.

Cuarenta y cuatro años de existencia continuada hacen de los cursos y festival de Daroca la cuna indudable de la que han salido centenares de alumnos e intérpretes de música antigua en España. De hecho, muchos de los que este año son intérpretes de los conciertos fueron en su momento alumnos y vuelven a encontrarse con el fantástico ambiente impregnado de música de esta ciudad aragonesa. Se cumplen este año los noventa años del fundador de todo esto, Pedro Calahorra, a quien tanto debe la recuperación del patrimonio musical aragonés junto al también venerable José Luis González Uriol, aún a pie de obra en los conciertos. El mismo que se puso al frente del órgano de la Colegiata de Santa María el día 6 para homenajear a Calahorra en una solemne reconstrucción litúrgica de unas Vísperas de Nuestra Señora con todos sus perejiles, esto es, coro, ministriles, órgano, canto llano y polifonía.

Al día siguiente, en la iglesia de San Miguel, Manuel Vilas ofrecía su última vuelta de tuerca a su desbordante imaginación, un programa basado en el uso de la música en los rituales de exorcismo en la España de los siglos XVI y XVII. Con una fundamentación documental inapelable y su capacidad para hilar manuscritos y obras olvidadas, se fueron sucediendo, con sus imprescindibles explicaciones, piezas de canto llano y piezas para el arpa de dos órdenes española. Para los salmos e himnos gregorianos prescritos por el ritual para expulsar demonios, duendes, espíritus, plagas y tormentas, se contó con la voz de Pascal Caumont. Especialista en el canto tradicional occitano, ofreció una interpretación como la podría haber hecho cualquier sacerdote o chantre de la época, con su voz particular y según las tradiciones de canto de su ámbito geográfico. Así, Caumont, con su voz natural pero con un punto de impostación y con una afinación inmaculada (lo que no es nada fácil sin otro referente y en piezas como el Lucis creator optime de la catedral de Granada, llena de modulaciones complejas) llevó a su terreno occitano la enunciación, con ligeros toques de ornamentación a base de pneumas y melismas en el final de algunas frases.

Manuel Vilas, aprovechando que algunos tratadistas ensalzaban el arpa como el instrumento que más podía zaherir al Maligno y obligarlo a abandonar el cuerpo de los posesos, abordó algunas piezas de gran interés, como el Tiento de falsas de primer tono de Pablo Bruna (“el ciego de Daroca”) o su propia intabulación del himno Tibi Christe Splendor Patris de Victoria, con una naturalidad excepcional a la hora de exponer todas las voces con claridad, con el tactus apropiado para cada pieza, con sutiles juegos con las dinámicas y sabiendo encontrar el tempo justo para cada pieza, haciendo, por ejemplo, que la Obra de quinto tono de Antonio Brocarte sonase como una danza y que el Minué del diablo saliese de sus manos con toda la gracia y la delicadeza dieciochescas. Al final no me queda claro que con estas músicas y estas interpretaciones Lucifer quisiera abandonar a sus atribulados poseídos.

Andrés Moreno Mengíbar

(Foto: Federico Mantecón)