CORDÓBA / Gran concierto y gran arpista para cerrar la temporada

CORDÓBA / Gran concierto y gran arpista para cerrar la temporada

Córdoba. Gran Teatro. 20-VI-2019. Cristina Montes, arpa. Orquesta de Córdoba. Solista: Carlos Domínguez-Nieto. Obras de Dvorák, Ginastera y Turina.

El concierto de clausura de temporada de la Orquesta de Córdoba (OC) ha tenido dos focos de interés, por un lado contar con la participación de una de nuestras mejores solistas del momento, la arpista sevillana Cristina Montes y, por otro, la interpretación de una de las sinfonías más populares del repertorio como es la “Del Nuevo Mundo”, Op. 95 de Antonín Dvorák, de cuya programación ya se venía comentando con expectación entre el público desde jornadas anteriores.

De Cristina Montes no cabe otra valoración que la pura admiración a su gran  musicalidad, que comunica con una técnica verdaderamente prodigiosa. En esta ocasión ha interpretado el Concierto para arpa y orquesta, Op. 25 de Alberto Ginastera, obra señera con el que el compositor argentino se situó en uno de los referentes de esta combinación concertante. Después de un “malámbico” inicio en el que la solista se contraponía a la orquesta en igualdad de protagonismo sabiendo tensionar los contrastes de la danza gaucha en el que está inspirado, entró en un momento de palpitante idilio con los vientos y la cuerda para conseguir una especie de difuminación sonora verdaderamente sugestiva, pasaje en el que se la percibía en perfecta connivencia con el director. El discurso retomó vitalidad al re-exponerse de manera rotunda el tema principal por los metales antes de un pasaje en el que la solista parecía, desde la delicadeza sonora de su instrumento, provocar a la masa orquestal antes de afrontar el final de la obra con un aquiescente equilibrio expresivo. La sensación que quedó en el oyente es la de haber sido testigo de un momento estelar de concertación musical.

El drama que se anunciaba en los primeros compases del segundo movimiento a cargo de la cuerda fue de inmediato correspondido por la solista, marcando unos acordes de “bartokiano” carácter expresionista. En su escucha, generaban una sensación de misterio en el oyente que se sentía envuelto en la magia resultante de la mixtura del  sonido del arpa y la celesta. El clima nocturnal resultante fue digno de admiración, como lo fue la extraordinaria interpretación de la cadencia con la que Cristina Montes abría en tercer tiempo. Con ella dejó claro sus enormes dotes técnicas, su concentrado sentido musical y su extraordinaria variedad expresiva antes de ser conminada por la orquesta a un combate rítmico final de creciente tensión favorecido por la repetición de sus motivos a modo de rondó y la constante a la vez que latente disonancia de su discurso antes de su explosivo final. Con la satisfacción de haber hecho música en su plenitud, solista y director se fundieron en un abrazo complaciente sabedores del arte alcanzado. El público, que supo reconocer la bondad de esta magnífica interpretación, fue obsequiado por Cristina Montes con una preciosa versión del Apunte bético de Gerardo Gombau, en el que este músico salmantino explora sones y motivos andaluces con el arpa, con una manifiesta imitación guitarrística. Su interpretación significó uno de los momentos más relevantes de la velada.

Esta se abrió con la Serenata de cuerdas, Op. 87 de Joaquín Turina, que ha servido para que Carlos Domínguez-Nieto, desde el entretejido encaje musical de esta composición, haga notar que esta importante sección instrumental de la orquesta va creciendo en empaste, color, expresividad y agilidad rítmica. Se percibía que ha infundido a sus músicos el rigor de la primigenia inspiración para cuarteto clásico de la obra, muy bien versionada para orquesta por el nieto del compositor, José Luis Turina.

De la Novena Sinfonía ‘Del Nuevo Mundo’ de Dvorák sólo cabe un comentario elogioso al grado de interiorización en el que la tiene Carlos Domínguez-Nieto. Sentido y sensibilidad podrían ser los dos conceptos que podría definir el grado de calidad e intensidad con los que transmite su entendimiento de esta obra, de la que ya parece haberse expresado todo. Él busca constantemente realzar el ritmo, la armonía, el contrapunto y los colores orquestales que contienen sus pentagramas, haciendo que sus indicaciones, desde un control férreo, fluyan como descubriendo y asegurando tales sustancias en el tempo de manera natural, dejando que el discurso respire para que pueda sentirse con la diversa sensorialidad de un cuerpo orgánico, sabedor del poder de la música como indiscutible referente artístico para crear emociones. Destacó el modo de exponer la tonalidad fundamental, sabedor de la energía con la que se manifiesta en el primer movimiento Cargó de magia la construcción por el metal, especialmente acertado en esta velada, de la coda del Largo. Acentuó el carácter schubertiano del trío del Scherzo con un continuado gesto de delicadeza, para desarrollar toda la fogosidad que exige el cuarto tiempo acorde con la envergadura de su estructura, justificando la intención del compositor hasta el declinante acorde final.

El público, puesto en pie, estalló en un aplauso cerrado después de unos bravos atronadores que desencadenaron el delirio general. Pocas veces la OC ha tenido un reconocimiento tan unánime y tan contundente de sus aficionados. Esta Novena se lo merecía.