MADRID / El arte de tañer la fantasía

MADRID / El arte de tañer la fantasía

Madrid. Iglesia de las Mercedarias Góngoras. 02-III-2019.- Óscar Gallego, viola soprano; Beatriz Lumbreras, viola tenor; Alejandro Marías, viola bajo; Sofía Alegre, violas soprano y bajo. A nothern Musicke: Músicas inglesas del s. XVII para consort de violas.

Javier Serrano Godoy

En 1991 el fenómeno de la música antigua recibió una de sus más importantes e inesperadas sacudidas. Fue el año glorioso en que el cineasta galo Alain Corneau firmó de forma arrebatadora aquel filme bajo el nombre de Tous les matins du monde (Todas las mañanas del mundo). Momento espectacular para la viola de gamba, que vio de la mano del incombustible Savall como el instrumento que había sido acorralado por el violonchelo explotaba a través de los ecos insuperables de la figura de Marais (quien resucitó de entre los muertos para el gran público) y de su supuesto maestro, Sainte-Colombe.

Lejos de la cabaña del señor de Sainte-Colombe (y algunos años antes), en los salones de la alta sociedad británica, tuvieron lugar originalmente las músicas con las que nos arroparon los miembros de Ferrabosco, acaso uno de nuestros pocos consorts de violas de verdadero impacto. Cuatro violas (cinco si contamos la alternancia de Sofía Alegre) armadas y listas para abordar uno de los repertorios más apasionantes de la literatura musical antigua, que bascularon con suntuosidad entre la lógica fervorosa de la fantasía y la diversidad de la pavana, la gallarda y la sarabanda.

No dejaron ni un solo nombre por el camino en esta última reunión de El Canto de Polifemo, desde desconocidos sorprendentes como Charles Coleman a clásicos de la literatura musical isleña como Tomkins (pobre superviviente de una época terrible), Gibbons (genio que curiosamente vio en G. Gould a uno de sus mayores centinelas) o el propio Alfonso Ferrabosco el joven (apodo que lo diferenciaba de su padre, excelente madrigalista italiano).

Y es que fue la fantasía, género que cultivó con tan único resultado el autor de ascendencia italiana, uno de los ejes vertebradores de este encuentro. El rico contrapunto, que en numerosas ocasiones alcanzaba una variedad asombrosa, se alternó a la perfección con la sota, el caballo y el rey de la danza cortesana isabelina, incluidas aquellas con nombre propio e inspiración popular como Eliza is the fairest Queen o Bonny sweet Robin. No olvidamos tampoco esa pequeña suite de Matthew Locke a modo de conclusión, ni la sucinta pero agradecida concesión a las nuevas músicas a través de Summa, obra breve pero ejemplar del estilo minimalista de Arvo Pärt.

Resulta siempre un placer encontrarse con el sonido de la viola, ya sea por si sola o en grata compañía. Su sonido profundiza más en el espíritu que su embrutecido primo de cuatro cuerdas, su figura es siempre más agradable a la vista (bendita ornamentación la que revisten algunos de estos instrumentos) y su cantar tan flexible en los repertorios de la corte anglicana como desgarrador y apabullante en la literatura del Rey Sol.

No olvidemos como siempre ese amabilísimo regalo final que ofrecieron en forma de In Nomine no sólo al numeroso público, sino especialmente a las madres mercedarias por la reciente pérdida de su hermana Eucaristía. Nada mejor que este Gibbons final para poner broche dorado y crespón negro a un encuentro fabuloso, uno más de los muchos de este año cortesía de El Canto de Polifemo.

(foto: Ángel Vallejo)