Cuarteto Tarkovsky: la belleza de lo desconocido

Cuarteto Tarkovsky: la belleza de lo desconocido

Leo a Andrei Tarkovski (1932-1986): “… para mí no hay duda de que el objetivo de cualquier arte que no quiera ser ‘consumido’ como una mercancía consiste en explicar por sí mismo y a su entorno el sentido de la vida y de la existencia humana. Es decir: explicarle al hombre cuál es el motivo y el objetivo de su existencia en nuestro planeta. O quizá no explicárselo, sino tan sólo enfrentarlo a este interrogante”. Pertenece esta cita al capítulo titulado El arte como ansia de lo ideal, de un libro que Tarkovski completó muy poco a poco a lo largo de década y media, junto con Olga Surkova, Esculpir en tiempo (Rialp, 1996, traducción de Enrique Banús Irusta). ¿Habrá que aclarar que no es necesario el logos de la palabra para explicar “el motivo y el objetivo” de nuestra existencia aquí? ¿Habrá que explicar que por ahí es preciso buscar el sentido de que un grupo de cuatro espléndidos músicos se haga llamar Cuarteto Tarkovsky?

Hay un capítulo en el libro de interés acaso más inmediato (no necesariamente mayor) para el público de SCHERZO, el titulado Sobre la música y los ruidos. Digamos antes, por nuestra cuenta y sin compromete a nadie, que probablemente hay dos tipos de cineastas ante la música: Buñuel y su a-musicalidad, aunque la use como ruido y hasta como situación dramática cuando se tercia, como se usan tanto los diálogos elegantes como las voces de la calle; Kubrick, el melómano, que pintó literalmente de músicas de época películas como Barry Lyndon, o que hizo lo que ustedes bien saben con Richard Strauss y Johann Strauss en su film 2001, y así hasta la secuencia de músicas sin pausa de Eyes wide shut, o desde aquella Naranja mecánica, con su Rossini, su Beethoven, su Elgar. Tarkovski no está en medio, Tarkovski nunca es equidistante de nada. La equidistancia es propia de quien no tiene camino ni objetivo, y por ahí suelen pasarle (por encima) los caminos y objetivos de los demás. Lo que tiene Tarkovski es una distancia, y a esa distancia está su mundo, en el que hay imágenes y en el que hay ruidos. Y música, cuando se tercia; y no siempre se tercia. Tal solo siete largos consiguió hacer Tarkovski, desde La infancia de Iván (1962) hasta Nostalghia y Sacrificio, las últimas, las que ya no consiguió hacer en la URSS. En medio, dos monumentos insuperables, Andrei Rubliev (1966) y Stalker (1979). Añadan dos joyas más: Solaris y El espejo. Esto nos permite ligar una nueva cita de aquel libro: “… la música puede introducir en el material ciertas entonaciones líricas, que surgen de la experiencia del autor. Así, en El espejo, una película biográfica, la música en muchos casos está tomada de la propia vida, es una parte de la experiencia interna del autor; es un elemento importante para la configuración del mundo del héroe lírico en esta película.”

Atención: de la propia vida… Eso sugiere mucho. No es que diga o afirme, es que sugiere, sobre todo eso. Y todo ello nos permite introducirnos en el objetivo artístico y la sensibilidad del Cuarteto Tarkovski. Porque Tarkovski no es invocado aquí por la música de sus filmes, sino por eso, por su sentido artístico, y ese sentido lo persiguen François Couturier (piano, y yo diría que algo líder, y que me perdonen sus compañeros si no lo ven así, hoy día nunca se sabe); Anja Lechner (excelente al violonchelo como voz y como acompañamiento); Jean-Marc Larché (saxo soprano, a menudo la voz cantante en el  auténtico sentido de la palabra: no siempre, los otros también cantan); Jean-Louis Matinier (ese acordeón que Matinier se las arregla para que muchas veces suene como otra cosa porque así lo requiere la página, el momento). El pasado viernes, día 18, este singular cuarteto (singular por los instrumentos, insuperable por sus propuestas) ofreció uno de sus conciertos sin pausa; con la fermata propia que se da entre copla y copla, entre canto y canto, entre movimiento y movimiento. Pero esa mezcla de músicas propias que se fingen anónimas, de músicas antiguas que se estilizan (Vivaldi, qué sé yo más), de líneas propias que tienen que ver a veces con el minimal (Urga, del mismo Couturier: minimal, al menos en el ostinato más obstinado que se pueda escuchar, mientras por encima se recrea Larché, canta Lechner, responde Matinier lo mismo con línea que con graznidos, a veces legato, a menudo staccato, o no sé si con pequeñas ráfagas de células, ya que no motivos). La sensación es que esto no es un concierto de esa música que no sabemos si llamar contemporánea, clásica, culta; y la sospecha de que estamos ante una jam session. De la jam session tiene la continuidad y la apariencia de espontaneidades; del concierto tiene lo fijo de la partitura que tal vez permite algún ad libitum, cadencia libre o limitada improvisación. No se mezcla el jazz con el clásico, algo peligroso y que no suele llevarte muy lejos, porque ya están bien por separado y cada uno da lo suyo sin necesidad de híbridos. Pero se toma el espíritu del jazz, y no solo de Tarkovski. El jazz es algo demasiado universal para dejárselo a las gentes de Nueva Orleans o Chicago. O para dejarlo en los tabanques y covachuelas a él reservadas tanto en el lado de allá como en la Europa ávida de jazz.

El concierto, la velada, la sesión duró hora y cuarto. Eso fue todo. Hora y cuarto de una intensidad, de un vuelo (vuelo es la palabra que mejor corresponde, diría uno, a esos despliegues en que los solistas se dan paso o se juntan para… para volar) insólitos, una de esas experiencias de raras veces tendremos. Pocas veces resulta más adecuado un titulo para una velada: La belleza de lo desconocido. Nos estamos acostumbrando muy mal por culpa del CNDM: la semana pasada, el extraordinario grupo de Isabelle Faust; ahora, la insólita propuesta del Cuarteto Tarkovsky. Que se basa en el espíritu, ya dijimos, del enorme cineasta de las siete películas que nadie debería perderse. Como no hay que perderse la música de este cuarteto, siquiera en una de las grabaciones en la que se guarda como en un joyero la secuencia de tal o cual propuesta concreta de una tarde, de un día.

(Foto: Rafa Martín – CNDM)