Cuando la música habla más que las palabras

Cuando la música habla más que las palabras

En The Song of Names se cuenta la historia de dos hermanos separados por los avatares de la Segunda Guerra Mundial. En realidad, el germen de la novela de Norman Lebrecht surge de las cenizas de otro conflicto. A comienzos de los años noventa, las imágenes de los bombardeos en el Golfo Pérsico conmocionaron a la comunidad internacional. «Durante un viaje en avión a Los Ángeles me invadió una abrumadora sensación de fragilidad», recuerda el autor y crítico musical. «Me pregunté cómo lidiar con la ausencia de quienes desaparecen repentinamente por culpa de acontecimientos históricos de gran magnitud». El libro, que tras su publicación en 2001 recibió todo tipo de elogios (incluido el Premio Whitbread), sigue la pista de dos hermanos: Martin Simmonds, hijo de un modesto editor de música, y Dovidl Rapoport, un prodigio del violín judío-polaco adoptado por la familia del primero. En 1951 el padre de Martin invierte todos sus ahorros en un concierto para dar a conocer el extraordinario talento de Dovidl, que no llega a comparecer y desaparece sin dejar rastro. Desde entonces, y durante décadas, Martin trata de dar con su paradero. Desea con todas sus fuerzas que su hermano siga con vida y, al mismo tiempo, algo dentro de él culpa a Dovidl de la muerte de su padre. Una intriga muy bien apuntalada, mezcla de luminosos recuerdos de infancia y retazos del profundo dolor que el Holocausto infringió en la comunidad judía, conducirá al reencuentro entre los hermanos.

Lebrecht vendió los derechos del libro en 2002. «Escribir una novela es como traer un niño al mundo», explica el colaborador de SCHERZO. «Solo puedes observar su evolución en la distancia y preguntarte cómo le irá». El guión de la película, que se estrenó el año pasado y llega ahora a España bajo el título La canción de los nombres olvidados, difiere en algunos puntos del relato original, pero mantiene su esencia gracias a un más que solvente trío actoral (Tim Roth, Clive Owen y Catherine McCormack) y, sobre todo, a la banda sonora de Howard Shore, que asumió el peliagudo reto de trasladar al pentagrama la quimera literaria de Lebrecht, esto es, una desgarradora melodía que, basada en la tradición litúrgica judía, contuviera en sus notas los nombres de todas las personas que perdieron la vida en Treblinka. Para ello, el oscarizado compositor no dudó en desempolvar viejas grabaciones de su infancia con cánticos de sinagoga de los años cincuenta. El resultado musical, fiel a la doctrina del yad vashem («nombre permanente» con que se recuerda a las víctimas de la Shoá), contribuye de manera eficaz al propósito de Dovidl: «Que la música hable más alto que las palabras». Con razón el propio Lebrecht, que se marca un discreto cameo en el concierto final de la película, no duda en calificar la banda sonora de «magistral».

El director François Girard (cuya pasión por la música ya quedó acreditada en El violín rojo y también en ese retrato poliédrico de Glenn Gould llamado Sinfonía en soledad) logra engrasar todas las piezas de la maquinaria para que el thriller avance sin demasiados golpes de efecto a su paso por varias ciudades (Londres, Varsovia y Nueva York) y épocas (con una ambientación generosa en detalles y localizaciones, como la sala de conciertos de la Academia Liszt). En el altar del malditismo musical, el suspense de la trama logra mantener en vilo la atención del espectador. Muy meritorios los esfuerzos por disimular en la mesa de montaje la impericia musical de los actores, salvo en el caso del joven Luke Doyle, que llega a hacer alarde de virtuosismo. Todos fueron doblados en postproducción por el violinista Ray Chen, que puso a prueba su versatilidad en el estudio de grabación para recrear, con un mismo instrumento, el duelo de violines que tiene lugar en un refugio antiaéreo de Londres. Sin embargo, ni los ágiles diálogos (casi en staccato) ni los muchos hallazgos del guión («la religión es un abrigo que te quitas cuando hace calor», dice Dovidl durante su crisis de fe) consiguen que la película termine de funcionar como un todo armónico. Da la sensación de que, en su afán por encajar todas las piezas del rompecabezas y conducir al espectador hasta la confesión final, la adaptación fílmica del relato de Lebrecht hubiera delegado en la música lo que, quizá, los personajes no terminen de decir con palabras.