MADRID / Galanura, belleza e intensidad interpretativas, por Michael Thallium

MADRID / Galanura, belleza e intensidad interpretativas, por Michael Thallium

Michael Thallium

Madrid. Basílica de San Miguel. 10-III-2019. Festival Internacional de Arte Sacro (FIAS). María Espada, soprano. Ensemble Trifolium. Obras de Boccherini.

Luigi Boccherini (1743-1805), nacido en Lucca, ciudad de otros grandes compositores italianos como Francesco Gemianini (1687-1762), Alfredo Catalani (1854-1893) y Giacomo Puccini (1858-1924), se afincó en España a los 25 años. Antes había viajado por Europa interpretando los cuartetos de Haydn y los suyos propios junto con los violinistas Pietro Nardini y Filipo Manfredi y con el violista Giuseppe Cambini. Las giras les llevaron hasta Viena. Boccherini residió brevemente en París, pero en 1768 tomó la decisión de irse a España donde se quedaría durante 37 años, mucho más de la mitad de su vida —llegó a firmar como Luis Boquerini—, hasta su muerte. De hecho, fue enterrado en la madrileña Basílica de San Miguel —en 1927, Alfonso XIII le entregó a Mussolini los restos mortales del compositor, que fueron repatriados a Lucca— lugar en el que se celebró el quinto concierto del FIAS 2019.

La Basílica de San Miguel es una iglesia del Barroco español con una clara influencia italiana. Dada la reverberación característica de este tipo de construcciones, con nave alta de cúpula oval y bóvedas de arista, no es tarea fácil para los músicos calibrar el ataque de los instrumentos. Sin embargo, la gran afluencia de público —acudieron unas 600 personas— amortiguó un tanto esa reverberación facilitando la labor de los componentes del conjunto Trifolium: Carlos Gallifa (violín), Sergio Suárez (violín), Juan Mesana (viola), Javier Aguirre (violonchelo) y Susana Ochoa (contrabajo).

El recital se dividió en dos partes. La primera de ellas, instrumental, con el Cuarteto en Do menor op. 2 nº 1, obra de juventud de Boquerini —la escribió cuando tenía 17 o 18 años—, aunque en ella ya queda patente su madurez compositiva en el género del cuarteto de cuerda, otorgando al violonchelo, instrumento del que era grandísimo virtuoso, un papel igual al de los otros instrumentos. La obra consta de tres movimientos (I Allegro comodo, II Largo y III Allegro), y el último de ellos anticipa al Beethoven que muchísimos años más tarde elevaría el cuarteto de cuerda a lo más alto.

El recital comenzó con unas palabras de Carlos Gallifa explicando las dos obras que se iban a interpretar esa noche. Los cuatro músicos atacaron el primer movimiento al estilo galante y cuando dicho movimiento terminó, el público aplaudió quedando manifiesto que, a pesar de que la media de edad estaba por encima de los cincuenta años —¿cuándo veremos a la juventud acudir a este tipo de conciertos?—, se trata de un público nuevo que ha surgido en los últimos años de este festival, un público que no entiende de protocolos musicales, aunque es entusiasta y, sin duda, disfruta con este tipo de música. El Largo comenzó con el canto del violonchelo al que más tarde se unió el violín, dando un aire apacible que se vio acaso perturbado por el sonido de las campanas de la iglesia que acompañaron a los instrumentos de cuerda hasta casi el final del movimiento. Cabe imaginar que así era también la música en los tiempos de Boquerini: había que adaptarse al entorno y las condiciones casi nunca eran perfectas. El Allegro comenzó con un ataque rápido que evocaba una especie de galope en el que los integrantes de Trifolium hacían bellos y elegantes contrastes forte-piano.

Tras el breve descanso, llegó el plato principal de la noche: el Stabat Mater que Boquerini compuso en 1781 mientras se encontraba en la capital del valle del Tiétar, Arenas de San Pedro, donde el Infante Don Luis, patrón de Boquerini, había sido desterrado por su hermano Carlos III al haber contraído matrimonio morganático con María Teresa Vallabriga.

El Stabat Mater fue escrito para quinteto de cuerda —Susana Ochoa se unió al cuarteto con el contrabajo para esta segunda parte del concierto— y soprano. Antes del concierto había bastante expectación, porque la soprano que iba a cantar esa noche en la Basílica de San Miguel no era otra que María Espada. Y no solo estuvo a la altura de las expectativas, sino que logró, con una voz potente y bella, una conexión total con el público, como si de una meditación sonora se tratase. No era la primera vez que María Espada interpretaba esta obra y eso se notó en la seguridad con que interpretó las bellas melodías escritas por Boquerini, impecablemente acompañada por el conjunto Trifolium.

Salvo el momento durante el Eja mater, fons amoris en el que sonó inoportunamente el móvil de alguna persona despistada que se lo había dejado encendido —gajes de la modernidad tecnológica—, el recital fue una demostración del buen hacer de los intérpretes alcanzando el punto más intenso en la hermosa interpretación del Tui nati vulnerati —donde María Espada mostró el fabuloso poderío de su voz— que más tarde, al terminar el recital y prorrumpir el público en aplausos, se convirtió en la propina con la que Trifolium y la soprano emeritense correspondieron al numerosísimo público que allí se había congregado en una muestra de galanura, belleza e intensidad interpretativas.