CÓRDOBA / ‘Margot’, de Joaquín Turina, renace triunfal ciento diez años más tarde

Córdoba. Gran Teatro. 22-I-2026. Berna Perles, soprano. Alba Chantar, soprano. Javier Franco, barítono. Anabel Castillo, cantaora. Coro de Ópera de Córdoba. Orquesta de Córdoba. Salvador Vázquez, director. Turina: Margot
Como cabía esperar, las primeras palabras de Salvador Vázquez al subir al podio fueron de recuerdo y homenaje a las víctimas, supervivientes y familiares de la tragedia del accidente ferroviario de Adamuz. En una semana en la que lo ordinario y lo extraordinario, lo cotidiano y lo singular, se han visto inevitablemente atravesados por el dolor y la perplejidad que provoca una catástrofe de esta magnitud —tan cercana en lo geográfico como en lo personal—, el saludo inicial de Vázquez expresó con sinceridad el deseo de que la música pueda servir, en algún momento y en algún lugar, como consuelo para tanta desolación, en esta y en cualquier otra desgracia. Ojalá.
Superado este emocionante trance, los nervios y la palpable expectación nos devolvieron a la condición extraordinaria de una velada que, al concluir, solo puede calificarse de triunfal, tanto por su planteamiento como por sus resultados. Sirvan estas líneas para felicitar a todas las personas e instituciones que la hicieron posible. Se exhumaba, ciento diez años después de sonar por última vez en Montevideo, la comedia lírica Margot (1914) de Joaquín Turina. En Córdoba confluían varias circunstancias que invitaban a esta recuperación: el amor por la música de Turina —y por esta obra en particular— del maestro Vázquez, declarado por él mismo en una entrevista con SCHERZO; la curiosa pervivencia de la obra en la memoria colectiva a través de la marcha procesional que cierra su segundo cuadro, ambientado en la noche del Jueves Santo sevillano, y que hace que, de algún modo, Margot nunca haya desaparecido del todo y siga resonando en nuestras calles; y, por último, la propia trayectoria de la Orquesta de Córdoba, firme defensora de la música española y poseedora de un estilo y un quejío especialmente bien asimilados.
Cuando se presentó el programa general de la temporada, la propuesta llamó la atención por el riesgo que entrañaba. No deja de inquietar un silencio tan prolongado —uno tiende a temerse lo peor— y cabe preguntarse si un rescate de tan evidente interés musicológico puede sostenerse sobre un verdadero interés artístico para el público actual. Pero lo cierto es que nos encontramos con una música sorprendentemente persuasiva, en la que el idioma del compositor sevillano resulta plenamente reconocible: no siempre certero en lo melódico ni en lo dramático, pero asombroso en la modernidad con la que maneja los recursos orquestales. Turina, compositor atento a los derroteros de su tiempo, deja oír inevitables ecos germánicos, veristas y afrancesados, entreverados con los sonidos andaluces —especialmente en el segundo cuadro del segundo acto—. El arranque del preludio de la madrugá sevillana con un fugato, el uso de fanfarrias de caza o los singulares efectos tímbricos del exótico glockenspiel revelan la exigencia y la ambición de Turina por elevar el género, quizá por encima de lo que este admitía, y probable causa última de su fracaso inicial.
En las notas al programa, Andrés Moreno Mengíbar lo corrobora al recordar las difíciles circunstancias que rodearon la gestación de la obra. Tras varios intentos fallidos en el ámbito de la zarzuela y el teatro por horas —La Sulamita (1900), La copla (1904) y Fea y con gracia (1905), esta última duramente criticada—, Turina abandonó España y se instaló en París para perfeccionarse en la Schola Cantorum, donde afianzó su técnica compositiva y amplió su horizonte sonoro. Allí fue Albéniz quien le animó a buscar un lenguaje propio a partir de la riquísima música popular andaluza, como estaba haciendo por entonces Manuel de Falla. A su regreso a Madrid en 1914, Turina intentó por cuarta vez conquistar el teatro lírico —la vía más rápida hacia la fama y el éxito económico—, esta vez junto a Gregorio Martínez Sierra y su esposa, María Lejárraga, autores del libreto de Las golondrinas de Usandizaga. El trabajo fue intenso y veloz: Margot se compuso y orquestó en apenas unos meses, entre Sevilla, Sanlúcar y Madrid. El estreno tuvo lugar el 10 de octubre de 1914 en el Teatro de la Zarzuela, rodeado de gran expectación, tras el reciente éxito del compositor en el ámbito sinfónico. Sin embargo, Margot fracasó. Y no por falta de ambición ni de calidad musical, sino por el acusado desequilibrio entre una música sofisticada y un libreto dramáticamente endeble que, partiendo de un triángulo amoroso de ecos carmenianos, se resuelve de manera harto insatisfactoria. Tras una breve gira por Zaragoza, Sevilla, Buenos Aires y Montevideo, la obra cayó primero en el silencio y después en el olvido.
Ciento diez años más tarde, Margot vuelve a sonar gracias al impulso de la Orquesta de Córdoba y de quienes la dirigen. Para que en esta nueva oportunidad la música pudiera brillar en todo su esplendor, se reunió un equipo especialmente afortunado. Entre los solistas, destacó en primer lugar Alba Chantar como Amparo, deslumbrante por un timbre homogéneo y penetrante que, unido a la claridad de su dicción y a un talento dramático de sólida ley, captó la atención siempre que estuvo en escena. La oscuridad y densidad tímbrica de Berna Perles y Javier Franco, como Margot y José Manuel respectivamente, favorecieron un empaste convincente como pareja protagonista, a la que supieron dotar de carne y emoción. Muy acertada la intervención de la cantaora Anabel Castillo, que, si bien no alcanzó en volumen y proyección al resto de sus compañeros, defendió su parte con autoridad y con un inconfundible estilo tonadillero, perfectamente adecuado a su personaje. El Coro de Ópera de Córdoba, preparado por Alejandro Muñoz, deslumbró por su potencia y ductilidad, respondiendo con precisión a los matices exigidos por Salvador Vázquez —inolvidable su «¡Ah! Los fuegos, los fuegos»—. La Orquesta de Córdoba volvió a ofrecer, especialmente en este repertorio, una respuesta intachable: un instrumento en progresión constante que lleva ya varias temporadas instalado, felizmente, en un notable nivel de madurez. Y finalmente, Salvador Vázquez, cúspide de la pirámide invertida que supone la coordinación de tantos medios, ofreció una lección de control y manejo de la masa sonora, con un nervio que cohesionó el discurso, un finísimo sentido del detalle tímbrico y una agógica particularmente inspirada, que obró maravillas en los finales, muy especialmente en el del primer acto.
Desconocemos cuál será la continuidad de este camino ni qué podría depararnos si, como apunta Salvador Vázquez en SCHERZO, existen conversaciones para otros proyectos similares. Gracias al apoyo de la Fundación Kutxabank, Margot será grabada y publicada por el sello IBS Classical. De mantenerse esta senda abierta, estaríamos ante un proyecto de enorme importancia musical, tanto para Córdoba como para la música de nuestro país, tan necesitado de recuperaciones y reparaciones musicales. La recuperación de Margot ya lo ha sido y, por derecho propio, quedará en el recuerdo como uno de los acontecimientos culturales más trascendentes del año en nuestra ciudad.
C. Crespo García
Fotos: Rafa Alcaide


