CÓRDOBA / Orquesta de Córdoba: lo sencillo y lo difícil

Córdoba. Gran Teatro. 14-XII-2023. Orquesta de Córdoba. Carolina Eyck, teremín. Director: Nicolás Pasquet. Obras de Mendelssohn, Aho y Beethoven.
Con un “es así de sencillo”, que provocó de corrido la risa del público, remató Carolina Eyck su breve y simpática presentación, en un correctísimo castellano, de la forma en la que se extrae el sonido del Teremín. Por recapitular, el Teremín es un invento casual del físico ruso Leon Theremin que, buscando un detector de movimiento por ondas electromagnéticas, acabó patentando el que sería el primer instrumento musical electrónico de la historia hace ya casi un siglo, en 1928. El Teremín, formado por dos antenas, una vertical y otra horizontal, sensibles a la proximidad de cualquier parte del cuerpo humano, se activa alejando y acercando las manos a cada antena. El intérprete es capaz de regular con una mano la intensidad del sonido, y con la otra, su altura. La primera impresión para quien asiste por primera vez a una demostración de Teremín se inscribe en el rango de lo mágico: ver al intérprete tocar un instrumento invisible. Nada nuevo, por otro lado, si uno piensa en lo que consiste el arte de la dirección de orquesta, moldear el sonido sin producirlo directamente. El resultado a oídos del oyente es un sonido monofónico peculiar, que emana de unos altavoces situados a ambos lados del Teremín, con un timbre que recuerda a la voz humana a bocca chiusa, y que, por la fluidez con la que transita por todo el espectro de frecuencias, destaca sonoramente sobre el lecho sonoro de sonidos temperados generados por la orquesta como un animal raro y exótico.
Sin embargo, tras la ejecución del concierto Ocho Estaciones de Kalevi Aho (1949) para Teremín y orquesta, fuimos conscientes de que tocar este instrumento es cualquier cosa menos sencilla. El control exhibido por Eyck, dedicataria del concierto e intérprete de la única grabación disponible de la obra, fue asombroso por la forma de regular y controlar el sonido. La composición del músico finés Aho, discípulo de Rautavaara, se inspira en las ocho estaciones tradicionalmente reconocidas por la cultura del pueblo Sami de Laponia, capaz de diferenciar un ramillete de matices estacionales distintos dentro de la franja que en occidente simplificamos como “invierno”. De esta forma, de la mano —nunca mejor dicho— de Eyck, una concentrada Orquesta de Córdoba y el maestro invitado, el uruguayo Nicolás Pasquet, fuimos recorriendo estos ochos paisajes estacionales, a veces abruptos, otras desolados, con pasajes de intimidad que se alternaban con otros refulgentes, en una excursión sonora que fusiona lo descriptivo —paisajes de exterior— con lo emocional —paisajes interiores—. El refuerzo de la sección de percusión con multitud de instrumentos inusuales enriqueció la atmósfera tímbrica produciendo un sinfín de efectos acordes a los fenómenos climáticos que representaban.
El programa se completaba con la bellísima obertura de Las Hébridas de Felix Mendelssohn, con la que se dio inicio al concierto, y la tersa y bullente Séptima sinfonía de Beethoven, que la que se remató. Modélica fue la interpretación de la obertura mendelssohniana, llena de fuerza, agilidad y transparencia. El maestro Pasquet optó por tempi ágiles mas no rígidos. La marina dibujada por el compositor berlinés emergió ante nuestros ojos con líneas nítidas y firmes. Muy acertada la manera de redondear las transiciones y construir esa agógica sutil tan característica del primer romanticismo. Rotunda respuesta de la sección de violines que atacaron con expresividad y empaste esas atmosféricas notas altas sostenidas tan características de la pieza. Menos feliz se nos antojó el arranque de la sinfonía de Beethoven, muy alla breve y más seca de la cuenta en una tentativa evidente de aproximar la ejecución de la obra a los criterios HIP, cosa que también se proyectó en un segundo movimiento, Allegretto, que quedó, para nuestro gusto, más agitado de la cuenta. Aun así el Vivace del primer movimiento supo remontar el ritmo y calentar el ambiente por su carácter jovial y desenfadad. Arrolladores fueron los movimientos finales, especialmente un Allegro con brio conclusivo que, a partir de la repetición de la exposición, donde una decisión del maestro de acelerar un microsegundo hizo encontrar a la música su tempo justo, acabó convertido en una fiesta.
Como coda extramusical de la velada, apuntamos el anuncio que se hizo el mismo día del concierto de la marcha inminente del gerente, Daniel Broncano. Inesperada y sorprendente. Sin sede propia, sin dirección artística y sin una financiación suficiente por parte de las dos instituciones que conforman el Consorcio Orquesta de Córdoba, el Ayuntamiento de la ciudad y la Junta de Andalucía, la marcha del gerente en este preciso momento, en mitad de una temporada gestionada plenamente por él tras la defenestración pasada de Domínguez-Nieto, deja a la Orquesta en una posición de extrema complejidad. La cosa pinta mal. Su resolución convierte en fácil la prestidigitación necesaria para hacer sonar el enigmático Teremín.
C. Crespo García
(foto: Rafael Alcaide)


